El leer este blog es perjudicial para la salud. Ley No. 43.744.

La tragedia de los chicos malos

No sé si el afiche de Gamorsa tendrá algo que ver con lo que planeo redactar a continuación, pero sé que se trata de un incunable en cuya infructuosa búsqueda todos los verdaderos coleccionistas de arte se afanan desde hace años, de modo que es mi deber compartirlo con la humanidad.

Gamorsa aparte, instauro esta nueva saga del blog, que Cristina denominaría "Comments reloaded", porque muchas veces, al comentar blogs ajenos, encuentro que las ideas que acuden a mis lóbulos cerebrales a raíz de esas entradas se tornan demasiadas como para poder exponerlas cabalmente en esos blogs sin correr el riesgo de usurpar el espacio a sus propios dueños, que verían con azoro cómo uno de sus comentaristas escribe más que ellos mismos.

Así pues, es menester que me expida aquí a gusto sobre la extendida problemática expuesta por el señor Polzúnkov en una de sus recientes entradas, en la cual desgrana los diversos avatares de las penurias a las que los "chicos buenos" están condenados al interesarse por mujeres que, atraídas por algún "chico malo", los relegan irrevocablemente al triste rol de amigos confidentes, condenados a mitigar sus ardores amorosos mientras escuchan de boca o msn de su amada, con paciencia, las insufribles relaciones de los diversos vejámenes a los que el chico malo de turno las somete con diestra mano.

Aclararé, ante todo, que soy un chico bueno, pero con la particularidad de que hago casi siempre el mal. Esta singular característica, sumada a mi facilidad para sondear extremos opuestos nada más que para jugar un rato, me permite ampliar mi visión al panorama completo de la situación descripta y poder conocer, así, en carne propia, la versión de sendas campanas. De modo que es la ineludible tarea de mi siempre proba honestidad intelectual dar a conocer ya mismo al mundo, que lo ignora, las amargas penurias de los chicos malos, las crudas tragedias de estos anti-héroes que, a un tiempo detestados y admirados por los chicos buenos, cargan con una cruz propia cuya verdadera magnitud nadie atina a percibir y mensurar.


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La tragedia de los chicos malos

Ha de saberse, ante todo, que hay dos clases de chicos malos: los que piensan con los testículos en lugar de con la cabeza, y los que han descubierto que a las mujeres, aunque se rompan la garganta gritando lo contrario, les gustan más los chicos que piensan con los testículos en lugar de con la cabeza, de modo que ponen a menudo su cerebro en modo off y alcanzan así, adrede, la codiciada condición de malos a fin de potenciar su coeficiente de levante. Entiéndase que, a efectos de tratar este tema, estoy usando el término "chicos malos" no sólo en el sentido más bien relacionado al modo que tienen éstos de vincularse con el sexo opuesto, sino que también estoy haciendo hincapié en los chicos malos de mi especie, es decir, los que se llevan mal con la ley y las normas sociales de conducta, lo cual nos introduce en la existencia de un tercer grupo de chicos malos, conformado por aquellos raros individuos que logran poner no sólo su cerebro en off sino también, al menos momentáneamente, sus hormonas. No lo hacen para levantar, sino por cuestiones artísticas y estéticas o de mero temperamento vocacional (se dirá que algunos hacen el mal para enriquecerse, pero quien quiere enriquecerse quiere poder, y quien quiere poder sólo quiere, en el fondo, usarlo como un medio para procurarse buen sexo, de modo que esta clase de sujetos sigue estando dentro de la categoría de los que piensan con sus testículos). Todo esto es de capital importancia para la acabada comprensión de la presente materia.

Ahora bien, tenemos ante nuestra lupa científica al chico malo que atraerá a la mujer normal que relegará al chico bueno al papel de amigo confidente. Y acá entra el punto de discordia: la mujer normal no quiere salir con un chico malo, sino que quiere usar al chico malo como un juguete de su poder. Para que se entienda con más claridad, la mujer normal simplemente intentará medir sus propias fuerzas poniendo a prueba su capacidad o no para transformar al chico malo en chico bueno. Ése es su juego y eso es todo lo que hay detrás de su interés por el chico malo. Dicha conducta, sin duda atávica, encuentra sentido ya en la prehistoria: la mujer cavernícola normal ansía levantarse al más intrépido y temido cazador de jabalíes, pero, una vez que el cazador cae en sus lazos, quiere transformarlo en un dócil padre de familia que garantice, por medio de un paternal cariño, la subsistencia de los cachorros cavernícolas que esta mujer habrá de darle.

¡Y esto ha llegado hasta nuestros días! Pero con una variante que es producto o resultante de los tiempos modernos: ya no hay que transformar al temible cazador sin ley ni ataduras en un dócil padre-cazador, sino al chico malo que está más allá del bien y del mal en un tierno escuchador de boludeces femeninas cotidianas pasible de ser presentado en casa y de dar envidia a las amigas. Desafío yo solo al mundo entero a que me discutan este aserto, pero les advierto que caerán en el intento: hay verdades que son más grandes que ustedes, y que no tardarían en aplastarlos.

De lo antedicho se desprende una primera conclusión matriz, cuya importancia determinará todo el resto de mi ensayo: la mujer normal no quiere al chico malo, nunca lo quiso y nunca lo querrá; simplemente toma el atractivo envase del chico malo, y aspira a demostrarse a sí misma sus tremendos poderes de hembra cazadora y redentora domesticándolo y sometiéndolo a una nueva mansedumbre en la que el chico malo finalmente morirá dejando sólo su cáscara, usurpada entonces por un sumiso chico bueno hecho a medida de la despiadada domadora. Un boludo más "para la cartera de la dama".

Nada de esto lo digo en vano: sí, me han querido domesticar, he sido acosado por los alocados devaneos de mujeres con vocación de domesticadoras, pero tal hazaña se ha manifestado totalmente imposible conmigo; no ha nacido aún la mujer capaz de tal proeza. Antes bien, yo he transformado en malas a muchas mujeres buenas. Sin embargo, pasamos aquí a otra etapa crucial del presente trabajo ensayístico: el chico malo promedio se siente atraído por mujeres normales. Ignoro cuál es la causa de esto; quizás se deba a que las mujeres normales son las lindas, o acaso tenga que ver con que muchos chicos malos sueñan, muy secretamente en su fuero interno, con ser domesticados. Detrás de sus aterradores penachos y de su armadura de guerrero, detrás del fuego que brota de sus fauces terribles, el cazador aspira a formar una familia y a proveerle alimento. ¡Para ello aprendió a cazar, qué diablos!

Entonces llegamos así al segundo fenómeno: el chico malo sale con una mujer normal que no lo comprende, que no lo quiere así como es, y que sólo aspira a domesticarlo. Y aquí comienzan sus penurias, su tragedia de vida. Atrae, pero no cautiva. Enamora, pero a mujeres que no se interesan en conocerlo de verdad, sino que lo consideran una plastilina con la cual podrán moldear su príncipe azul. ¡Pero él no nació para príncipe azul! ¡Ni siquiera nació para sapo: apenas si aprendió, de la vida, a ser villano! Así pues, solo, desolado, mortificado por la situación, el chico malo busca ayuda. Y de ese modo, mientras la mujer normal se recuesta en el chico bueno confidente para manifestarle todas las desgarradoras vicisitudes de sus primeros fracasos como domadora, el chico malo, que se siente incomprendido, termina recurriendo a una compinche también, a una mina piola que lo entienda, una loca que también quedará, a su pesar, confinada al luctuoso rango de amiga confidente: sí, me refiero a la mujer atormentada.

Se trata, por lo general, de una mujer que fue abandonada por su padre de pequeña, o que vivió alguna tragedia similar en su infancia, y que comprende, pues, mejor que ningún otra al chico malo, el cual también esconde un oscuro pasado. Pero el chico malo no sale con ella: la reserva para el papel de amiga varonera piola, o la usa meramente como compañera ocasional de lecho. Nunca algo serio. Y hace bien: la mujer atormentada es, como él, una mochila de piedras, una mina que, aterrada ante la idea de ser abandonada de vuelta, se pasa en revoluciones de mala y manda a la mierda a todo aquel que se enamore sinceramente de ella: tal es el terror que le causa la idea de cerrar los ojos y amar a un flaco de endeveras.

Digno de mención es el hecho de que, muchas veces, el hombre que sale con la mujer normal encuentra, en la manifiesta incomprensión de su pareja, una formidable excusa para entregarse a las disipaciones de una segunda vida. "Vos sí que me entendés, no como mi mujer" es el inmortal adagio de este chanta que, más que como chico malo, puede catalogarse a partir de aquí como gente de merda, toda vez que en el casino de sus funestos planes está contemplada la miseria de todos menos la suya propia, que se la pasa bomba mintiendo por igual a dos veredas: a la una, asegurándole la exclusividad de su amor, y a la otra, encandilándola con falaces señuelos sobre un siempre postergado abandono de esposa e hijos que, en teoría, será ejecutado en aras de consagrarse sólo a ella. He aquí, en resumen, un individuo que piensa con sus testículos... pero que tiene pocos.

Así pues, tenemos una pareja incompatible conformada por un chico malo y una mujer normal, y, a los costados, como muletas, la mujer atormentada y el chico bueno, amigos a la espera. El mundo está mal organizado, lo sé; a veces me pregunto cómo Dios no me consultó a mí antes de armar semejante mamarracho. Si es tan omnipresente como asegura, tendría que haber previsto que yo la iba a tener más clara que él en este asunto tan delicado. Para ser un Dios, la verdad es que muestra una conducta demasiado caprichosa y orgullosa para mi gusto: ¿tanto le cuesta pedir ayuda a un simple mortal? A diferencia de él, que, según dicen, nos pasará algún día sentencia a todos, yo no habría de juzgarlo por tal acto. Mi silencio está asegurado; ¿por qué, pues, sigues sin acudir a mí a fin de desfacer estos entuertos que son obra de tu inexperta mano creadora, oh, excelso Poder de raigambre eterna? Pero basta con esta digresión, que tengo una entrada de blog que terminar.

Veamos las consecuencias de esta cuádruple catástrofe humana cuyas dramáticas dimensiones todos estarán sin duda comenzando a atisbar. Una mujer normal, sufriendo porque el chico malo la trata, no sin razón, para el ortúzar. Un chico malo, cansado de que su novia le hinche las tarlipes con boludeces que aspiran a cambiarlo, y sintiéndose más solo cuando está con ella que cuando está encerrado en su cubil de ermitaño. Una mujer atormentada, padeciendo inenarrables crisis existenciales al ver a su amigo malo, al que ella nunca querría cambiar, perdiendo el tiempo con semejante borrega. Y un chico bueno, abrumado por el dolor de saberse enamorado con pureza de una masoquista que, en pos de una dudosa épica redentora que no tiene ni tendrá, no mira a su amigo bueno porque busca un chico bueno pero tallado en la madera de un chico malo. Esta demencial comedia de enredos, digna del intelecto más mediocre, signa así con sus negros colores las aristas de la fatídica vida de un tetraedro de desgracias.

Por si todo esto no fuera suficiente, es una clásica que la mujer normal ande llorando por todos los rincones asegurando que el chico malo no la quiere, que ella lo ama a él pero que tal amor no es correspondido: ¡insensata vanidad! ¿Cómo puede atreverse a decir que lo ama, si ni siquiera lo comprende o lo intenta comprender; si, crimen más doloso aún, aspira a cambiarlo? ¿Qué clase de insólito amor es ese? Es como decir: "Amo a Boca y deseo que su camiseta sea roja y blanca, mis colores favoritos, por los que daría la vida". Esta triste realidad sólo añade mayor peso al grotesco de esta verídica historia que, desde distintos ángulos, todos hemos conocido alguna vez; y tengo por seguro que siempre el chico malo ama más a la mujer normal de lo que ella lo ama a él, pese a que el chico malo se asegure una y otra vez a sí mismo que no la quiere y que se muere de ganas de mandarla al diablo de una vez por todas, deseo que, sin embargo, es más que sincero.

Observemos una escena típica extraída de la vida cotidiana de una de estas singulares parejas; bueno, quizás no sea típica en lo absoluto, pero era la clase de diálogo que yo mantenía unas cuatro veces al día con mi ex-novia:
Mujer normal: –No puede ser que yo... (planteo pelotudo).
Chico malo: –¡Bueno, si tanto te molesta como soy, dejame!
Mujer normal: –¡No, eso es lo que vos querés, que yo te deje!
Chico malo: –... (confusión).

Como corolario a toda la locura recién expuesta, descubrimos, tardíamente, que la vida real carece de un Molière que ponga las parejas en orden (chico malo-mujer atormentada; chico bueno-mujer normal) y que, solucionando el embrollo, haga terminar a todos los personajes en una dichosa celebración de múltiples esponsales. No: la rueda de la sinrazón sigue girando sin cesar, para infortunio de todos nosotros, contristados herederos de Ixión.



Como sea, he aquí mis consejos finales para contribuir al bienestar de la humanidad (ya les dije que soy un chico bueno, aunque reviste en las tropas del bando contrario):

Mujeres normales y chicos malos: déjense de joder, boludos, que ya están grandes.

Mujeres atormentadas: dejen de darle a la merca y de cortarse los brazos tontamente, y háganse pasar por minas normales un rato. Los niños salvajes necesitamos con urgencia una mujer normal que tenga cerebro para entendernos, y sólo ustedes pueden generar ese milagro. Quizás hasta logren lo que la mujer normal no podrá lograr jamás: redimirnos y salvarnos.

Chicos buenos (ningún chico bueno lee este blog, pero ok, el consejo sale igual): aunque lo escribí en otro contexto, relean mi post sobre el msn y memoricen mi frase sobre los amigos confidentes. Transcribo el pasaje a continuación para ahorrarles la fatiga de la búsqueda: "(Que no se acerquen nunca a mí) las mujeres que, sin que medie solicitud alguna por nuestra parte, se ponen a narrarnos el diverso abanico de vejaciones a los que las sometió el chongo de turno. [...] En estos casos, si la mujer te interesa, ridiculizala, decile que el turro estuvo flojo, inventá y adjudicate hazañas y crímenes contra el sexo opuesto muy superiores a los del tipo así la mina se enamora, ineluctablemente, de vos; si la mujer no te interesa, ¡qué hacés ahí!, ¡eyectate cuanto antes de esa conversación!".

Ahora sí, he dicho (era imposible condensar toda esta sabiduría en un solo comentario).

Paraguas bajo techo

Lo siento por el universo entero, pero ya no puedo seguir callado ante esta sempiterna injusticia urbana que clama al cielo y que llena a la humanidad toda de vergüenza inmortal. Lectores: se hace menester poner fin de inmediato al consuetudinario hábito de esos individuos que, durante las jornadas en las que pluvioso irritado contra la ciudad entera vierte de su urna un tenebroso aguacero de la puta madre, transitan con parsimonia bajo la zona techada de la vereda a pesar de la tangible portación que hacen de un descomunal paraguas que llevan amenazadoramente en ristre sobre sus altaneras cabezas y con cuya ganchuda armatoste no vacilan en atropellar, inconmovibles, los inalienables derechos que los transeúntes menos afortunados y protegidos deberían tener al techo que ellos usufructúan.

Díganme, ¿por qué los sujetos que, desprovistos de paraguas, intentan guarecerse de la inclemencia de los elementos bajo la zona de toldos y balcones deben abandonar ese natural recurso para ceder el paso a gente que, portadora de techumbre móvil, no necesita en lo absoluto de dicho refugio pero hace descarado abuso de él por encima de toda norma y legislación razonable? ¿Sobre la base de qué extraño derecho considera la gente que porta paraguas que le es lícito abalanzarse, con insólito ímpetu, sobre las humildes existencias de los desamparados y de los desprotegidos, que deben arrojarse cuerpo al agua para salvaguardar sus ojos?

Quizás lo hagan a propósito para sentirse poderosos como automovilistas ante cuyas peligrosas armaduras de vidrio y de chapa los simples mortales debemos hacernos prontamente a un lado a efectos de no morir arrollados, o quizás basen su inexplicable conducta en la consideración de que, al estar ya empapados de pies a cabeza, a los que no llevan paraguas poco debería importarles absorber un par de hectolitros de lluvia más con sus ropas.

La pregunta crucial podría formularse de dos maneras diferentes:
1. ¿Para qué llevan abierto un paraguas si caminan bajo los techos?
2. ¿Por qué caminan bajo los techos si van con un paraguas abierto?

No lo sé, pero, sea como fuere, escuchen lo que tengo para decirles: si no fuese porque todos ustedes, humanos con paraguas, cuentan con siluetas más bien petaconas que sitúan a sus enhiestos techos de lona con articulaciones de metal exactamente a la misma altura de mis ojos, me los llevaría a todos por delante y los sacaría a patada limpia del camino seco que nos pertenece por derecho a nosotros los sin techo y que ustedes, con una insensibilidad que contrasta mucho con la hipócrita ideología progre que de seguro vociferan luego tener, usurpan. Pero no canten triunfo, pues, en cuanto obtenga unas antiparras, podrán darse por perdidos: yo haré justicia en nombre de todos, y les enseñaré, del primero al último de ustedes, cuál es su legítimo lugar. Y al que se resista, le arrebataré el paraguas sin más, amparándome en mi probada calidad de víctima del sistema pluvial: así, cuando a ustedes les toque por vez primera ceder el paso a ceñudos e imperiosos paraguas y exponerse a la reciedumbre de la tormenta, comprenderán lo que hicieron padecer durante años a sus semejantes, y me concederán con premura un arrepentido perdón que no habré solicitado.

Por eso, oh lectores que se han visto más de una vez obligados a exponer sus huesos al frío de la lluvia empujados por la prepotencia de una infame legión de ciegos e insolentes paraguas ávidos de poder, es hora de que unamos nuestras fuerzas y opongamos resistencia a esta dictadura de funestos usurpadores de techumbres. ¡Acabemos de una vez con toda aquella vieja de paraguas a rayas que expulse como a un perro, de la vía techada, a cualquier niño de mojados cabellos e incipiente tos! ¡Acabemos de una vez con todo aquel mozalbete que, blandiendo el mango de su cartilaginoso paraguas, fuerce a una joven a exponer su maquillaje al corrosivo efecto del agua! ¡Es hora de decir basta! ¡Es hora de despertar! ¡Es hora de levantarse y encarar la lucha! ¡Rebelión ya! ¡Revolución ahora! ¡Apocalipsis now!

El robo estepario

Se podrá aducir en mi contra que soy un completo imbécil. Se podrá aducir en mi favor que si hay algo que no me ha faltado en tres décadas de vida es pasión por la lectura. Lo cierto es que planeo ponerme en contra a todo el mundo culto, incluso a los insufribles socialistas suecos que pisotean año tras año la memoria del viejo Nobel, hablando un poco de un libro que cuando por fin leí, tras las insistentes recomendaciones de todas las mujeres cuyas coordenadas de vida se cruzaron en algún momento con la mía, me sirvió únicamente para constatar una vez más que la rústica e imperdonable frase "¿Cómo podés criticar algo que todavía no leíste/viste/escuchaste?" está conmigo y mi aceitada intuición condenada al sempiterno fracaso: siempre acierto cuando critico el libro que no leí, la película que no vi y el disco que no escuché.

Sí, lectores, escuchen mis palabras con sus ojos, y atesórenlas en sus retinas para el resto de sus vidas: si una mujer les aconseja leer El lobo estepario (Der Steppenwolf) de Hermann Hesse, sepan que les está aconsejando leer no una obra sobre un lobo antisocial en el que podrán reflejarse, sino la historia del Heidi de los misántropos. Yo me pregunto, ¿quién en el mundo, salvo los socialistas suecos ávidos de cualquier endeble panfletito que arroje algo de basura sobre la palabra "burgués", puede creer que en las edulcoradas y amaneradas páginas de este libro rosa hay algo de rebelión contra la sociedad, de bilis, de desolación, de locura desgarrada, de furia, de horror y de miseria? Supongamos que alguien opine que esta obra fue escrita hace medio siglo y que lo que significó en su época bla bla bla... ¿quién pudo pensar, entonces, algo así cuando este libro se escribió varias décadas después de las Memorias del subsuelo de Dostoievski? Comparar a Harry Haller con el lunático y atormentado hombre del subsuelo equivale a comparar a la Cenicienta con la demente que en la película À l'intérieur persigue con sus tijeras a una embarazada para abrirle la panza y chorearle el bebé. No, esta obreja no pudo ser fuerte en ningún siglo de la historia humana; no al menos desde el Áyax de Sófocles, cuyo protagonista sí cumple con la noble resolución de suicidarse.

Está bien, no me quejo de que haya gente deseosa de leer una obra supuestamente antisocial cuyo protagonista es el abuelo de Heidi... sólo pido que no nos vendan semejante paseo en calesita como si fuera una sangrienta campaña del Gengis Khan sobre aldeas aterradas. Y es que el problema de esta obra reside en que (como no es de extrañar viniendo de la izquierda) se habla en ella contra los burgueses... pero desde una mirada del mundo más burguesa que la nariz de Mariana Nannis. Nada tengo yo contra el sufrido sector de la sociedad que suele ser denostada, por los burgueses que viven de él y de sus impuestos, con el término "burguesía" (siempre he notado que los que usan despectivamente la palabra "burgués" suelen ser párvulos mantenidos que no suman, entre dos docenas de ellos, ni la mitad de horas de fábrica, de imprenta, de desempleo o de días comiendo salteado que tengo yo, pero bueh...), por eso prefiero lecturas que, sin mediocres clasismos de por medio, no tiemblan a la hora de asumir posturas para nada correctas y populistas y hablan, sin careta alguna, contra el conjunto entero de la humanidad, como ser los sublimes Cantos de Maldoror. Pero, si me venden un libro como anti-burgués, lo mínimo que puedo reclamar es que no sea, a su vez, un libro seis mil leguas más burgués que yo. Y, encima, afeminado. Del estilo literario no puedo hablar dado que no lo he leído en su idioma original (y, si lo hubiese leído en ese idioma, ni siquiera sabría decir ahora de qué cuerno se trató), pero creo que es obvio para cualquiera que Hesse es un autor valorado entre el vulgo por lo que escribe, y no por cómo lo escribe, así que es lícito deducir que no debe de haber nada impresionante en su prosa.

La obra de marras trata la eterna temática de una feroz lucha interna desatada en los más sombríos rincones del corazón de un individuo. Si bien el tema es trillado, no es nada lógico, a esta altura de la cultura occidental, exigir originalidad a los autores: baste con que sepan adentrarse en el asunto con pericia y solvencia. Pero no es éste el caso de Hesse: él reduce el combate interno de su protagonista a una animadversión interna entre un hombre que acepta las normas sociales y un lobo que intenta desafiarlas y ser él mismo... el problema es que, si Byron y todos los grandes nos mostraron, en sus personajes, verdaderos lobos incapaces de adaptarse a la sociedad, Hesse se contenta con suministrarnos la idea de un corderito afable y social que experimenta algún que otro deseo lupino cuando se siente un tanto decepcionado con la realidad circundante. Y esto es lo que yo no acepto de esta obra: que nos la vendan con el título de "lobo estepario" y se trate de Hello Kitty sintiendo culpa por tener un resto de testosterona en algún lugar no identificable de su organismo angustiado.

En resumen: si eres mujer o izquierdista, estremécete hasta la médula con esta impactante lectura, feroz crítica social contra el decadente mundo burgués que nos oprime delimitando nuestro natural estado de conducta que etc. etc. etc.; si eres mínimamente hombre, arroja al fuego esta versión contestataria de Mujercitas, que no te dirá nada nuevo sobre tu mundo, y procura seguir aullando con gozo bajo la luna, con las fauces llenas de sangre ajena, como lo has hecho hasta el día de hoy.


Nota: para lecturas terribles, recurran mejor a Los cantos de Maldoror, del conde de Lautréamont, algunos de cuyos venenosos capítulos podrán hallar aquí (y sí, no se sorprendan si el traductor les resulta conocido de algún lado).

Apología del mal I - La Gorgona

Quien quiera que se atreva alguna vez a interrogar con férrea veracidad las diversas fases de su conciencia, quien quiera que no tema consultar con indagadores ojos científicos el caprichoso manojo de prejuicios que da forma a sus vacilantes y subjetivos atributos morales, deberá reconocer la enorme ductilidad con la que, tarde o temprano, se asomaría a las cataratas del mal si contase con la decisiva facultad de volver piedra a todos aquellos que posasen la mirada sobre su figura.

Robar un banco, entrar gratuitamente a un recital, llevarse sin pagar toda clase de suministros y víveres del supermercado, o sustraer costosísimas obras de arte de los más renombrados museos, serían meros trámites en la pasmosa biografía de aquel que pudiese petrificar a guardias, policías y cajeros con su sola presencia. Claro que uno también encontraría no pocas contrariedades a su paso, como reducir al colectivero a un estado pétreo que conspiraría contra la factibilidad del viaje por el cual se habría acabado de importar el boleto, pero esto podría solucionarse fácilmente transformando en estatua a cualquier automovilista al que se le desease usurpar el vehículo. Tal como este ejemplo sin duda clarifica a la mente del lector, todos los caminos de la vida de quien contase con dicha habilidad lo conducirían ineluctablemente al mal.

Ahora bien, cuando uno ausculta los diversos eventos de la biografía de Medusa que alcanzaron estado público, llama prontamente la atención la mansedumbre con la cual esta Gorgona se manejó pese a la posesión de tan notablemente diabólica capacidad. Si sumamos a esto la soledad, la tremenda soledad de una mujer condenada a no poder jamás gozar de amante ni pretendiente alguno sin petrificarlo de antemano, más aún, condenada a no poder siquiera mirarse a un espejo para practicar las eternas artes femeninas de embellecimiento y estuque (poco extraña que tuviese un nido de serpientes en la cabeza quien no podía acudir a peluquería alguna sin riesgo de petrificarse a sí misma al sentarse frente a su reflejo), el hecho de que la Gorgona no haya realizado tanto daño como habría podido y debido hacer bien puede frenarnos en seco frente a los eternos mares de la perplejidad. ¡Cuánto mal habría meditado yo en su lugar, y a cuántas crueldades me habría entregado con insólito arrojo!

¿Por qué los monopolios multimediáticos griegos reputaron como especialmente malvada a una criatura tan poco proclive a hacer manifiesto uso de su inigualable capacidad de daño en una proporción siquiera lejana a aquella en la que habría sido lógico para cualquier otra? Lo ignoro, pero no cabe duda de que es hora de encabezar un amplio movimiento revisionista que exonere de sus culpas a Medusa y que condene con suficiente firmeza a Perseo por su odioso crimen de lesa gorgonidad. La de viperinos cabellos merecía ser escuchada y comprendida antes que decapitada. Incluso, quizás podría haberse reinsertado en la sociedad mediante algún noble empleo como el de convertir en monumentos de verdad a los mamertos que hacen de estatuas vivientes en las plazas (¿por qué no cultivan algún talento más sorprendente que el de la abúlica inmovilidad?), o facilitándoles un novedoso método de protesta a los jóvenes descontentos con la polis, que en lugar de hacer un piquete en el camino a Corinto podrían haberse transformado en testimoniales piedras humanas gritando con sus muecas eternamente a los cielos para llenar de horror y vergüenza a las autoridades.

Es por eso, Gorgona, que aquí celebro la ignorada honra de tu mancillada memoria, yo, que he podido comprenderte, yo, que me abismo en el dolor y la locura de sólo intentar concebir tu soledad eterna allí donde, rodeada por las desmoronadas estatuas de aquellos a quienes habrías querido amar, encontraste la muerte, esa muerte que acaso secretamente anhelabas. Mucho escarnio e injusticia se te ha hecho ya padecer, oh incomprendida, mas eso ha acabado: simplemente hazte un rodete con tus serpientes para que, sin riesgo de ser picado, pueda yo, con los ojos convenientemente vendados, brindarte al fin el consuelo de un inmortal abrazo.

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Introducción

Fiel a mi estilo, contrarío una vez más todas las convenciones y leyes admitidas como imprescindibles por el hombre y presento la introducción a esta nueva saga sólo después de divulgada la anticipada primer entrega, confiando en que los moralistas se mostrarán más preocupados por la peligrosa y disolvente labor de reivindicación de malhechores que me propongo llevar a cabo desde hoy que por el hecho de que haya transgredido las sabias normas que, prudentemente, aconsejan ubicar las introducciones no al final sino al comienzo de los escritos.

Desde épocas inmemoriales, desde años cuyos vestigios se tornaría casi imposible aun al más avezado arqueólogo rastrear, acostumbraron los malvados, tanto de dibujitos animados como de películas, cobrarse mi simpatía muy por encima de la casi nula atracción que lograban concitar en mi ánimo los insulsos protagonistas que nos eran presentados bajo la égida del bando supuestamente bueno. Siempre fui de tomar partido por aquellos personajes que los guionistas se esforzaban denodadamente en vendernos como malévolos, haciéndoles cometer todo tipo de fechorías y exponiendo a todas luces sus dudosas condiciones morales para justificar luego, ante un espectador mansamente agradecido, su ulterior caída y postrer castigo, los cuales eran con frecuencia tramposos y se revelaban más que reñidos con el resto de la trama (justo los criminales más brillantes decidían que, en vez de ponerle a Batman un tiro en la frente, era mejor meterlo en un industrioso cepo mecánico que le cercenaría las piernas al cabo de cinco minutos, suficientes para que el héroe escapase: sí, claro...).

Por mucho que el hecho de ser yo mismo odiado por todos me dote de cierta inevitable empatía con los avatares de estos estigmatizados personajes, arduo se me hace concebir que exista, no ya en Argentina, pero siquiera en alguna sociedad saludable del planeta, algún niño o persona capaz de no detestar a muerte a Tweety o al Palomo Mensajero, de no sentir simpatía por Pierre Nodoyuna, el Coyote o Gargamel, o de preferir al Dragón Volador antes que a Piernas Locas Crane, o a Goku y Krilin antes que a Cell y Vegeta. Sea así o no, cada vez que las inocentes potencias de mi infantil intelecto asistían a una nueva emisión televisiva de algún guión amañado y tramposo, aquel niño que yo era se levantaba de su butaca, se dirigía al patio en silencio, con el pecho transido por una inenarrable furia contenida, elevaba al cielo una mirada cargada de rencor y desasosiego, y se abocaba todo el resto de la tarde, ante la azorada mirada de su familia, a despedazar hormigas, moscas, bichos bolita y cualquier otro ser vivo que guardase siquiera alguna remota similitud con los espurios héroes de esos dibujitos animados tan moralmente edificantes cuan humanamente despreciables.

Y es para suplir aquellos devaneos destructivos de mi infancia, aquellas ansias de justicia que descargaban toda su inclemencia sobre las más enternecedoras formas de vida animal, que doy inicio a esta nueva saga, que viene a poner algo de orden en el mundo y a reivindicar el derecho a una justa defensa que tienen los malvados, tan maltratados por guionistas mojigatos y públicos sumisos. Es hora de hacer oír la otra campana, es hora de contar los verdaderos finales de las historias, es hora de dar a conocer los tremendos padecimientos que condujeron a los malhechores por los senderos del crimen... es hora de que se conozca nuestra cruda verdad.

Porque el mal no es sólo una forma de arte: es también, para las almas atormentadas, un derecho inalienable.

Orden de restricción No. 2: Chat

Qué placer pegarle al gordo mamerto este que gira, no sé cómo se llama, Raúl Msn. Señores, se ha hecho justicia. Una vez más, la honorable Jueza de la Nación, doctora Débora Dora de Valdez, ha hecho lugar a uno de mis inéditos si bien impostergables recursos de amparo y ha dictado un nuevo fallo que favorece mis insistentes reclamos judiciales, labrando en esta ocasión una orden de restricción circunscripta al variopinto mundo del chat, que encuentra en el msn el súmmum de sus despreciables bondades.

Por medio de la presente resolución, cuyo cuerpo normativo es menester que se haga aquí de público conocimiento, quedan, a partir del presente día del corriente mes, en interdicción de acercamiento a no menos de doce conversaciones de distancia de mi persona, so pena de ponerse a merced de mi derecho a una respuesta no exenta de elevadas cuotas de cinismo y violencia, los insufribles sujetos enumerados en el siguiente listado:

  • Los que usan emoticons, guiños o zumbidos. Esto es excluyente: todos ellos quedan condenados sin excepción ni contemplaciones a los caprichosos arbitrios de mi furia desatada.
  • Corre lo mismo para quienes ponen todo tipo de ridículos simbolitos teenager alrededor de sus nombres. Vampiritos, cervecitas, nubecitas... chicos, ¿qué tienen en la cabeza, los picó Bill Gates?
  • Los que se jactan de no usar emoticons (¿cómo es el plural, emoticons, emoticones, emoticii, emoticoens?), pero no se privan de hacer uso y abuso de las caras tipeadas. ¿Tanto cuesta verbalizar las cosas?
  • Los tipeadores compulsivos de caras que utilizan una equis mayúscula para simbolizar los ojos de un rostro transido por la risa. Gente, nadie se ríe cerrando los ojos, ¿qué son, ponjas? Get real...
  • Las mujeres que, al enviar esa equívoca cara confeccionada por medio de la conjugación de dos puntos con una pe, se ignora si se están burlando de nosotros o enviándonos un chupón.
  • Los hombres que nos envían la cara del chupón.
  • Los que, cuando uno al fin entendió las caras verticales, comienzan a tipear caras horizontales con dos letras y un punto en el medio. ¡Please, córtenla!, encima estas caras son como más tiernas, es peor...
  • Los que, para conferir mayores matices y dotar de más acabados y sutiles rasgos a sus caras tipeadas, recurren a caracteres de los alfabetos árabe, chino, cirílico, babilonio, etc. Bueno, en realidad esta categoría de sujetos creo que no existe, a éstos los dejaría pasar, siquiera por inconformistas y originales: por el momento no están vedados por el presente fallo. ("¡Oia! Conferiré mayores matices a mis caras utilizando la letra 深": no, el que elucubre algo así merecerá mi respeto... al menos, hasta que lo haga una segunda vez.)
  • los ke ezkriven qon inkomsevivle faltas hotrogarfica komo si serian, el ezlavon perdido entrel mono y el ombre CCD (Esto no se hace, pero... a veces mi humor es tan raro... Explicación del chiste: en lugar de con una equis, son capaces de armar la carita con una doble ce, que suena igual.) (Y nótese, sobre todo, el diestro manejo que hice de la coma.)
  • Los desconocidos que añaden nuestro contacto y, a la primera vez que nos ven conectados, se nos aparecen de la nada preguntándonos quiénes somos.
  • Los que, cuando les acontece el suceso descripto en el anterior inciso, responden la verdad en lugar de delirar con toda justicia al desgraciado que los aborda con semejante pregunta. ("¡Oia! Deliraré con toda justicia al nabo que me agregó sin saber quién soy": cuenta con mi incondicional empatía y con toda la fuerza de mi apoyo gremial quien así discurra.)
  • Los que, sin previo aviso, desaparecen en medio de la conversación, y te dejan colgado media hora esperando su respuesta en vano, porque, por ejemplo, fueron abducidos por una llamada telefónica de la madre. Ok, podés olvidarte de mí si querés, pero... ¡no podés hablar media hora por teléfono con tu mamá! Prefiero que me digan que les tocó el timbre Naomi Watts para pedirles una taza de azúcar.
  • Los que ante cualquier cosa peligrosa o políticamente incorrecta que decimos se escurren con el comodín respondelotodo "jajajaja".
  • Los que a cualquier chiste responden "jajajaja". No les pido que escriban "Disculpe, estimado, pero ocurre que en este momento mi organismo se encuentra, según puedo constatar de manera bastante fehaciente, desternillándose de risa", pero por favor, devuelvan un chiste, en vez de redactar la onomatopeya de una dudosa carcajada páguenla haciéndonos reír a nuestra vez, nos hacen sentir Piñón Fijo así.
  • Los que a absolutamente todo, pero todo, responden "jajajaja". A éstos no hay que parar hasta que del "jajajaja" pasen sin escalas a un "que te recontra" seguido de eliminación permanente, bloqueo e implosión.
  • Los que en lugar de responder "jajajaja" responden "lol". Dejá, flaco, dejá, es peor el remedio que la enfermedad. Al principio interpreté que lol sería una cara...
  • Las mujeres que, sin que medie solicitud alguna por nuestra parte, se ponen a narrarnos el diverso abanico de vejaciones a los que las sometió el chongo de turno. ¿No tienen amigas mujeres o un blog para hablar de esas cosas? En estos casos, si la mujer te interesa, ridiculizala, decile que el turro estuvo flojo, inventá y adjudicate hazañas y crímenes contra el sexo opuesto muy superiores a los del tipo así la mina se enamora, ineluctablemente, de vos; si la mujer no te interesa, ¡qué hacés ahí!, ¡eyectate cuanto antes de esa conversación! O ponete en piloto automático y contestale a todo "jajajaja", así la tediosa rutina de eliminación y bloqueo queda a cargo de ella.
  • Los que hablan con más de dos personas simultáneamente, lo cual equivale a no hablar en realidad con nadie. Bah, no hay que olvidar que mi concepto de "hablar" es muy distinto al que maneja la mayoría: si vas a responder a todo "jajajaja", obvio que podés tener más de treinta y dos ventanas abiertas al unísono.
  • Los que dejan al gato subirse a la mesa y permiten así que éste, apoyando sin querer sus patas sobre el teclado, envíe, desconociendo que lo hace (remarco esto: desconociendo que lo hace), toda suerte de extraños mensajes jeroglíficos que resultan indescifrables para el receptor. (Este episodio está basado en hechos reales, y lo peor de todo es que yo di respuesta al mensaje del felino, ignorando que era él quien intentaba comunicarse conmigo. A partir de entonces, ante cada frase medio improbable que mi interlocutora me enviaba tenía que preguntarle, por las dudas, si había sido redactada por ella o por el gato.)
  • Los que, ardiendo en deseos de averiguar quién los eliminó del msn, se dejan robar la cuenta por Bobby Phisher. Flaco, a mí me eliminó seguro hasta mi abuela, ¿qué necesidad hay de andar escarbando merda? El que no me eliminó a mí es porque nunca me habló, sencillo. O porque pusieron banda ancha en el Borda y el Moyano.
  • Los que, cuando los bloqueás, empiezan a abrigar sospechas y terminan agregándote con otra cuenta para constatar si es que, en efecto, los has bloqueado. Pero... ¿no van a escarmentar nunca?, ¿cuántas veces tengo que bloquear al mismo monigote? Para que esto no suceda, lo que hago siempre ahora es informar a la parte interesada en cuanto tomo la irrevocable determinación de bloquearla: "Mirá, 'No sé que sería de mi mundo sin ti', sos un tipo piola, tu conversación sobre fútbol y televisión es muy entretenida, pero tengo que bloquearte. No sos vos, soy yo: nací misántropo".
  • Además, siguiendo con el anterior inciso, ¿qué se supone que van a decirte si sus suspicacias se confirman y se descubren bloqueados? "Oíme, E. –leer con voz muy lúgubre y grave–, ¿de modo que así son las cosas? Sí, lo sé todo, lo sé todo... estoy al tanto de tus malas prácticas. No, no, no... no me expliques nada, bien sé que me tenías bloqueado. Te he despojado de tu aviesa máscara, y en vano es que intentes recurrir ahora, una vez más, a tus sofisticadas artes de disimulo y engaño. Me has traicionado; había depositado mi cuenta de msn en tus manos, y me has traicionado. Adiós, tú a quien en un tiempo remoto creí mi amigo, sólo eso quería decirte: me has traicionado." "Ok, Gervasio, se me pasó enviarte el telegrama de bloqueo; si querés, con esta otra cuenta bloqueame vos y quedamos a mano, ¡pero desaparecé de una buena vez!"
  • Los que cierran cada una de sus frases con un signo de interrogación entre paréntesis para garantizarse, de ese modo, un hábil subterfugio que los ponga en salvo por si no nos tomamos en serio sus tímidas palabras o les cortamos muy en seco sus medrosas intenciones. Chicos, basta de simular que lo que tienen miedo de decir es en joda, háganse cargo de sus ideas: nada más noble que asumir con gallardía, y sin titubeos, nuestros propios pensamientos, tanto los que denotan arrojo como los que suenan excesivamente disparatados.
  • (Este inciso corre sólo para cyber-locutorios, antros en los que tuve oportunidad de trabajar bastante tiempo.) Los que, para no gastar un buen dinero en una cabina telefónica, usan el msn para entablar maratónicas video-conferencias con sus lejanos parientes de Salta o Perú a los gritos, hinchando de ese modo las tarlipes de todos los azorados circunstantes, y las mías más que las de ningún otro.
  • (A fin de obtener algo de inspiración, acabo de readmitir en el msn a todos mis contactos bloqueados, de modo que preparaos, pues lo que siga a continuación habrá sido captado en tiempo real.) Ehhhm... (Pucha, era cierto que me bloquearon todos...)

Podría continuar la lista interminablemente, pero, si bien no los vengo contando, creo que ya debo de estar cerca de agotar los 140 caracteres que me permite blogger para mis descargos. De cualquier manera, se adivinará ya perfectamente cuáles habrán de ser los restantes sujetos pasibles de quedar encuadrados en los vastos alcances de mi presente demanda, individuos que deberán guardarse de esta inaudita orden judicial, ya rubricada por escribano público, que obra en mi poder y cuya letra no dudaré en hacer valer cada vez que la situación lo reclame.

En caso de que las restricciones establecidas por la norma sean dolosamente transgredidas por algún energúmeno, cuento con todas las garantías legales del fuero civil, del fuero penal y del fuero en lo contencioso-administrativo para proceder a, en legítima defensa, ejercer sobre dicho espécimen todo tipo de violencia verbal o física. Y cuando digo física digo física, no zumbidos molestos o guiños de agresivo tenor: física. Están advertidos.

Será justicia.

Radiografía de un outsider III

Dejando ya de lado los inconvenientes sorpresivos y las urgentes novedades judiciales, es hora de volver a templar las cuerdas de nuestra lira en el viejo modo para retornar a la materia que nos venía ocupando, a saber, la confección de un decálogo que rinda testimonio siquiera de algunas entre las muchas cosas que me diferencian del hombre común o, si se prefiere, de la versión más difundida del electrodoméstico humano en su hartamente publicitado modelo masculino. Regresemos sin más, pues, a esos cenagosos terrenos de asombro que nunca debimos haber abandonado.

***


7. Soy enemigo de casi todos los juegos

Debo de estar entre los únicos jóvenes del mundo que jamás instalaron un juego en sus pcs ni conocieron en persona consola de juegos alguna. Algo hay que me aparta de los señuelos lúdicos, como si existiera en mí cierto prejuicio desconocido, la vaga idea de que seguramente han de existir en alguna parte maneras más interesantes y productivas de perder el nunca renovable tiempo de nuestras vidas, tiempo que, mientras la arena siga siendo incapaz de vencer a la ley de la gravedad, pasa para siempre, para ya no regresar. Es mi deber, no obstante, admitir que de niño fui un habitué de las salas de video-juegos, pero con la particularidad de que nunca supe jugar a ninguno, salvo quizás al Street Fighter, en el que causaba murmullos de estupor entre todos los demás niños que con asombro veían que, sin saber hacer la bola ni nada, y empleando frenéticamente el botón de la patada como si no hubiese otros cinco botones más, alcanzaba yo la final, pese a mi total carencia de técnica, con insólita categoría y sencillez. A decir verdad, tampoco yo sabía, de manera positiva, cómo era que lo lograba.

Llegó luego la época en la que las rateadas del colegio se volvieron un tanto más sofisticadas, transformándose en fervorosas y dramáticas tardes consagradas a los más encarnizados duelos de pool o de ping-pong. Por supuesto que yo participaba de ambos juegos sin chistar, pero mi misión nunca era ganar, cosa imposible dada mi absoluta impericia en tan complejas materias de naturaleza práctica, sino más bien divertir un poco al resto con mis singulares payasadas de perdedor nato. Porque lo importante no es vencer, ni competir para dar lástima, sino perder haciendo reír para disimular. Memorable fue el día en el que estuve a punto de ganar una partida de pool: me faltaba embocar la bola negra en uno de los rincones, de modo que apunté serenamente con mi taco, embriagado por la ya palpable perspectiva de una consagración histórica, y, disparando, acerté a clavar la bola, con furia y sin atenuantes, en la buchaca correcta... sólo que de la siguiente mesa, en la que jugaban unos paisanos que no atinaban a dar crédito al cometa que acababa de surcar el espacio lleno de humo para desaparecer luego hundiéndose en la más distante de sus troneras. Mi adversario se negó a reconocer la validez reglamentaria de tan exitoso tiro volador.

Viajando un poco más lejos en el tiempo, hacia los mágicos e inocentes días de nuestra temprana infancia, en la que uno se desempeñaba con mayor o menor pericia en las más variadas disciplinas, como ser la mancha, la bolita o las escondidas, recuerdo que, si alguna vez existió un juego que odié con todas mis fuerzas, fue sin duda el veo-veo, horroroso invento que, exponiendo a ojos vista, ante todos los demás participantes, mi infranqueable cualidad de daltónico, daba lugar a las más enojosas confusiones cromáticas y a los más humillantes y escandalosos episodios, todos los cuales me tenían por ineludible protagonista. Me retiré del veo-veo a edad temprana, jurando que nunca más se me vería participando en las lides de tan infausto pasatiempo, y es el día de hoy, veinte años más tarde, que puedo afirmar, no sin orgullo, que he cumplido fielmente con aquel solemne juramento prestado en los bellos umbrales de mis años mozos.

Pero, como con todas las cosas, siempre hay una excepción. Si bien muy raramente la fortuna y la destreza, mancomunando sus solicitados dones, me han permitido alzarme con el laurel de la victoria ya en el ajedrez, el chin-chón, la escoba, la generala o el ludo, he mostrado una facilidad prematura, casi genial, mozartiana, para reunir en mi mente y pulimentar, con mano maestra, todas las más refinadas sutilezas y secretos del truco. Nunca fui bueno para mentir: soy de esas personas que cada vez que intentan decir una mentira inocente comienzan a reírse, dejando traslucir en sus semblantes todos los manifiestos estigmas de la más divertida falsedad, pero, a cambio, siempre tuve talento para ocultar mis pesares tras la fachada de la seguridad y la máscara del buen humor, facilidad que, traducida a un mazo de naipes, me servía para hacer creer a mis atemorizados rivales que mis cartas entrañaban todo tipo de serios riesgos para sus vidas, cuando en realidad mi puño sólo escondía un cuatro de copas, un cinco de espadas y un cuatro de bastos. Así, durante las épocas en las que concurría a diario al Palacio del Truco, es decir, al colegio secundario turno tarde, los electrizantes torneos que se desarrollaban en los fondos de las aulas, mientras en el frente ignoradas y espectrales profesoras se iban sucediendo una a otra para impartir lecciones que nadie escuchaba, solían tenerme a mí y a mi eventual compañero de fórmula como imbatibles triunfadores, coronados siempre por la gloria y para quienes las más exquisitas odas pindáricas habrían resultado insuficientes y pálidas. Mas aquellos tiempos de fuertes emociones y de néctares de victoria se han ido, y llevo ya incontables años recorriendo el mundo con mi mazo de naipes marcados sin poder encontrar, entre las masas de zombies encadenadas a sus monitores, un solo amante de la adrenalina dispuesto a convertirse por unas horas en mi desdichado adversario siquiera por una simple partida con opción a revancha.

Como sea, mi lema siempre fue y seguirá siendo: desafortunado en el juego, desafortunado en el amor, desafortunado en todo... pero entero.

***


8. No sirvo para casi ninguna disciplina deportiva

Siguiendo un poco con la temática abordada en el anterior inciso, cabe señalarse que mi fortuna y mi destreza jamás fueron mejores en los terrenos del deporte que en los salones del vicio ludópata. Baste como ilustración acabada de ello un solo dato: yo he sido la prueba viviente del desacierto en que incurren todos aquellos que señalan que hay cosas que nunca se olvidan, y entre las cuales el ejemplo por antonomasia es el de andar en bicicleta. Yo (sí, yo) he olvidado cómo era que se andaba en bicicleta, perdiendo para siempre, en los clausurados recovecos de una memoria consternada, aquellos pedaleos de mi infancia que no fui capaz de reproducir en el plano físico cuando intenté revivirlos en mi edad provecta.

Por supuesto, el mundo está lleno de intelectuales, de artistas, de obesos vocacionales y de toda índole de sujetos que harán de este apartado sobre mi impericia para los deportes un dato intrascendente. Más aún, y recordando lo que opiné sobre el fútbol en una vieja entrada, sin duda habrá también hombres fanáticos de esa disciplina y que, sin embargo, se desempeñarán en ella peor que yo. Pero a lo que apunto más que nada acá es a señalar mi carencia total de ductilidad para el correcto desarrollo de todo tipo de actividad cinética: no sé jugar a ningún deporte, no sé andar en bicicleta, no sé manejar, no sé tocar bien ningún instrumento, no sé cocinarme más de cuatro o cinco invariables platos, no sé pintar, no sé cambiar el cuerito de una canilla que gotea... y apenas sé cómo puedo, en medio de tanta ignorancia, seguir vivo y obtener sustento. Digámoslo: el mundo es mucho más generoso conmigo de lo que yo jamás le voy a reconocer. O quizás sea que algunas cosas sé hacer, sólo que lo ignoro, pero, de cualquier manera, la finalidad de este blog es hacerme mala prensa, de modo que prefiero no adentrarme con paso resuelto y alma exploradora en los sórdidos laberintos de tan halagadora hipótesis.

Veamos... todas estas razones que acabo de redactar hace instantes fueron suscitadas en mi mente a raíz de que planeaba hablar sobre el deporte; volvamos, pues, al deporte, y dejemos las ramas a los pájaros. Pero ¿qué diré de mi relación con las pasiones y sudores del mundo deportivo? Salvo que esté en mis intenciones subestimar al lector, puedo concluir que ya se habrá éste formado una idea más que clara y precisa sobre lo que vendrá a continuación: ahorrémosle, entonces, la lectura, que también es tiempo, el cual a su vez es dinero, el cual no compra la felicidad pero puede alquilarla un rato... ¿y qué derecho tengo yo para privar al lector de una felicidad rentada? Demostremos, pues, nuestra buena voluntad para con los demás, y para con su felicidad y su tiempo, poniendo inmediato punto final a este innecesario inciso cuyas implicaciones ya todos habrán podido imaginar y reconstruir, sin mi ayuda, en sus propias cabezas: es éste el mayor elogio que un escritor de blogs haya tributado jamás a sus pacientes lectores.

De nada.

(Aunque cueste creerlo, estas denuncias radiográficas aún no han agotado todo su caudal de asombro y horror. Continuará...)