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La rebelión de los mamíferos

Mi sorprendente regreso a las páginas de este blog, y a mis exhaustivos estudios sociológicos, obedece al simple hecho de que me veo en el deber de poner nuevamente en guardia a la humanidad (aunque la considere mi más mortal enemiga) y de alertarla ante los terribles peligros a los que se ve expuesta en la supina ignorancia que la caracteriza. Ha llegado para mí la hora, en efecto, de desenmascarar para siempre a otro más entre los oscuros factores de poder que se mueven impunemente en las sombras, acechando al hombre, y que sólo los potentes reflectores de mis ideas libres de ataduras pueden sacar a la luz y denunciar. Sentaos pues, incautos hijos de la mujer, a leer con atención y prudencia este ensayo, que no habrá menos de dejaros atónitos, y preparaos para la acción si es que queréis que el mamífero rompa, de una vez por todas, las tiránicas cadenas que forjan su eterna tragedia de vida.

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Sobre el principio de amamantamiento

Como todos sabemos, la mujer vino al mundo con dos microchips que, incorporados en sus senos, la programaron de fábrica para consagrar su vida entera a la alimentación. Podemos pasar días perorando incansablemente sobre la emancipación femenina, sobre el avance de la mujer en la sociedad, sobre la teoría y la praxis del feminismo militante, sobre anteponer la vida laboral a tener hijos, y sobre un montón de huevadas similares dignas de llenar con lugares comunes y pensamientos trillados alguna página vacía del diario del domingo, pero todo ese palabrerío se derrite como la cera ante la verdad unívoca e irresistible que propone el simple principio de amamantamiento: la mujer, por mucho que se rebele contra sí misma, nació para dar de comer; sus glándulas mamarias así se lo ordenan.

Cuando es niña, toma entre sus brazos un muñeco bebé y le lleva, impulsada por resortes instintivos antes que por educación o imposición de paradigmas sociales, una mamadera de juguete a la boca; luego, solicita insistentemente a sus padres que le procuren una mascota, de cuya posterior alimentación se ocupa con celo, al menos hasta que alcanza su adolescencia; entonces comienza a salir en busca de pareja para así, una vez que la consigue, dedicar su vida a dos impostergables misiones: amamantar a sus hijos y engordar a su esposo; una vez que estas misiones son llevadas a cabo con éxito, su vejez se convierte en una eterna tortura hacia sus nietos, que deben soportar estoicamente a una abuela infatigable que no deja pasar un solo instante sin volverles a ofrecer, por enésima vez, alguna cosa para comer que le rechazaron hace no más de cuatro segundos; por último, cuando sus nietos se alejan, cuando su marido muere, cuando la soledad hace presa en ella, sale de su casa, temblorosa, resignada, y comienza a alimentar a todos los gatos callejeros del barrio. Podría agregar que, al morir, sirve su propio cuerpo a los gusanos para que se deleiten en opípara cena fúnebre, pero eso lo hacemos también los hombres.

Tal como podrá suponerse, toda esa irrefutable historia de vida que he pintado en una sola parrafada se origina en el simple hecho de que la mujer posee mamas. Cuando un hombre tiene un perro, es porque quiere compañía y fidelidad; cuando una mujer tiene un perro, es porque le quiere dar de comer a cualquier cosa, a lo que sea. Cuando un hombre, como excepción, tiene plantas, es porque le interesa la botánica y es curioso respecto de las ciencias naturales; cuando una mujer tiene plantas, es porque quiere verse en la saludable obligación de regarlas y de velar por sus frágiles existencias. Alguna que otra vez mi hermana se fue de viaje; las únicas palabras que antes de partir me dirigió en cada caso se refirieron, exclusivamente, al hecho de encomendarme sus plantas y la sagrada tarea de darles riego; de más está decir que sus meticulosas instrucciones fueron olvidadas por mi intelecto aun antes de que hubiesen sido impartidas del todo, y que, si las plantas sobrevivieron a su ausencia, fue por obra y gracia de la benevolencia sin límites de una Naturaleza pródiga y feraz.

Resumiendo, y quitando tal vez los casos de algunas mujeres un tanto autodestructivas, tener tetas pega mal. El hombre que le diga arteramente a su mujer «Mi madre cocinaba mejor» logrará herirla. La mujer que le diga en cambio a su marido «Mi padre cambiaba mejor las lamparitas» no logrará absolutamente nada de nada. El lector acaso se pregunte ahora, con toda legitimidad, dónde es que hay una tragedia en todo esto que menciono, pero la respuesta amerita un capítulo aparte, el cual comienza a continuación.

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El hombre mal alimentado

Entre las numerosas frases e ideas de Nietzsche que no han llamado la atención de absolutamente nadie, que no han sido materia de ningún posterior estudio filosófico, y que no han disparado las disquisiciones de un solo ensayista en todo el universo, hay una que siempre consideré como uno de los puntos capitales de su obra, una de esas Verdades que podrían haber cambiado el decurso histórico del mundo si no hubiese sido porque los estudiosos prefirieron distraerse con tópicos más intrascendentes y olvidables, como ser el del eterno retorno. Me refiero a un pasaje suyo que reza: «La estupidez introducida en la cocina: la mujer haciendo de cocinera. La mujer desconoce el significado de la comida. Las malas cocineras, la falta absoluta de racionalidad en la cocina, es lo que más ha retrasado y perjudicado el desarrollo del hombre». Quede dicho: no puede haber peor calamidad para un hombre que el hecho de ser alimentado por una hembra.

Como ya he mencionado alguna vez, tuve la inmensa fortuna de que mi madre muriese cuando yo era aún un niño, lo cual supuso para mí incontables beneficios que sólo con el tiempo fui capaz de percibir. Uno de ellos consistió en emanciparme para siempre de la mala alimentación a las que las mujeres someten al hombre. Puesto que ya de niño tuve que aprender a cocinarme todos los mediodías, mientras que era mi padre quien se encargaba de preparar una frugal pero sustanciosa cena por las noches, mi cuerpo creció con todos los privilegios y dones de una delgadez atlética. Dicha delgadez me valió en el comienzo algunas burlas entre mis condiscípulos, pero éstas fueron prontamente vengadas en las clases de gimnasia, cuando, para mi regocijo, advertí que les sacaba con facilidad diez vueltas de ventaja corriendo alrededor de una plaza, o que llegaba a hacer unos seiscientos abdominales más que esas resollantes focas en idéntica cantidad de tiempo. Conclusión: los que estaban mal alimentados eran ellos.

Varios lustros de salud transcurrieron sobre mí, y llegué así a mis 34 años. Accedí hace unos días, tras siglos de vanas insistencias que chocaban contra mis hoscas negativas, a concurrir por fin a uno de los regulares asados de camaradería que celebran cada tanto los escasos seres equívocos que dan en juntarse conmigo. Surgió entonces, en un patético momento de sobremesa, la temática de las prominentes barrigas y abultados vientres de los que todos sin excepción, individuos de edades cercanas a la mía, hacían gala. Suele adjudicarse esa gordura masculina a la edad o a los excesos de cerveza y de vino, pero, verificándose ambas instancias en mi propio organismo, parecía inexplicable mi contrastante estado físico. La respuesta, que les manifesté al instante, era muy simple: a diferencia de ellos, yo no había aún contraído matrimonio. Es decir, yo no era alimentado por mujer alguna.

El hombre no engorda con la edad: el hombre engorda con el casamiento. Tomemos el arquetipo absoluto del hombre casado: se trata de un burgués, un camionero o un obrero panzón que muere, harto ya de las gansadas que habla su esposa, entre los 50 y los 70 años, depende de si se eyecta de su insufrible matrimonio por medio de un ACV o de un infarto. Reparemos ahora en el arquetipo absoluto del hombre soltero: se trata de un loco delgado, enjuto, de ojos alucinados, que vive en la calle y que suele tener una expectativa de vida de unos 90 años. Sancho Panza era casado; Don Quijote, no. ¿Y quién puede discutir las supremas verdades del Arte?

En pocas palabras, la panza es el estigma indeleble que denuncia el sometimiento del hombre que ha sido domesticado por una hembra. Por supuesto que hay excepciones: el sacerdote obeso, por un lado, o mi difunto abuelo materno, por el otro. ¿Por qué menciono a mi propio abuelo? Porque fue él quien, con su increíble ejemplo, me brindó la piedra filosofal del Hombre Libre. Su genética era perfecta: le alcanzaba con comer sólo dos bocados de algo por día para vivir. Su esposa, como buena mujer, amaba cocinar, hacía cursos de repostería, estudiaba las recetas más exóticas, se lanzaba a preparar los platos más sofisticados, escalaba las más impensadas cimas en el difícil arte de la cocina gourmet, pero en vano: mi abuelo hacía a un lado todo lo que se le ponía delante alegando alguna excusa inverosímil. «No, está frío. No, le falta sal. No, está caliente. No, tiene un gusto ácido. No, está salado. No, no, no, ¡no!» Con esa genial técnica, con esa rebelión prometeica digna de un semidiós, fue de los pocos ancianos de la historia que lograron sobrevivir a sus esposas, y murió recién después de los 80 sólo porque era un fumador empedernido y un enfisema minó por completo sus pulmones.

Formulo una simple pregunta: ¿por qué creen que el Papa es siempre un viejo de edad incalculable que llega a vivir unos 210 años? ¿Porque Dios lo ama y lo protege? No: porque tiene cocineros varones, el elíxir de la larga vida. Por supuesto que no consagro como un bien deseable el hecho de vivir muchos años: simplemente celebro que uno pueda contar con la posibilidad de llegar con buena salud a la edad necesaria para culminar alguna obra o alcanzar alguna meta propuesta en la juventud. Dejarse alimentar por una mujer, un ser que no sabe nada de las necesidades de un guerrero, es exponerse a reventar más temprano que tarde como un escuerzo.

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La rebelión del Hombre

Pero ¿por qué utilizo palabras como emancipación, libertad, rebelión? ¿Por qué admiro el sagrado No de mi abuelo y veo en él una piedra filosofal para alcanzar un mundo mejor? Humanos, la necesidad de comer es el principio de toda esclavitud, y, cuanto mayor es un vientre, mayor es la esclavitud de ese hombre respecto de los demás hombres, así como (lo cual tiene peores consecuencias en el mundo del arte, o sea, en el único que verdaderamente me interesa) mayor es la esclavitud del cerebro de ese hombre respecto de su propio estómago. La obra del genio es producto de un intelecto que se libera del yugo de las necesidades físicas a las cuales ese intelecto nació para servir. El hombre con menores necesidades fisiológicas se acerca más fácilmente a ser lo que Arthur Schopenhauer llamaba un "sujeto puro del conocer".

Entonces, el hombre que se somete con gusto a una perniciosa nutrición por parte de su madre o de su mujer queda condenado al odioso cepo de una esclavitud de ardua resolución. Por un poco de dinero o poder, por un plato de lentejas digamos, se puede controlar a cualquier gordo. Pero la delgadez es insurrección, y un hombre de constitución magra puede, en un ataque de dignidad, mandarte al diablo aunque le ofrezcas salmón rosado con caviar y champagne. Las mujeres, en consecuencia, son máquinas dedicadas a la tarea de volvernos esclavos, esclavos de ellas, de nuestros estómagos y de todo. El burgués obeso que las izquierdas odian es una creación femenina, lleva su sello indeleble, lo ha esculpido la hembra hasta en sus más ínfimos detalles. Pero las izquierdas mismas están formadas por esclavos, que justamente envidian del burgués su panza, no otra cosa, pues los zurdos se rebelan contra todo menos contra la alimentación que les brindó su madre. Y por eso fracasan: porque no tienen claro dónde reside exactamente su esclavitud. El único rebelde, el único emancipado, el único Hombre Libre es, así pues, el artista, el filósofo, el científico, el ermitaño, el santo, el poeta maldito, el loco.

Y es que la mujer no sabe, ni desea, alimentar a un guerrero: alimenta al hombre como si éste fuera una hembra, alguien que tiene que engordar para nutrir un feto en su interior, y de ese modo transforma al guerrero en un mercader, a veces, y en un esclavo, siempre. Esto no carece de lógica: la mujer cavernícola tuvo que aprender a seducir un cazador, sacarle un hijo, y luego, para que el cazador no la abandonara, para que se quedara a procurarles alimento a ella y al cachorro, tuvo que aprender a engordarlo, a aburguesarlo, a volverlo obeso y poco deseable para las mujeres más jóvenes... a hacerlo, en suma, un completo esclavo de ella y de su nido.

Por eso yo proclamo aquí la verdadera Rebelión del Mamífero: la rebelión contra el estofado materno, contra la milanesa conyugal, contra la opresión de los postres. El verdadero Hombre vive de asado, de comida al paso, de porquerías improvisadas dignas de un escenario de guerra. Las comidas especiosas, sazonadas, solícitas, obsequiosas y elaboradas que son propias de la mano femenina, la gran aburguesadora, reducen al noble varón a la más abyecta decadencia. La mujer lo sabe, pero nos quiere así, esclavizados: es su negocio. Y es, también, el negocio del Sistema, el cual, como lo he dicho muchas veces, no es hijo de la maldad de los mercaderes, sino que es hijo de la Hembra. ¿Quién alimentó a los capitalistas, quién alimentó a los dictadores? Les hicieron crecer barrigas, y esas barrigas hicieron todo lo demás. Yo lo he visto. ¿Por qué nadie quiere escucharme?

Pero no me importa lo que suceda con los humanos, no me importa que no me escuchen, que se sigan sacando los ojos entre sí, que perezcan. Yo le hablo a los artistas, a los filósofos, para que se salven a tiempo de este flagelo que los acecha sin que ellos atinen siquiera a sospecharlo. Luchen contra la cocina femenina, enemiga del genio, enemiga de la libertad, enemiga del guerrero. La trompeta de la insurrección ha sonado: corramos sin miedo hacia el No redentor. Nietzsche, aunque tampoco logró ser escuchado por nadie, fue claro y contundente; yo sólo he rescatado sus palabras injustamente soslayadas y las he ampliado en este imprescindible ensayo liberador: ¡fuera la mujer de la cocina, que el hombre tiene mucho aún por delante! ¡Tomemos la sartén por el mango! ¡Chefs, cocineros, maestros pizzeros y parrilleros del mundo, uníos! El destino del Hombre depende de vosotros. Sí: un fantasma recorre las cocinas y los hornos...

Bestialismos barbáricos for evriguán

Cometí hace poco la inexcusable torpeza, mientras incursionaba distraídamente en el portal de un enfermizo diario online, de adentrarme en una noticia que anunciaba pomposamente la existencia de una nueva andanada de copiosos twits, tuits, twiteos, whatever de nuestra primera mandataria. Apenas recorrerlos con, como prevención, uno de mis dos hemisferios cerebrales prudentemente desconectado y a salvo, la pregunta surgió inexorablemente en mí: «¿Cómo me va a ir bien en la vida si ni siquiera sé escribir mal?».

Si las redes sociales han prestado un servicio benéfico a la humanidad, éste ha sido, sin lugar a dudas, el de poner a su alcance un fácil acceso directo a la flagrante inopia del nivel educativo de sus políticos y hombres de éxito. Cuando una persona medianamente culta sopesa con detenimiento las dificultades y escollos que se presentan a diario en los diversos aspectos y derroteros de su vida práctica, y contrapone esos datos a las facilidades con las que cuentan los políticos y las celebridades, le alcanza apenas con un veloz recorrido sumario a través de las distintas redes sociales que los convocan a éstos para comenzar a comprender.

Antes hacía falta abrirse dificultoso paso a través de la garrapateada escritura de un médico, o internarse con espanto en las enloquecedoras simas de los textos jurídicos elucubrados por abogados opulentos, o flagelarse a través de las lacerantes erratas con las que periodistas y columnistas salpimentaron desde siempre todas y cada una de las crónicas de los diarios, pero ahora alcanza con entrar a Twitter o a Facebook o a Chocholocho y uno tendrá ante sí de inmediato, servida en bandeja de plasma, la inconcebible competencia que se verifica consuetudinariamente entre políticos, periodistas, universitarios, profesionales y celebridades de todo tipo para medir quién alcanza el dudoso galardón de escribir peor que el resto.

El panorama, naturalmente, es desolador, porque es un hecho meridianamente claro para cualquier inteligencia sana que la culpa no es ni de ellos ni de la sociedad que los premia, sino que es de uno por haber perdido tiempo de su vida en aprender a escribir bien. No estoy diciendo que si uno escribiera para el culo terminaría convirtiéndose en presidente o gobernador o jefe de gobierno; simplemente estoy diciendo que si uno escribiera para el culo podría llegar a no avergonzarse tanto (al menos desde el aspecto semántico y ortográfico) de los políticos que lo representan. Es algo.

Y es asimismo el secreto de todo el orden social, porque aquellos que alcanzan las cumbres mundanas, mal que les pese a muchos, no son más que un reflejo magnificado de las bases que los sustentan. Un iletrado no podría liderar un cónclave de sabios, y un sabio no podría gobernar un pueblo de analfabetos. Cristina, Macri, Barone y Van der Kooy no son el problema, sino tan sólo el lógico producto de la sociedad culturalmente estragada que los genera. Pero ¿qué hace la gente? Putea a Cristina, putea a Macri, putea a 678, putea a Clarín, y entabla titánicas luchas judiciales contra ellos... cuando simplemente alcanza con romperle un Larousse Ilustrado en la cabeza a toda la sociedad.

Pero no, dale que va. A mí no me molesta que la gente diga: «Hace mucha la calor» o «Si habría sabido que venías cocinaba algo»; a mí me molesta que aterricen los selenitas de la RAE y nos espeten: «Ya que todos escriben mal, que escribir mal sea la norma». Y van y le sacan la tilde diacrítica al adverbio sólo, o universalizan la colocación del punto siempre tras el cierre del paréntesis y las comillas, porque la población hispana aparentemente es tan idiota que no puede discriminar entre una oración incisa y otra independiente para aplicar soluciones distintas según el caso. Y entonces recrudece la sempiterna guerra entre los conservadores que claman: «¡Están nivelando para abajo!» y los progresistas que aducen: «El idioma es un ser vivo, en permanente cambio y mutación: déjenlo chochear tranquilo hacia su decrepitud, jjajaj, lol, equis de, equis de, equis de».

Por supuesto que mi balanza personal se inclina a favor de los conservas, por el simple hecho de que, si le damos la razón a la permisividad progre, dentro de mil años un renombrado académico del futuro va a exhumar este blog y va a dictaminar que sin duda fue escrito por un burro analfabeto, al tiempo en que va a encomiar los textos del fotolog de Cumbio como la inmortal y exquisita obra literaria de una verdadera adelantada a su tiempo, una sublime genia de las teclas que fue incomprendida por los cavernícolas que pueblan la sociedad reaccionaria y gongorina de hoy.

Desde ya que no va a faltar quien diga que el idioma se está enriqueciendo enormemente, pues hasta hace unos años no contábamos con herramientas de expresión tan sutiles y precisas como el :p y el LTA, pero, si a cambio de incorporar el imprescindible xd a nuestro acervo literario nos vamos a tener que deshacer de las tildes diacríticas, si a cambio de sumar un verbo como loguear nos vamos a tener que seguir debatiendo entre políticos que compiten no por el bienestar del país sino por ver si tiene más adeptos el queísmo o el dequeísmo, permítanme rebelarme y defender el ya anacrónico lenguaje en el que estaban escritos los libros con los que crecí.

Así pues, mi posición sobre tan dramática cuestión es la misma que nos legó don Bertolo hace tiempo y que, aunque interpelándonos a todos, estremeció a generaciones y generaciones de moishes: «Primero vinieron por la p de septiembre, pero a mí no me importó porque yo no era una p de septiembre. Después vinieron por las tildes de los demostrativos y del adverbio sólo, pero a mí no me importó porque yo no era una tilde de demostrativo o del adverbio sólo. Cuando vinieron por mí, ya no existía un idioma claro en el que me pudiese quejar».

Y sí, ¿qué vas a hacer, vas a hablar en sms, en mensajitos de texto orales? Siempre me pregunto cómo puede ser que todavía, año 2013, ningún pelotudo se haya hecho millonario escribiendo una novela de 500 páginas íntegramente redactada en lenguaje de chat o celular, con emoticones y todo. Yo por las dudas ya estoy preparando una traducción moderna y popular de la Ilíada que arranca: «Canta por un suenio, oh muzza (?), la calentura de Akiles, q se fue de mambo y mando a la B a muxos guerreros, q ademas se los morfaron, los perros y los pajaros :( ».

¡Ah, he aquí el progreso, he aquí el porvenir de una humanidad que, por fin, se acerca al sumo pináculo de su sensibilidad estilística!: vocablos mutilados, expresiones jeroglíficas, letras proteicas, estados de ánimo no verbalizados, siglas alquímicas, neologismos rupestres, orfandades léxicas, sustantivos circuncidados, runas emocionales talladas mediante signos enigmáticos, anglicismos nacionales y populares, palabras que nada dicen, silencios que claman, pavorosos sintagmas construidos con elipsis, Quevedo entrando en un cono de sombras mientras el fuck you está en casa...

Sí, gente: estamos en un punto de no retorno. Es posible que hoy se lea y se escriba más que nunca en toda la historia humana, pero es indudable que, por lo menos en nuestro país, cada vez se lee y se escribe peor. Yo no pido que todos sean Borges: me alcanza tan sólo con no desayunarme mañana por la mañana con la predecible noticia de que, según la nueva y rutilante normativa de la RAE, dictada en consonancia con la voluntad democrática de las inapelables mayorías, la sintaxis moderna ha decretado que Macri, Cristina, Pingo o Mochocho escriben mejor que yo, que el que no estudió sabe más que el que estudió y que para que te entienda el mundo necesitás expresarte de manera puntillosamente rudimentaria, oligofrénica y gutural.

Preñado de indescriptible horror

(Advertencia: esta entrada es de lo más espeluznante que jamás se ha publicado en este blog. Se desaconseja su lectura a naturalezas sensibles y al ser humano en general.)


Quien combate a un vampiro, recurre a un crucifijo; quien persigue a un hombre lobo, echa mano de una bala de plata; quien enfrenta a un progre, saca a relucir una pala; quien quiera luchar contra mí y derrotarme sin atenuantes, ponga ante mis espantados ojos la prominente panza de una humana embarazada. Pocas cosas en el mundo me generan tanto pánico, desagrado, impotencia y horror como esos abultados vientres, de marcadas venas y de piel estirada más allá de sus posibilidades racionales, tocados en su centro por un desorbitado ombligo que amenaza con salpicar de un momento a otro, cual volcán en funesta actividad, nuestros rostros con un viscoso y mortal chorro de pibe.

Sí, soy fóbico a todas las formas y avatares de la hembra humana en sus diversos estadios de preñez. Cierto día, en plan de psicoanalizarme a mí mismo con más certeza y profundidad que la que jamás podría alcanzar un estúpido lector de Freud y otras fábulas por el estilo, creí descubrir, en un descomunal ejercicio de memoria, el origen mismo y la raíz última de mi singular patología. Porque un psicólogo de manual me habría intentado tranquilizar asegurándome que mi fobia dimana de los recuerdos inconscientes de la panza de la difunta portando el feto de mi hermana, temprana enemiga de los privilegios de mi infantil monarquía, encontrando también allí la explicación para mi xenofobia militante: estos inmigrantes vienen a quedarse con todos mis juguetes y a poder agredirme impunemente dado que la madre estatal siempre defenderá al más débil, poniéndome en penitencia cuando quiera que mi sagrado derecho a la violencia intente hacer algo de justicia frente a las desenvueltas provocaciones de esos advenedizos rostros que, no se sabe cómo, entraron en mi hogar. Pero no, mi fobia al embarazo no se originó allí, ni tampoco es producto de mi horror a la madurez y a las responsabilidades de la vida adulta, sino que proviene de una lejana historia que amerita ser narrada.

Viajaba cierta vez, con toda mi virginal inocencia a cuestas, durante los cándidos días de una sencilla y despreocupada infancia, en un colectivo de no sé qué fatídica línea. Iba sentado en la última fila de los asientos dobles, del lado del pasillo, junto a otro niño que se había quedado dormido contra la ventana. Entonces, ascendió a la unidad un monstruo extraño y desconocido, portento nunca antes visto por mis ojos, asquerosa quimera mitad pendejo mitad mujer. Como era de esperarse (yo habría hecho lo mismo), nadie tuvo la cortesía de ofrecerle asiento alguno. Tal como sucede en esas pesadillas en las que, parados en medio de una copiosa multitud, las calamidades de turno comienzan a perseguirnos sólo a nosotros dejando en paz a todo el resto, la embarazada llegó hasta mi asiento y, viendo en él a dos diminutos niños, me preguntó si podía correrme hacia el centro a fin de hacerle un lugar a mi lado. Con la plena y vigente conciencia de todos mis inalienables derechos, le respondí que no. Pero entonces apareció el superhéroe de turno y, advirtiendo ya en mí las aún indecisas pero indiscutibles trazas de un futuro talento para las acciones villanescas y el dolo, me dijo con recia e imperiosa voz, detrás de unos bigotes llenos de autoridad  y poder: "¿POR QUÉ no le hacés un lugarcito a la señora, que está embarazada?". Conociendo que mi edad (tendría siete años) era un severo impedimento para entablar disputa con un fornido personaje de serie televisiva (el tipo era idéntico al protagonista de la ochentosa "Magnum"), me vi forzado a obedecer, pero no sin retener en mi mente esa última palabra de su pregunta. Desde ese inolvidable día, no pude volver a contemplar una mujer transitando un avanzado mes de embarazo sin experimentar urentes sensaciones de miedo, rencor, odio y deseos de venganza.

Como sea, las embarazadas lo mismo me dan asco porque, como si fuera poco el desagrado que me generan los humanos por sí solos, lo único que falta es que se presenten a mi vista, en inconcebible combinación, dos de ellos en uno, espantable oferta que no deseo aprovechar. A veces las veo lucir con ostensible orgullo esos vientres ensanchados por infernal levadura, a punto de reventar, y me pregunto qué clase de mérito puede haber en la preñez, nada sorprendente efecto de una desafortunada polinización accidental. Que alguien sienta orgullo por un título universitario, lo entiendo; que alguien sienta orgullo por un éxito profesional, deportivo o lo que fuere, lo entiendo también; pero que alguien sienta orgullo por haberse apareado, no. Cualquier mamífero, reptil o insecto lo hace. Quizás sientan orgullo por engendrar una vida, no comprendiendo que engendrar una vida es, en definitiva, engendrar una futura muerte. Todo padre es un asesino; los genocidas o los chorros son, meramente, aceleradores de un proceso inevitable, del cual sólo los padres son culpables verdaderos.

Además, ¿nadie va a atreverse nunca a decirles a los humanos que ya son demasiados? ¿Qué es esta locura de seguir teniendo hijos, de seguir cambiando pañales, de seguir musicalizando los pisos de abajo de mi edificio con incesantes llantos que no me dejan pensar ni un segundo en paz? Cualquier persona que se tome el sencillo trabajo de consultar un nombre al azar en google, digamos Edgardo Loyola, descubrirá, lleno de asombro, no sólo que esa persona inventada existe, sino que además existen varias del mismo nombre y que, por añadidura, todas tienen perfil de Facebook. Cada uno de esos perfiles cuenta con entre cien y quinientos amigos, distintos entre sí, los cuales a su vez se ramifican en otros tantos tentáculos que, de ese modo, se van expandiendo por el universo entero, colonizándolo todo como un virus imparable. Calculadora en mano, uno puede arribar, en cuestión de instantes, a la inamovible conclusión de que en el mundo hay mucha gente, incluso demasiada, más de la que hace falta. Pero los humanos se obstinan en seguir replicándose, ciegamente, como células cancerígenas. Y entonces la Naturaleza, provista de sabios anticuerpos para combatir el pernicioso avance de la enfermedad, envía un tsunami, un cismo, un virus mutado, un fin de semana largo con "buen tiempo" para que se maten todos en la ruta; pero nadie parece querer escucharla, nadie entiende.

Sin embargo, la cantidad de los humanos que siguen naciendo es lo de menos si traemos aquí a colación la calidad de los hijos del nuevo milenio. Cualquier ser pensante que haya leído "La rebelión de las masas" y que se haya atrevido a multiplicarla por diez en su imaginación tendrá un panorama bastante fidedigno y acabado del mundo actual. No hay que ser tampoco un genio en matemáticas y estadísticas para comprender que, cuanto más crece la tasa demográfica del universo, más imbécil se torna la humanidad. Baste con observar el tipo de música que escuchan las nuevas generaciones: no creo que nadie en su sano juicio esté en condiciones de discutirme con sustento, por más de doce segundos, que la música insufrible de hace veinte años era unas cuarenta veces superior a la música insufrible actual. O por lo menos más digna, dado que la hacían hombres como Alcides en vez de extrañas cruzas entre un villero y un tamagotchi.

Y este fenómeno se verifica asimismo en todos los demás ámbitos del arte y de la vida: por ejemplo, desafío al mundo entero a elegir la peor película de horror de los 80 y a compararla casi con cualquiera de los últimos cinco años. Así es, la diferencia salta a los ojos de inmediato: en los 80, y antes, se hacían películas malas, pero ahora no sólo se siguen haciendo películas igual de malas, sino que además esas películas te quieren tomar por pelotudo. Y allí reside, precisamente, la clave de su éxito comercial. Esto es lo que el kirchnerismo logró entender al notar que, cuanto más tomaba por pelotudo, desmemoriado, manipulable e ignorante al pueblo, más veía crecer sus índices de popularidad y adhesión. ¿Y quién soy yo para reprocharles que hayan descubierto la fórmula del éxito? Así pues, por si todo lo anterior fuera poco, el simple hecho de ver una mujer embarazada conlleva para mí la absoluta convicción de que en su vientre porta, ineluctablemente, una criatura que, aunque maneje más información, tendrá muchas menos neuronas que el humano promedio de la actualidad. Y eso solo ya es motivo suficiente para aborrecer esa panza nociva, portadora de un embrión más que garantice el inexorable proceso involutivo del hombre.

Cuando, hace no muchos años, dediqué algunas horas de mi ocio a entablar una luctuosa guerra de repúblicas contra Platón, pensando inocentemente que la humanidad era modificable y que la política podía servir de algo, había decretado, como una de las leyes pilares de mi invencible super-Estado, la prohibición absoluta de las embarazadas, con la pena de muerte como castigo más contemplativo y benévolo. Naturalmente, el destino quiso que viviese lo suficiente como para ver a mi propia nación convertirse en un horroroso Estado de Jauja capaz de incentivar los embarazos con estipendios dinerarios.

He aquí un hombre que concibió, tras años de estudio, una brillante idea que podría cambiar el curso de la Historia: que se arregle solo; he aquí otro hombre que presta innumerables servicios a sus sufridos conciudadanos: bárbaro, que pase a cobrar por ventanilla en su vida tras la muerte, si es que la hay, y que pregunte por Dios; he aquí una mujer que, con cuatro tequilas encima, se abrió de gambas imprudentemente un sábado a la noche: corran cuanto antes los Reyes Magos estatales a depositar oro y el eterno agradecimiento del Mundo a sus pies.

Soy muy facho, sí, y gorila y peronista y destituyente y todas las demás cosas que me quieran endilgar los buenos, los solidarios y los justos, pero quiero aclarar, por esta única vez, que el embarazo no tiene ni raza ni clase: me produce náuseas en todos los estamentos sociales por igual. Está bien, que la hembra humana se fecunde si quiere: ya ha dado a luz a muchos grandes genios, del pasado y del presente, cuyas obras disfruto; pero que al menos se esconda, que acuda a un leprosario para embarazadas, no sé, que haya un horario de restricción, algo, pero no quiero que el intimidatorio espectáculo de su panza descomunal se presente impunemente ante mis estupefactos y ateridos ojos. Me da tanto asco como el que a ella, amante de la vida, le produce la visión de mi pálido y funesto semblante de muerte. Dicen que si por delante de una embarazada se cruza un gato negro, nada sucede; pero, si me le cruzo yo con mis negros atavíos, ese niño que porta en su festejado vientre materno queda maldito para siempre: su vida ya no será sino un calvario de concatenadas agonías. Que alguien popularice ya esa improvisada leyenda, a ver si de ese modo logro que esas ambulantes fábricas de engendros me eviten por amor a sus retoños.

Los hijos del almanaque

Como diría Eli Wallach, en el mundo hay dos clases de hombres: los que aman el frío, y los que aman el calor. Los que prefieren el invierno, y los que prefieren el verano. Si nos paramos a pensarlo un minuto, los porcentajes son muy dispares: por cada individuo que decanta sus simpatías hacia los climas gélidos, hay cuatrocientos noventa humanos que optan sin hesitar por el calor, y otros nueve que dicen gustar del invierno pero porque adoran la campera, la bufanda, la cucharita en la cama, el guiso y la calefacción... o sea, porque aman el calor. No es esto último nada novedoso: así como el hombre vive escondiéndose del agua de la lluvia y, no obstante ello, su mayor felicidad es precipitarse en verano a la costa para zambullirse en la sucia agua del mar, también detesta los treinta grados de calor y, no obstante ello, se ha estudiado que durante el invierno soporta con alegría, debajo de su campera, cuarenta y cinco.

Pues bien, huelga predecir que, ante este panorama, mi presente entrada se perfila hacia la categórica e insípida declamación de que, a diferencia de las ingentes mayorías, yo sí gusto del invierno por el invierno en sí. Renegando de las estufas encendidas, llevando ya casi veinte años sin ponerme una campera (y esto porque hasta mi pubertad todavía tenían mis mayores algún tipo de poder fáctico como para imponerme obligatoriamente su uso), tiritando por placer bajo mi negra camisa arremangada en los más gélidos días de invierno, puede establecerse, sin mayores reparos, que soy un verdadero virtuoso en el abstruso arte de cagarse de frío.

Es sabido que mi comunicación con el género humano es prácticamente nula. Sin embargo, existen dos comentarios que constituyen la principal vía de abordaje que el mundo tiene hacia mi arisca persona: en primer lugar, las viejas que me señalan lo alto que soy; y, en segundo, los individuos pertenecientes a todas las clases sociales y estamentos etarios que me formulan la asombrada pregunta de si no tengo frío. La respuesta es sí, tengo frío, pero lo disfruto. En dos meses ya vuelve el insoportable calor, húmedo, pegajoso, animal, somnoliento, ojeroso, aniquilador de la razón y del pensamiento elevado, estupidizador y multiplicador de las masas, y sería trágico advertir que el invierno pasó de largo sin que uno sacase provecho de su mágica y fortificadora aunque fugaz presencia.

Vamos a decirlo sin pelos en el teclado: el estío es, al menos aquí, un claro sinónimo de carnaval, de Camboriú, de scola do samba, de festividades cristianas, de programas de chimentos que se mudan a Mar del Plata. Dos cosas, sólo dos, pueden aducirse a favor del verano. Primero, la gente se va a la costa y la ciudad queda semivacía... situación que a los noctámbulos como yo no les sirve de mucho porque, bien lo sabemos, la calle lo mismo está mucho más infestada de cucarachas humanas una tórrida noche de verano a las 4 de la madrugada que una helada noche de invierno a las 23. Y segundo, en aspectos un poco más nacionales y populares, las mujeres comienzan a salir a la yeca en bolainas... situación que tampoco sirve de mucho a los seres que encontramos más seductora una mina con botas y ropa sugerente que una que chancletea afanosamente hacia los chinos.

Pero todo esto es un vano preludio que viene a demorar el verdadero motivo de esta entrada: es mi deber denunciar ante todos, de una buena vez y para siempre, a los aborrecibles humanos que se rigen por el almanaque para abrigarse. Me refiero a esas personas que, porque el calendario los anoticia de que se hallan en pleno agosto, proceden a enfundarse en los más gruesos y vistosos camperones del mercado para de inmediato partir hacia sus tareas cotidianas sin reparar en que, en realidad, afuera está haciendo treinta grados (pues se ha producido ese fenómeno meteorológico que consiste en la intempestiva aparición de varios días de calor en pleno invierno).

No es excusa alegar que salieron muy temprano de sus hogares, pues es objeto de nota el que, durante todo el resto de la jornada, jamás se sacan sus camperas, sino que permanecen embutidos en ellas hasta el preciso instante en el que cruzan algún umbral de destino. Uno se sube al colectivo, reflexionando en sus imperiosos asuntos, y de golpe advierte que una extraña vaharada sale a recibirlo. Lo de siempre: una docena de pasajeros sobreabrigados, a baño maría, ocupan plácidamente el transporte. Cada tanto alguno de ellos, tras macerar bien, bajo su campera polar, un poderoso potaje de sudoraciones tóxicas y hedores penetrantes, se baja un poco el cierre de su abrigo a efectos de compartir, con encomiable generosidad, su guisado corporal con el resto de los circunstantes, que degustan sumisamente ese especioso plato de autor.

A pesar de que se transpira más, en verano este fenómeno no se verifica tan seguido dado que, gracias a la soltura de vestimenta, la mayor parte del sudor se volatiliza casi de inmediato; pero durante los sofocones invernales, el pernicioso uso de campera genera un efecto invernadero y propicia así que esas sudoraciones se condensen, compriman y estacionen entre la piel y el abrigo, todo lo cual, al llegar el fatídico momento de la apertura de cierre, se traduce en un resultado poco menos que homicida.

Vaya pues mi insalvable repudio a esta funesta clase de personas, a esta inefable casta de armas químicas ambulantes, a estos hijos del almanaque cuya antisocial conducta reduce a una magnitud casi inofensiva la mayoría de los aleves crímenes contra el género humano que, en mis violentos extravíos de locura, tuve el buen tino de cometer. A diferencia de aquellos otros insufribles que caminan con paraguas bajo la zona techada de la acera, no hay forma de guarecerse de estas alimañas, no hay manera de hacerles frente y vencerlas. Muchachos: estamos derrotados de antemano. Si un pendejo va en el colectivo escuchando cumbia a todo volumen, lo asustás un poco y fue, la apaga. Pero contra estos que destilan delirantes pócimas bajo sus innecesarios abrigos, contra estos que cocinan peligrosísimos barbitúricos olfativos bajo las siete capas de protección térmica con las que procuran calentarse en esos días de clima estival que se dan cada tanto en pleno invierno, nos hallamos completamente inermes, condenados a padecer, pasivamente y en silencio, un destino inexorable. Ya he comprobado que punzar con una aguja sus grotescos camperones aerostáticos, para ver si salen despedidos hacia la estratósfera como un globo pinchado, no sirve.

No hay nada que hacerle: la humanidad tiene olor a campera.

La felicidad llama a mi casa

Sí: el mundo moderno, hecho a imagen y semejanza del mercader (aunque el dominio de la cultura se halle en manos del esclavo), nos ofrece a diario estas gratas sorpresas, como ser la de la felicidad llamando empeñosa e insistentemente a nuestros propios hogares. Lejos han quedado aquellos aciagos tiempos en los que uno tenía que luchar denodada e infatigablemente durante años en pos de la piedra filosofal de la dicha para, tras ingentes esfuerzos y desengaños, alcanzar finalmente un efímero y nada gratuito sucedáneo de esa miseria que se parece un poco, aunque no tanto, al fugaz vislumbre del reflejo de la sombra de la borrosa silueta de algo vagamente semejante a una dudosa felicidad. Ahora no: los avances de la humanidad en materia de tolerancia y derechos humanos han querido que se conformara lenta pero indefectiblemente, a lo largo y ancho del globo, una extensa red de solícitos y obsequiosos call-centers prontos a ofertarnos, directamente a nuestros hogares, las mieles y bienaventuranzas que siempre habíamos soñado, como ser, tarifa plana o ahorros varios en nuestra cuenta telefónica.

Pero momento: ¿quién les dijo, a estos que me llaman a cada rato, que yo quería ser tan feliz? El artista aborrece la felicidad como el león la ensalada de lechuga y tomate: no nos llena. Además, ya nos acostumbramos a respirar en otro medio, en el conflicto y en la desesperación alucinada, de modo que nuestras branquias sombrías se ahogan al ser sacadas de su hábitat natural. ¡Ay, esa luz nos enceguece demasiado pronto! Nuestra mente aprendió, de algún modo, a relacionar la felicidad con la estupidez, a elucidar que para ser feliz hace falta ser idiota, de modo que la felicidad nos humilla y degrada de manera inadmisible. ¡Lejos de mí semejantes goces de rebaño!

Pero basta ya de preámbulos, y pasemos de una buena vez a los bifes: inspirado una vez más en un comentario que hice en un blog ajeno, me dispongo a narrar las vicisitudes de aquel memorable día en el que le puse a la estupefacta felicidad un tremendo portazo en la jeta, mientras la pobre solicitaba amablemente entrada a mi morada. Por ello, canta, oh musa, la cólera del noctámbulo E., cólera funesta que causó infinitos males a los operadores de call-center y que precipitó al Hades a muchos telemarketers de Telefónica a quienes hizo presa de perros y pasto de aves.

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De los telemarketers, o modernos apóstoles de la Buena Nueva

Todo comenzó cierto atardecer lluvioso de junio en el que... bah, qué sé yo cuándo carajo fue, pasó hace años, cuando mi hermana se tomó sus primeras largas vacaciones en un neuropsiquiátrico. Noté que, a pesar de su ausencia, mi cuenta telefónica seguía viniendo abultadísima, lo cual era incomprensible toda vez que yo, sujeto solitario y en guerra con el mundo, no llamo jamás a nadie ni por error. Y fue de esta suerte, tras examinar con detenimiento la boleta, que vine a dar con el hallazgo de que tan inexcusable estado de situación encontraba su fuente en un supuesto "Plan Hogar de Familia bla bla bla" que me facturaban quién sabe por qué inhóspita razón desde la noche de los tiempos. ¿Hogar de Familia? Era un insulto inadmisible a mi cubil y a la proverbial disfuncionalidad de mi estirpe lupina, de modo que me comuniqué de inmediato con la empresa, Telefónica, a efectos de exigirles imperiosamente la remoción de semejante despropósito. Mis perentorios reclamos fueron prontamente oídos y encontraron inmediata satisfacción. Al mes siguiente, se verificó en mi factura un ahorro demencial, fenómeno que, si bien por un lado evidenciaba que me habían estado choreando durante meses, por el otro me confería la paz de saber que me había liberado a tiempo de la aviesa trampa. Lejos estaba yo de imaginar que, con ese triunfo, había labrado la total ruina de mi paz para los años venideros.

Porque, claro estará ya para el lector, no bien me hube zafado de la trampa la computadora alertó a los altos directivos de la empresa sobre la existencia de un oscuro sujeto, en Capital, que estaba pagando muy poco por el servicio. Tal transgresión no podía en modo alguno ser consentida, de modo que verdaderos enjambres de telemarketers fueron contratados para un solo fin: el de encajarme algún nuevo plan que, bajo la consigna del ahorro, me hiciese pagar más. Así, los apóstoles de la dicha comenzaron, uno tras otro, a abalanzarse telefónicamente sobre mí, ofreciéndome a toda hora felicidades desconocidas y definitivas. Evidentemente, no sabían con quién se estaban metiendo.

Se trataba, en su mayoría, de combatientes de poca monta, vendedores amateurs cuyo desmañado speech nada podía contra mi afinada dialéctica del mal, tímidos rookies de los que me deshacía, de manera elegante pero contundente, con apenas un par de frases matemáticamente pergeñadas para dejarlos anonadados. Y es que mis razones eran bastante irrefutables: ¿bajo qué nuevo principio de las leyes de mercado una empresa comienza a llamarnos, insistentemente y sin descanso, a las ocho de la mañana, a las cinco de la tarde, a las once de la noche, para rogarnos una y otra vez de rodillas que le paguemos menos? Perplejos, los espíritus de Adam Smith y Milton Friedman lloraban ante el demoledor golpe que Telefónica le propinaba a toda la lógica capitalista. Pero, como podrá suponerse, si bien quizás el fantasma de David Ricardo logró resolver el problema, habría sido asaz aventurado esperar lo mismo de los rústicos e improvisados operadores a los que ordenaban llamarme. Ninguno logró jamás responderme cómo conservaría su puesto o cobraría su sueldo a fin de mes si lograba encajarme un plan que minimizara las ganancias de la empresa que lo había empleado. Revelarme que la tarifa plana era una mentira les estaba vedado, de modo que debían reconocer su derrota y decir adiós.

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El empleado del mes, o la hábil táctica de ser muy pelotudo

Al ver que esta perezosa táctica, sólo exitosa con viejas y analfabetos, no les estaba dando buenos resultados, los directivos de la empresa decidieron pasar conmigo a una agresiva Fase B. La nueva estrategia era hábil: un operador me llamó y me informó abruptamente que mi sistema de facturación cambiaría a partir del mes siguiente. Hecho consumado. Mi respuesta fue casi tan inmediata como mi ira: si me llegaban a tocar la facturación se pudría todo. Pasé a explicarle que durante siglos me habían cobrado una locura y que recién hacía unos meses me estaban viniendo por fin precios razonables. Nada podría haberme preparado para las céleres palabras con las que me sorprendió mi interlocutor: «Nosotros siempre cobramos precios razonables». No, pará un poco, ¿con quién estaba hablando, con el nieto de José Telefónica? Pero ¿las abuelas y los familiares de estos infelices no tienen teléfono? Debo admitir que su respuesta me hizo, por primera vez en el prolongado intercambio de hostilidades con la empresa, titubear unos instantes. Pero no por su brillantez, sino porque no daba crédito a que la pelotudez humana pudiese alcanzar, en mi propio país, cotas tan delirantes. Tras tomarme unos instantes para reponerme, mi cólera para con este imbécil fue tan titánica que, sin apelar a un solo insulto, sin recurrir a una sola elevación del tono de voz, lo fui acorralando con un copioso torbellino de argumentos y razones sin cuartel hasta que... ¡me cortó!

La proeza había sido consumada. Los directivos de Telefónica, que iban siguiendo la conversación paso a paso a través de sus auriculares (claro, por eso el pibe dijo lo de los precios razonables), intercambiaron entre sí sombrías y silenciosas miradas cargadas de duda y desazón. El golpe había sido demasiado duro. Era hora de pasar a la Fase C. Entretanto, enviarían a sus rebaños de telemarketers a seguir bombardeándome a toda hora, acaso en la errónea creencia de que así lograrían desmoralizarme un poco antes de la batalla final, que estaba cada vez más cerca.


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El ocaso de los operadores


En el último piso de uno de los más elevados y lujosos edificios de Buenos Aires, la junta de directivos la recibió. Se trataba de la mejor vendedora histórica de la empresa, si bien ascendida ya a un cargo ejecutivo, una verdadera felina de las ventas cuyas increíbles hazañas y legendarios triunfos recorrían desde hacía años los pasillos de Telefónica en la modalidad de encendidas odas pindáricas que llenaban de asombro a los vendedores más jóvenes e inexpertos, de boquiabiertos semblantes. Acababa de ser sometida a un duro y extenuante entrenamiento especial, que incluía dos meses enteros en el Himalaya, al solo efecto de derrotarme. Tomó asiento delante de la junta de notables, encendió su notebook, se calzó los auriculares, y, para ir entrando en calor, vendió tres planes al hilo en sólo tres llamados efectuados al azar, con la distendida soltura de quien realiza un mero trámite. Solemnes aplausos celebraron cada una de sus concatenadas victorias, que inspiraron el intercambio de elogiosos comentarios entre todos los presentes. Entonces, marcó mi número.

Debo decirlo: era muy buena en lo suyo. Dio comienzo a la partida por medio de la célebre Apertura Lohengrin, esto es, iniciar un extenso diálogo omitiendo revelar desde dónde y con qué fin me está llamando. Alertado por la renuencia de mi interlocutora a poner sus cartas sobre la mesa, supe de inmediato que se trataba, una vez más, de Telefónica. Y supe que me habían enviado a una buena rival. Pasé, pues, al ataque, cortando en seco la amenidad del diálogo y exigiendo las razones de su llamado. Comprendiendo que su apertura quedaba desbaratada, blanqueó el motivo: tarifa plana para ahorrar en mis llamadas locales. Desdeñando inquirir por el recargo de las llamadas no locales o a celulares, que transforman cualquier tarifa plana en una cordillera, pasé sin más a mi viejo recurso: preguntarle cuál era la lógica de que una empresa me llamase para perder dinero.

Éste era el punto en el que todos los cachivaches anteriores habían caído irremisiblemente; pero esta mina sabía lo que hacía: no era una improvisada, no. Su respuesta fue tajante: el objetivo de Telefónica era conservar a sus clientes y que no se pasaran a otra empresa, como ser Telecentro. Tal era la razón de la munífica bondad que había llevado a esta pobre compañía a tocar una y otra y otra y otra vez mi puerta a fin de depositar a mis pies la cornucopia de la felicidad suprema. Lo único que tenía que hacer yo era dejar de temerle al éxito, dejar de mostrarme arisco ante el afecto del mundo, abrir por fin mi puerta al par que mi corazón, y recibir en mis trémulos brazos los inestimables dones y goces que la benevolencia sin igual de los empresarios telefónicos me hacía llegar de manera obsequiosa a través de esta magnífica emisaria.

Sí, reconozco su destreza... pero conmigo no te podés descuidar así. Su argumento era glorioso, pero mi contraataque fue tan inmediato cuan certero: «No, está bien, quedate tranquila, quedate tranquila que no me voy a pasar a otra empresa, no hace falta que me ofrezcan más nada». Una experimentada guerrera de su talla no tardó en reconocer que había sido derrotada, de modo que saludó, con un tono de dignidad herida, y cortó. Esto fue hace unos dos o tres meses, quizás más: juro que no me han vuelto a llamar desde entonces.


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El drama de la espera


Y continuando con mi modalidad de entradas largas pero pletóricas de riquezas, no me despediré sin hacer mención de los call-centers de atención al cliente. En este caso, más allá del millar de cosas que se pueden decir contra los ineptos trogloditas que te atienden, por ejemplo, en Speedy, convengamos que el rasgo más saliente pasa por la espera. La larga espera para que te atiendan mientras escuchás una musiquita enervante; luego, la larga espera mientras verifican tu problema; finalmente, la larga espera para que lo solucionen o para que lleguen, varios días después del indicado, los técnicos a domicilio. Lejos de ver en ello un sesgo negativo, creo que esas esperas son saludables para la psiquis social, ya que, si algo ha olvidado el ser humano a partir de la revolución tecnológica, es el terrible hecho de esperar. La inmediatez se ha vuelto un cáncer peligroso, que quita valor a todo cuanto consumimos y que nos revela, así, que la espera, después de todo, no carece de encanto. Los pibes de hoy, nativos 2.0, desconocen lo que es la espera, a la que sólo descubrirán de púberes en una parada del 107, o, ya de adolescentes, cuando, al advertir los defectos del Sistema, y al comprender lo desastrosas que son todas las alternativas al Sistema, exclamen por fin el consabido: «¡Y estos extraterrestres que no vienen!».

Con esto en mente, y tras una llamada que realicé a Telecentro, concebí de inmediato, en súbita y venturosa inspiración, una moderna obra teatral de vastas proporciones y polémicas consecuencias, tragedia dramática que sin duda ganará prontamente todas las librerías del país. Así pues, como regalo a los lectores de este blog maldito que, pacientes y acostumbrados a la espera, hayan llegado hasta el final de esta extensa entrada, he aquí, en exclusiva para ellos y a fuer de adelanto, el primer acto completo de mi obra.

ACTO I
Escena I
(Lugar: teléfono de casa.)
(Tiempo: hace 720 segundos.)

OPERADOR.- Aguarde un segundo en línea, por favor.
CLIENTE.- Güeno... (Espera 12 minutos en silencio.)

Fin del Acto I.

Haga patria: mate a un pobre

Antes de que enjambres enteros de progres comiencen a abatirse sobre mí, erizados por el título políticamente incorrecto de este post, que tanto indigna a sus morales superiores, ah, ellos, los inapelables santos rectores del siglo XXI, debo solicitarles que lleven a cabo una meticulosa relectura de ese mismo título pero teniendo presente la noción de que me apresto a realizar, por fin, inspirado por ciertos comentarios de la anterior entrada, un concienzudo y pormenorizado estudio de ese misterioso y sacralizado brebaje que recibe, de sus devotos acólitos, la ya mítica denominación de "mate".

Dando por superfluos todo tipo de divagues preliminares, me adentraré sin más en este furioso ensayo que se promete tan esclarecedor cuan provocador de conciencias adormecidas que no dudarán un instante en abandonar su eterna siesta y abulia matera para, poniéndose de pie, insultar y maldecir sin pausa mi desconocido nombre hasta el lejano fin de todas las centurias venideras.

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Hacia una genealogía del mate

Sacando fuerzas hasta de las últimas fibras de mi temple, me veo obligado, muy a mi pesar, a acometer el doloroso desafío de narrar, desde un comienzo, toda la negra tragedia de mi vida. Arrostremos, pues, la tarea de manera expeditiva. Fui concebido por accidente; desde mi confortable butaca en el útero materno, asistí, como mudo espectador, al apresurado casamiento de mis padres; finalmente, cumplí, siguiendo a pies juntillas el universal libreto de la vida, con todo el estúpido trámite y la burocracia del nacimiento, llenando de incomprensible gozo el pecho de mis familiares. Pero entonces comenzaron mis desventuras e infortunios. Se me confinó a un nombre que yo no había elegido; al poco tiempo, se me bautizó en una religión que no era la mía; y, por último, para coronar la espantosa comedia, se sacó provecho de la debilidad de mi aún incipiente intelecto infantil y, contrariando mi voluntad y vulnerando todos mis derechos a una elección madura al respecto, se me inoculó mate. Tras semejante infancia, como para que no terminase odiando a mi familia.

Pero demorémonos en las fatales circunstancias de ese último hecho. Cierto día pude observar, aunque sin comprender todavía las razones del fenómeno, que mis familiares se hallaban en una ronda de alegres y apacibles visos, entregados al diálogo y al consumo de churros y vigilantes; repentinamente, se me llamó por mi nombre y se me dijo: "Vení, nene, probá esto". Me acerqué en silencio y obedecí. Sí: era mate. Mi destino estaba sellado: con engaños, se me había hecho entrar al sistema.

Sin oponer mayores resistencias, trataba yo de adaptarme a lo que se me decía que era el mundo. Todos soñamos, alguna vez, con tener un nombre en la vida, con llegar lejos, y el único camino para tan portentosos logros es la sumisión. Pero mi entendimiento se afanaba, en vano, por comprender el misterio del mate. Se evidenciaba a mis ojos que la sagrada infusión proporcionaba cierto gozo y placer a mis congéneres, pero todas las auscultaciones personales a dicho respecto arrojaban la invariable conclusión de que era imposible verificar en mi organismo los mismos resultados. Se traducía así, el mate, en un símbolo más de las inagotables insatisfacciones personales que me ocasionaba la idiotez de transitar por los mismos senderos que el ser humano fatigaba en multitud.

Y entonces llegó mi pubertad, gloriosa y liberadora, con todo su inconcebible séquito de noes. Si aún no la de mi cuerpo, al menos la musculatura de mi maldad se había desarrollado lo suficiente como para patear, al fin, todos los tableros, incluso aquellos en los que no estaba jugando ni pensaba jugar. Y fue así que, en un histórico acto de sana y provechosa locura, elevé un día mis rencorosos ojos al cielo y, con un contenido grito de cólera, renuncié para siempre a Dios. Y con él, al mate.

Niños, antes de precipitarse a imitar mis épicas acciones tengan en cuenta que, desde entonces, mi vida no ha sido nada fácil. La libertad tiene su precio, tan alto como el del arte: no cualquiera puede estar dispuesto a pagar su cuota inapelablemente vitalicia. Es una renuncia que trae aparejadas otras mil renuncias, muchas de ellas indeseables. Como aquel que renuncia al celular y descubre que las dificultades del levante se multiplican por mil en estos tiempos hechos a imagen y semejanza del mercader y del cobarde, el que renuncia al mate descubre que, sin querer, ha renunciado a toda camaradería y complicidad con el género humano. Tanto mejor. No es algo que nos pese demasiado a los que nacimos con pasta de exiliados, mas la circunstancia es digna del reparo de los individuos triviales. Porque una cosa es renunciar al mate viviendo en Finlandia, pero otra cosa es hacerlo cuando se trabaja en fábricas, remiserías y todos los antros que me han visto pasar como a un oscuro peregrino invernal por siempre desterrado de las cálidas rondas humanas.

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Hacia una ética del mate

Vamos a decirlo sin palos en la lengua: el mate queda refutado por el simple hecho de que su consumo se basa en un principio de succión. Punto. Esto es razón suficiente para abolirlo. El mate cocido se entiende; el mate, no. Es como revivir la succión del pecho materno, y acaso de allí derive el nombre de esta infernal pócima telúrica.

Este inefable principio de succión determina que el mate se posicione cómodo en el top five de los alimentos que más hacen poner cara de boludos a sus eventuales consumidores. Hay que hacer piquito para tomarlo. Asumir cara de mosquito, de pájaro. Y si acontece el reconocido fenómeno de la bombilla tapada, las consecuencias pueden alcanzar cotas delirantes. El mateador succiona, desesperado, transido de una indecible avidez por exprimir unas gotas más de esa agua que se le niega como a un grotesco Tántalo, mientras su rostro adquiere tonalidades emparentadas ligeramente con el escarlata, pero en vano. La OMS ha advertido sobre las secuelas de esta temeraria práctica: ojos que se hunden dentro del cráneo, dentaduras postizas que se atraviesan en el esófago, bombillas que como proyectiles se alojan en la masa encefálica, mandíbulas que se dislocan, rostros cuya musculatura se petrifica en una mueca sardónica. Según recientes e irrefutables datos estadísticos, el 74% de las muertes producidas por el mate tiene su origen en una bombilla tapada.

Otro punto que refuta al mate, como bien señalé en el comentario que aquí amplío, es la absoluta inconsecuencia de su mezquina capacidad de porte. Estudios científicos demuestran que, en promedio, cada cebada de mate proporciona al consumidor, en total, unos 4 cc de agua. Así, se necesitan aproximadamente 312 mates para beber el equivalente a una taza de café. Lo cual nos lleva a la conclusión de que el mate es una bebida propia de países de gente muy ociosa, que dedica casi todo su tiempo existencial a esperar a que la pampa fértil dé sus frutos y cosechas. El mate, con la meticulosa observación de sus ritos eleusinos primero y con la larga concatenación de cebadas sin término necesarias para satisfacer al consumidor luego, se nos revela como impensable en pueblos emprendedores y vertiginosos que se afanan por alcanzar la cima del éxito. Para decirlo sin ambages: el misterio del fracaso argentino radica en el mate. Nunca una nación de pasivos y remolones cultores del mate podrá derrotar a una vigorosa y acelerada nación de adustos bebedores de feca.

Y ésa es la ética del mate: la ética del ocio, de la espera, de la sumisión, de lo inevitable. El mate nos dice: "¿Para qué levantarse y luchar, si la muerte nos llega lo mismo?". Expresa así el mate toda la convicción de un destino implacable, ante el cual nos sentimos indefensos, desarmados. ¿Suponen que estoy delirando? Deténganse un minuto a observar cualquier grupo de sanos mateadores: ya me dirán si estoy en lo cierto o no. Escuchen sus conversaciones, tan achatadas, pasivas, resignadas. Se dice que el mate les quita el hambre; lo que no se dice muy a menudo es que lo hace también en el sentido más lato de la palabra. Quien bebe mate no aspira a la gloria.

Pero hay algunos que son peores: los que acompañan el mate con bizcochos 9 de Oro. Que no se atreva jamás a solicitar mi amistad el infame que no opte por la desprejuiciada vitalidad nietzscheana de los Don Satur. La ética de los Don Satur es la ética de la vida, brutal y sincera: casi contrarresta, por un segundo, al mate; en cambio, en los 9 de Oro, de despreciable pulcritud y sequedad, se encierra una moral estancada y falaz, auto-negacionista, fétida, corrompida, la artificialidad de una imagen remilgada que insulta la esencia misma del bizcocho de grasa, la pedantería de encumbradas pretensiones de aparentar lo que no se es. Un bizcocho que no quiere reconocerse a sí mismo como bizcocho, con toda la humilde dignidad que ello comporta, y se traviste de galleta. Si el mate es a la acción lo que la religión a la vida, el 9 de Oro es al mate lo que Tartufo a la Iglesia cristiana.

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Jaque mate

Para no alargar este ensayo hasta instancias impredecibles, considero prudente concluir aquí con sus acendradas implicaciones, si bien es aún mucho lo que guardo para decir sobre el fascinante tema de este verdadero opio de los pueblos, que debería ser objeto de profundo análisis para todo historiador y sociólogo argentino que quisiera hallar las sólidas razones de un fracaso inexplicable. Bombilla mata libro y alpargata.

En fin, mientras el humano sigue sorbiendo con gusto su mate sempiterno, profundo, inagotable, yo seguiré forcejeando un rato más con la bombilla de la vida, que sin lugar a dudas se me ha tapado: por más que tiro y tiro, hace rato que no saco nada de ella. ¿Y? Acaso sea hora de, cambiando súbitamente la dirección del aire, soplar con furia y salpicar con alevosía a todos los que se hallen cerca de mis fatídicos pasos de exilio y de sombra.

El concuñado mamero

Obedeciendo a mi eterna costumbre de ser una contradicción viviente, desmiento ya mismo gran parte de lo expuesto un par de entradas atrás y sorprendo abruptamente al lector con una inesperada revelación que, a mi juicio, no es tampoco digna de hacerle mantener la boca abierta de par en par a nadie por mucho más de un minuto y medio o dos: sí, admito que, una vez, en la negra vorágine de mi ya obliterado pasado, me abandoné al demencial experimento de tomar a una mujer como novia. Los resultados, lejos de ser tan catastróficos como cabría suponerse en una superficial primer lectura del hecho, arrojaron al menos a las dársenas de mi experiencia un gran acopio de nuevo saber científico y, por sobre todas las cosas, me familiarizaron con el inigualable hallazgo de una singular criatura, poco estudiada aún por sociólogos y botánicos, que asume a menudo la forma de una verdadera patada en los huevos para cualquier hombre sano, y que ahora me apresuro a presentar por fin al universo en toda su esplendorosa magnitud: me refiero al desde hoy célebre "concuñado mamero".

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Tesis del concuñado mamero

Como diría Eli Wallach, en el mundo existen dos clases de hombres: los que fueron criados por una madre, y los que se criaron solos. Claro que hay matices, pero, como podrá ser fácilmente adivinado ya por todos, si hablamos de mi caso en particular siempre estaremos tomando como referencia únicamente los extremos de las pertinentes escalas cromáticas. Así pues, analizaremos ahora las instancias más extremas y paradigmáticas de ambos especímenes, a los cuales denominaremos, a efectos de facilitar la comprensión de este ensayo, Ale, por un lado, y Yo, por el otro.

Sujeto I - Yo: A partir del estremecedor momento en el que la Divinidad comprendió, sabiamente, que sería mejor para la sanidad mental de mi madre morirse que verme crecer, me crié, amamantado desde la aurora de la vida por la más aventurera orfandad, de manera feroz y salvaje, corriendo a mi completo albedrío por entre las pasturas del delito juvenil y los roquedales de la absoluta independencia de criterio, y sin otro freno o límite en el horizonte que los peregrinos y cambiantes caprichos que mi imaginación tenía a bien proporcionarme. Sin una vieja pesada que, con un peine en la mano derecha y la tarea del colegio en la izquierda, me estuviese todo el tiempo encima, exigiendo además de mí una improbable pulcritud y limpieza en las ropas que ella misma había seleccionado para ataviarme, desarrollé velozmente un carácter independiente y sin barreras que ya nunca más iba a abandonarme. Único artífice de mis propios vagabundeos, sin tener que rendir nunca cuentas a nadie, rebelándome precozmente contra Dios y contra todas las esferas de autoridad que se me iban anteponiendo en una vida ya completamente consagrada al bandidaje, me transformé, conforme los años iban escapando como antílopes ante el avance de mi adusta mirada, en un hombre sin otro deber que el de su propia autarquía y sin otra ley que la de su propia libertad. En adelante, ninguna mujer podría esperar de mí sino actitudes hoscas y ariscas propias de un individuo que había crecido en una total carencia de cadenas y sujeciones, como una feral e indómita bestezuela. Así, mi destino estaba echado: era un hombre libre.

Sujeto II - Ale: Abandonado por su padre, Ale creció como un niño sobreprotegido en el pequeño y cálido departamento de su madre, en inquebrantable simbiosis con ella, rodeado de agradables y simpáticos objetos de pañolenci, e incapaz de ver la vida sino a través de la fina tela de las faldas maternas. Patológicamente dependiente de los cuidados y solicitudes de su absorbente progenitora, este adorable infante, peinado y vestido por mamá, creció entre mimos y fieltros que lo separaban primorosamente de la cruda realidad y que le obturaban también un poco el natural cauce de su malograda testosterona. De ese modo, Ale fue adiestrado desde su más tierna infancia para, entre otras cosas, avisar puntillosamente cada vez que salía, dando precisas y exhaustivas coordenadas de dónde estaría y qué actividades desarrollaría, solicitar los auxilios de una mujer en caso de caer enfermo o de necesitar alimentarse o elegir ropa, y no poder ni vivir ni valerse por sí mismo en ninguna circunstancia. Así, su destino estaba echado: era un verdadero mamero.

Sujeto I + Sujeto II: Llegamos ahora al catastrófico punto de convergencia de estos dos singulares infelices. Hete aquí que, por uno de esos caprichosos e inescrutables azares de la vida, un par de hermanas deciden ponerse de novias, simultáneamente, con sendos sujetos; es en ese preciso instante que comienzan los grandes martirios para uno de los dos protagonistas de nuestra tesis, devenidos súbitamente en concuñados. Toda la lógica natural indicaría que el perdidoso en este cóctel molotov debería ser sin duda el concuñado mamero: error. En el mundo moderno, la gran tragedia le toca en desgracia, ineluctablemente, al concuñado libre. Investigaremos a continuación el por qué de ello y sondearemos resueltamente sus funestas consecuencias.

***


Génesis de una derrota anunciada

Mediante la prolija presentación de una serie de episodios basados en hechos reales, vamos a permitir al lector formarse una idea aproximadamente documental de los extensos ribetes que asumirá el lento desarrollo de este drama. Una manera didáctica de acercarse por vez primera al problema es empezar estableciendo que, lo que en un hombre normal es motivo de furia para su pareja, en un hombre libre se duplica, y, asimismo, lo que en un hombre libre es motivo de doble furia para su pareja, ante la contrastante instancia comparativa de un cuñado mamero se cuadruplica. Veamos un primer ejemplo:

Llamado telefónico 1.
Yo: –Hola, ¿qué querés?
Ex: –(con tono enojado) Sabés qué día es hoy, ¿no?
Yo: –Sí... ¿jueves?
Ex: –¡No! ¡Es miércoles, y es el Día de la Primavera!
Yo: –Ah, con razón había tantos Alzamendis por la calle.
Ex: –... (silencio ofendido).
Yo: –Bueno, ¿y?
Ex: –¡Cómo "y"! ¡Que Ale invitó a mi hermana a salir y vos ni siquiera fuiste capaz de llamarme!

No será arduo para el lector deducir que ninguna mujer que salga conmigo puede ser capaz de concebir que yo, antisocial y amante del invierno como soy, festeje o crea en el Día de la Primavera. Este planteo jamás habría podido cruzarse por la cabeza de mi ex en un estado de relación normal... pero ahí estaba Ale, el concuñado mamero, cumpliendo sumisamente con los ritos de la sociedad que lo educó maternalmente en su seno y derrumbando así, con su obediente conducta, mi apacible mundo de encierro y de silencio. Ante la supuesta felicidad de la hermana que sale junto con todo el resto de la manada humana, mi ex, solitaria en su hogar, se siente postergada, menospreciada, abandonada, y, consecuentemente, explota, directo en mi nariz. La borrosa silueta de un horror desconocido comienza a perfilarse ante nuestros atónitos ojos. Pero observemos de inmediato un nuevo ejemplo, que ya va mostrando una mayor complejidad de interacción y que empieza a contextualizarnos de manera más precisa y positiva en el trágico nudo gordiano de nuestro tremendo análisis:

Llamado telefónico 2.
Yo: –¿Sí?
Ex: –¿Se puede saber dónde anduviste? Te estuve llamando toda la tarde.
Yo: –Salí, tenía un par de cosas que hacer.
Ex: –Claro, y no me avisaste nada.
Yo: –Y no, mirá si te voy a avisar cada vez que salgo. Ningún hombre avisa.
Ex: –¡Y cómo Ale la llamó recién a mi hermana para avisarle que iba un rato a lo de su vecino del piso de arriba!

Como vemos, ninguna de nuestras atendibles razones puede sobreponerse a esa novedosa institución que ya comienza a arrojar una omnipresente sombra sobre nosotros, a ese inapelable paradigma de perfección connubial denominado "Ale". En adelante, todo lo que hagamos será funestamente contrapesado con lo que haga por su parte nuestro fatídico concuñado, y, naturalmente, tratándose de alguien que va a vivir aferrado a las piernas de su hembra como lo hizo otrora con las de su madre, nosotros llevaremos, en lo sucesivo, todas las de perder. Para volver a la aproximación didáctica de antes, un hombre normal llega a su casa a las 7 de la mañana, borracho: problemas en su horizonte; yo llego a mi casa a las 7 de la mañana, borracho y con la ropa llena de sangre: alerta meteorológico en el mío; pero, justo esa misma noche, Ale llegó a su casa a las 21, con un esguince de tobillo tras jugar un partido de fútbol con sus amigos, y llamó de inmediato a su novia para que lo fuese a cuidar: ¡apocalipsis now para mí! El siguiente caso, ante el cual cabe consignar que Ale había perdido hacía poco a su madre y estaba viviendo circunstancialmente solo (aunque ya tenía en trámite la pronta convivencia con su novia), es verídico; por favor, repito y remarco, verídico, no simplemente basado en hechos reales, VERÍDICO, esto sucedió de verdad:

Llamado telefónico 3.
Ale: –Hola, amor, me siento mal.
Novia: –Pero ¿qué te pasa, qué tenés?
Ale: –No sé, me duele la cabeza.
Novia: –¿Y tomaste algo?
Ale: –No, no sé qué tomar. Vení.
Novia: –Pero son las 21 de la noche, tengo media hora de viaje hasta tu casa. Tomate una aspirina a ver si se te pasa.
Ale: –Pero no sé qué tomar, todavía no comí, mejor vení y llamá al médico.
Novia: –Bueno, esperame, ahí voy.

Ok, cincuenta años atrás hubiese sido quizás un buen recurso para fifar esa noche, pero hoy día no hace falta semejante puesta en escena: al pibe le dolía la cabeza de verdad. Intentemos equiparar ahora la situación precedente con la que sigue:

Llamado telefónico 4.
Ex: –Hola, ¿cómo estás? ¿Comiste?
Yo: –¡No sé, qué sé yo, no molestes, mirá la boludez que me preguntás!

Cualquiera podrá reconstruir por sí mismo el juego de contrastes entre Ale y yo que a continuación cobra forma en la cabeza de mi ex, de modo que no será menester insistir en ulteriores consideraciones sobre el particular. Así pues, en toda discusión, en toda pelea, en toda lucha de poder y de espacios, el mágico vocablo "Ale", asumiendo la forma de un insistente e infaltable estribillo que resuena cada tres o cuatro frases, es una carta decisiva y triunfal que se esgrime con firme pulso y con desafiante mirada, cual sacralizado elíxir retórico que zanja todas las disputas y altercados. Ale esto, Ale aquello, pero cómo Ale, pero si los amigos de Ale, oh, eterno, eterno Ale. Nada somos nosotros, las basuras inhumanas, los sulfurosos parias luciferinos, al lado de Ale, el novio perfecto de sonrisa siempre rutilante, el sueño dorado de toda mujer más o menos pepona. Todas nuestras sólidas razones se desmoronan como castillos de arena bajo la poderosa e inclemente ola de esa presencia faraónica, de esa inmaculada moral totémica, de ese espantoso manitú de cuyas fauces brota un inapelable torbellino de normas, de esa estampida de valores humanos que pasan aullando sobre nuestras flageladas espaldas y nos arrojan a los perennes fuegos de castigo del infierno creado por esa inmortal deidad ética llamada Ale, deidad que, erigiéndose como un nuevo paradigma legislativo, es desde entonces para siempre adorada, por las unificadas naciones del mundo, en un excelso altar ornado por la maternal presencia de faldas consagradas ante el cual todas las madres del universo se apresuran a depositar, de rodillas, la humilde ofrenda de sus mejores milanesas caseras.

Concluyendo: nunca el hombre libre debe ponerse de novio con una mujer que tenga un cuñado, hermano, amigo, o lo que fuere, mamero, sacro e indiscutible punto de comparación ante el cual el desdichado perderá siempre para quedar así marcado por el peor de los estigmas, un indeleble 666 que lo acompañará por el resto de sus días. Son los mameros los culpables de todas nuestras infaustas desgracias, y es imperioso iniciar un boicot universal a efectos de impedir que los diversos integrantes de esta poderosísima secta que detectemos pululando por nuestros barrios logren ponerse de novios, pues, allí donde hay un mamero en pareja, allí hay un hombre que, como concuñado suyo, debe soportar estoicamente, de parte de su insufrible novia, los planteos más descabellados y pelotudos.

Y séame lícito, para cerrar entre trompetas y clarines de guerra este aleccionador ensayo, despedirme con una última reflexión que ruego sea inmortalizada en los corazones de todos los hombres: para que una mujer te hinche mucho las pelotas, es condición sine qua non que las tengas. Hasta en eso el concuñado mamero, mi triunfante archinémesis, se la lleva de arriba...

Dime cómo te calzas...

Así es como te quería ver, ojota: enfrentando al fin el severo tribunal de mis inapelables juicios estéticos. Todos los magistrados de oriente y occidente te dejarán sin duda en libertad, para que fatigues a gusto tus suelas sobre el negro asfalto de las ciudades y sobre las blancas arenas de las playas, pero ahora compareces ante mí, y no es misericordia lo que puedes esperar de mi insobornable mirada.

En efecto, advierto que los calores descienden una vez más, como suelen hacerlo con sorprendente regularidad todos los años, a la funesta metrópolis que me tiene por involuntario habitante, preanunciando así los infaustos climas estivales que, a todo su larguísimo séquito de nocivas calamidades y desagradables aspectos, suman el atroz hecho de traer ya tradicionalmente aparejada la súbita aparición y subsiguiente multiplicación en las calles, cual si de cucarachas en las alacenas se tratase, de ese inconcebible calzado que se suele denominar "ojota" y que obra sobre mí un efecto muy similar al que un crucifijo o una ristra de ajos produciría sobre un vampiro. A raíz de la incipiente eclosión de este singular fenómeno de la naturaleza que, según constato, empieza ya a registrarse a mi alrededor con vigor anualmente renovado, considero que va siendo hora de que alguien junte coraje y diga, de una buena vez, todo lo que hay que decir sobre las delicadas cuestiones que atañen a la problemática del calzado femenino.

Pero, antes de acometer mi osada empresa, debo apresurarme a efectuar una advertencia de rigor: todas mis consideraciones deben repercutir sobre las eventuales lectoras como anti-consejos, partiendo de la base de que mis gustos suelen ir invariablemente a contramano de los de todo el resto de la especie humana. Así, si el deseo de la mujer que se sumergirá en las líneas que estoy tramando escribir a continuación es el de seducir y conquistar a algún espécimen del animal humano en su versión masculina, hará bien calzándose con todo aquello que yo denigre y evitando puntillosamente todo aquello que yo avale. Mejor y más directo camino al éxito que ése no hay.

Principiemos nuestro presente ensayo por aquello que, a juzgar por su brevedad, será sin duda lo más fácilmente abordable: los calzados permitidos. Cuentan con mi seguro agrado y beneplácito todos los borcegos, todas las botas (salvo unas que estuvieron de moda hace un par de años, de taco efímero y con forma de tetera), todas las zapatillas de lona (salvo las Topper blancas, prohibidas entre las prohibidas), todos los tacos altos, todos los calzados romanos o griegos con cuerdas alrededor de la gamba, y también los zapatos de nena buena. Ignoro cómo se llaman estos últimos, pero se entiende cuáles son: los que usan las mujeres que, cuando van a estudiar a lo de un compañero, estudian. Una cosa así.

Sin alcanzar nunca el valor agregado que la lista precedente supone en cualquier mujer, existe una serie de calzados intrascendentes cuyo uso está avalado por mis normas y que suelen tener un largo alcance entre las distintas gamas disponibles de zapatillas y zapatos. Pero ojo: no toda zapatilla puede considerarse exenta de sobrados motivos para despertar mi ira, y, antes de adentrarme en los escabrosos terrenos de sandalias y ojotas, puedo contar tres ejemplos en los que bien vale la pena detenerse.

Por empezar, tenemos a las ya mentadas Topper blancas, eterno símbolo del rolinga y el rock chabón. Puedo afirmar, sin temor alguno a equivocarme, que, entre toda mujer que adornó alguna vez su pie con semejante dechado de mugre y yo, siempre se verificó la existencia de un mutuo e inmarcesible odio a primera vista. Se ignora el por qué, pero una Topper blanca es garantía absoluta de que entre su portadora y yo no habrá de existir jamás pensamiento en común alguno. En mi adolescencia efectué un solemne juramento, de carácter vinculante, según el cual jamás hablaría a mujeres que estuviesen en ojotas o en Topper blancas: hoy, unos tres quinquenios más tarde, me es posible decir, con orgullo, que nunca falté a mi palabra.

Mi lista negra, lejos de terminar ahí, se vio ampliada hace no mucho con las singulares zapatillas de boxeadora, que hicieron furor hace unos pocos años y que aún pueden verse como raros hallazgos en aquellas mujeres que, vaya uno a saber a raíz de qué vicisitudes económicas o laborales, no tuvieron ocasión de renovar obedientemente sus armarios según las subsiguientes modas semestrales que pasaron de aquel tiempo a esta parte. Ok, admito que las zapatillas de boxeadora no son tan feas, pero el hecho de que todas las mujeres se las hayan salido a comprar al unísono me da la pauta inconfundible de que ninguna de esas hembras cuenta con una cuota estimable de actitud y personalidad. Y una mujer sin actitud ni personalidad, una mujer sumisa ante los imperiosos mandatos de la dictadura estética de esta sociedad, es una pérdida de tiempo para mí. Como yo para ella.

Para cerrar de una vez el rubro zapatillesco (iba a poner "zapatilleril", pero... ¡basta de inventar neologismos terminados en "eril"!), dejo, como frutilla de la torta, a la monstruosidad de monstruosidades por excelencia, la aberración andante, el eslabón perdido entre la zapatilla y la ojota: me refiero a las ya insoslayables zapatillas ninja, las cuales se ven regidas por los mismos odiosos principios que la ojota de dejar el dedo gordo separado del resto de sus compañeros en un compartimento o cabina especial hecho para su exclusivo uso. Yo no sé quién pudo ser el enfermo que, tras observar durante horas el pie de un chimpancé, tuvo la brillante idea de confeccionar un calzado que nos hiciese retroceder unos cuantos millones de años de evolución física, pero lo que se me hace asombroso y escalofriante es que su imperdonable invento haya tenido inmejorable y ubicua prédica entre las moradoras de las ciudades. ¿Qué hay que tener en la cabeza para entrar a una zapatería y acceder, no ya a comprar, pero siquiera a probarse, ya sea por voluntad propia o por voluntad impuesta, una zapatilla que trae el dedo gordo escindido mediante una ranura que se adentra decididamente en el frente del calzado? ¿Acaso estiman la conveniencia de que les resulte posible satisfacer, en algún momento futuro, la necesidad de agarrar un lápiz o un cigarrillo con el pie? No lo sé, pero la Crítica del juicio de Kant debería ser escrita de vuelta desde cero. Y lo peor de todo es que, para realzar al máximo toda la gloria de la inigualable belleza del paisaje urbano, este deleznable calzado suele verse acompañado por ese aborrecible pantalón que nace ajustado en los tobillos y que, a medida que uno levanta la vista, se va transformando en una gigantesca bolsa de clavos. ¿Qué más les falta ponerse a estas mujeres? ¿Hay tipos capaces de salir con ellas? No quiero que me tilden de frívolo, pero es que... uno habla mucho de sí mismo con su vestimenta. La mujer capaz de pasearse despreocupadamente por el mundo llevando no sólo zapatillas ninja, sino además pantalón de clavos, manifiesta a las claras que su cerebro detenta unos juicios estéticos, morales y filosóficos diametralmente opuestos a los míos. Vade retro.

Y cabe consignar que, así como la moda es un virus contagioso que se propaga inexplicablemente de mujer en mujer, exceptuando sólo a aquellas que tienen un sistema inmunológico intelectual bastante fuerte, también este dedo gordo en el exilio se fue propagando, como una letal cepa virósica, de calzado en calzado, pervirtiendo en poco tiempo, con su hórrida morfología, toda clase de modelos de zapatillas y zapatos otrora saludables y sanos. Hoy día, nadie es capaz de decir con certeza en qué modelo se inició todo.

Como anexo, haré mención sucinta, ya adentrándome en el rubro zapatos, de la inconveniencia de esos estiletos tipo bruja con la punta excesivamente aguzada y punzante. No es que sean del todo feos; es simplemente que son un tanto agresivos. Discutir con una mujer calzada con semejantes puñales es, por lo menos, peligroso; te llegan a clavar eso de una patada en un testículo, no te lo sacás nunca más. Hubo muertos ya; o, como diría un imaginativo periodista de manual, "se registraron víctimas fatales".

Llegamos, ahora sí, a la indiscutible reina del mal gusto: la ojota sempiterna. Aunque nunca fue ni será mi costumbre, no reniego de que la gente use, por comodidad o lo que fuere, ojotas dentro de los confines de sus moradas o, ya bien, en las playas, las piletas y todos esos centros turísticos que no planeo pisar jamás en mi vida. El problema comienza cuando, movido por cuestiones impostergables, salgo a recorrer el dédalo urbano durante las agobiantes jornadas del estío y asisto con estupor, en las calles, el colectivo, el tren y donde quiera, al lacerante espectáculo de marejadas enteras de féminas adoptando, en plena metrópolis, un atuendo más propio de la costa que de otra parte. Creo que cualquier persona estará innatamente capacitada para deducir la diferencia que existe entre la arena y la mugre; y, si alguien aún no lo advirtió, le sugiero que observe, con atónitos ojos, deteniéndose por un instante en la estela de una rauda muchacha que se aleja, los talones de la joven a medida que éstos se levantan del suelo y asoman sus visibles superficies, por turnos regulares, para dar el siguiente paso: ya me dirá lo que le parece la sorprendente negritud de lo que ve. Tener el pie en constante contacto con puchos, materia fecal canina, agua de alcantarilla, e infinidad de agentes patógenos, es digno de la proscripción inmediata de cualquier lecho. ¿A qué inopia intelectual obedecerá la masividad de este funesto hábito de transitar algo tan serio, trágico e importante como la vida en ojotas? ¿Y por qué será que las mujeres que optan por llevar semejante adminículo en los pies, a fin de recolectar en sus plantas toda la mugre de la existencia, desdeñan ponerse también, ya que están, una pluma en la cabeza? Lo ignoro, pero más furia me generan aquellos individuos inflamados de facundia comprada que, arrastrando con sus pasos unas horrendas ojotas de rutilante bandera brasileña, levantan el dedo de la mano y se ponen a clamar contra los supuestos daños que Videla o Menem y sus respectivos ministros de economía le hicieron, allá lejos y hace tiempo, a la siempre minusválida industria nacional. La ojota no sólo es espantosa por su simiesco mecanismo o sistema de agarre, que genera la ilusión de que el pie es en realidad una especie de mano (las zapatillas se llevan puestas, pero las ojotas se llevan agarradas), sino, además, por el horrísono ruido a chancleteo que producen sus suelas al repercutir contra los talones. No tengo dudas de que, si hubiesen sabido que se trataba de un bien no renovable, los chinos habrían diseñado su célebre tortura no con una gota de agua, sino con una mujer en havaianas caminando interminablemente junto al oído de la víctima. Como sea, sólo existe en el mundo una cosa peor que una mujer en ojotas: un hombre en ojotas.

Y ya que he mencionado este tema, y dado que últimamente este blog está algo abandonado y deseo, por consiguiente, que cada estrofa sea un verdadero lujo de riquezas inagotables, expondré brevemente unos prolegómenos a la dramática cuestión del calzado masculino. Las ojotas y las sandalias deberían estar hace rato prohibidas por ley, y su uso penado con cárcel efectiva. Las estrafalarias zapatillas con resorteras, siempre presentes en las pobres víctimas del sistema, deberían ser asimismo abolidas en todas las fábricas de calzado de la nación. Y no puedo dejar de mencionar también, como algo impropio de un hombre racionalmente sano, a todo el rico surtido de zapatillas que tienen muy prolongada hacia atrás la suela de goma, lo cual genera una especie de ángulo agudo, en vez de recto, a espaldas del portador. Cuanto más agudo el ángulo, peor. De gurí solía cargar, de manera inclemente, a mis compañeros que las usaban asegurándoles que se trataba de zapatillas para mogólicos. Y algo de razón tenía: usar un calzado con tanto sostén hacia atrás, como si corrieras peligro de caerte de espaldas, es equivalente a andar en bicicleta con rueditas. No da, nene, no da...

En fin, estoy satisfecho: con este post sí que haré, al fin, muchos amigos.

La tragedia de los chicos malos

No sé si el afiche de Gamorsa tendrá algo que ver con lo que planeo redactar a continuación, pero sé que se trata de un incunable en cuya infructuosa búsqueda todos los verdaderos coleccionistas de arte se afanan desde hace años, de modo que es mi deber compartirlo con la humanidad.

Gamorsa aparte, instauro esta nueva saga del blog, que Cristina denominaría "Comments reloaded", porque muchas veces, al comentar blogs ajenos, encuentro que las ideas que acuden a mis lóbulos cerebrales a raíz de esas entradas se tornan demasiadas como para poder exponerlas cabalmente en esos blogs sin correr el riesgo de usurpar el espacio a sus propios dueños, que verían con azoro cómo uno de sus comentaristas escribe más que ellos mismos.

Así pues, es menester que me expida aquí a gusto sobre la extendida problemática expuesta por el señor Polzúnkov en una de sus recientes entradas, en la cual desgrana los diversos avatares de las penurias a las que los "chicos buenos" están condenados al interesarse por mujeres que, atraídas por algún "chico malo", los relegan irrevocablemente al triste rol de amigos confidentes, condenados a mitigar sus ardores amorosos mientras escuchan de boca o msn de su amada, con paciencia, las insufribles relaciones de los diversos vejámenes a los que el chico malo de turno las somete con diestra mano.

Aclararé, ante todo, que soy un chico bueno, pero con la particularidad de que hago casi siempre el mal. Esta singular característica, sumada a mi facilidad para sondear extremos opuestos nada más que para jugar un rato, me permite ampliar mi visión al panorama completo de la situación descripta y poder conocer, así, en carne propia, la versión de sendas campanas. De modo que es la ineludible tarea de mi siempre proba honestidad intelectual dar a conocer ya mismo al mundo, que lo ignora, las amargas penurias de los chicos malos, las crudas tragedias de estos anti-héroes que, a un tiempo detestados y admirados por los chicos buenos, cargan con una cruz propia cuya verdadera magnitud nadie atina a percibir y mensurar.


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La tragedia de los chicos malos

Ha de saberse, ante todo, que hay dos clases de chicos malos: los que piensan con los testículos en lugar de con la cabeza, y los que han descubierto que a las mujeres, aunque se rompan la garganta gritando lo contrario, les gustan más los chicos que piensan con los testículos en lugar de con la cabeza, de modo que ponen a menudo su cerebro en modo off y alcanzan así, adrede, la codiciada condición de malos a fin de potenciar su coeficiente de levante. Entiéndase que, a efectos de tratar este tema, estoy usando el término "chicos malos" no sólo en el sentido más bien relacionado al modo que tienen éstos de vincularse con el sexo opuesto, sino que también estoy haciendo hincapié en los chicos malos de mi especie, es decir, los que se llevan mal con la ley y las normas sociales de conducta, lo cual nos introduce en la existencia de un tercer grupo de chicos malos, conformado por aquellos raros individuos que logran poner no sólo su cerebro en off sino también, al menos momentáneamente, sus hormonas. No lo hacen para levantar, sino por cuestiones artísticas y estéticas o de mero temperamento vocacional (se dirá que algunos hacen el mal para enriquecerse, pero quien quiere enriquecerse quiere poder, y quien quiere poder sólo quiere, en el fondo, usarlo como un medio para procurarse buen sexo, de modo que esta clase de sujetos sigue estando dentro de la categoría de los que piensan con sus testículos). Todo esto es de capital importancia para la acabada comprensión de la presente materia.

Ahora bien, tenemos ante nuestra lupa científica al chico malo que atraerá a la mujer normal que relegará al chico bueno al papel de amigo confidente. Y acá entra el punto de discordia: la mujer normal no quiere salir con un chico malo, sino que quiere usar al chico malo como un juguete de su poder. Para que se entienda con más claridad, la mujer normal simplemente intentará medir sus propias fuerzas poniendo a prueba su capacidad o no para transformar al chico malo en chico bueno. Ése es su juego y eso es todo lo que hay detrás de su interés por el chico malo. Dicha conducta, sin duda atávica, encuentra sentido ya en la prehistoria: la mujer cavernícola normal ansía levantarse al más intrépido y temido cazador de jabalíes, pero, una vez que el cazador cae en sus lazos, quiere transformarlo en un dócil padre de familia que garantice, por medio de un paternal cariño, la subsistencia de los cachorros cavernícolas que esta mujer habrá de darle.

¡Y esto ha llegado hasta nuestros días! Pero con una variante que es producto o resultante de los tiempos modernos: ya no hay que transformar al temible cazador sin ley ni ataduras en un dócil padre-cazador, sino al chico malo que está más allá del bien y del mal en un tierno escuchador de boludeces femeninas cotidianas pasible de ser presentado en casa y de dar envidia a las amigas. Desafío yo solo al mundo entero a que me discutan este aserto, pero les advierto que caerán en el intento: hay verdades que son más grandes que ustedes, y que no tardarían en aplastarlos.

De lo antedicho se desprende una primera conclusión matriz, cuya importancia determinará todo el resto de mi ensayo: la mujer normal no quiere al chico malo, nunca lo quiso y nunca lo querrá; simplemente toma el atractivo envase del chico malo, y aspira a demostrarse a sí misma sus tremendos poderes de hembra cazadora y redentora domesticándolo y sometiéndolo a una nueva mansedumbre en la que el chico malo finalmente morirá dejando sólo su cáscara, usurpada entonces por un sumiso chico bueno hecho a medida de la despiadada domadora. Un boludo más "para la cartera de la dama".

Nada de esto lo digo en vano: sí, me han querido domesticar, he sido acosado por los alocados devaneos de mujeres con vocación de domesticadoras, pero tal hazaña se ha manifestado totalmente imposible conmigo; no ha nacido aún la mujer capaz de tal proeza. Antes bien, yo he transformado en malas a muchas mujeres buenas. Sin embargo, pasamos aquí a otra etapa crucial del presente trabajo ensayístico: el chico malo promedio se siente atraído por mujeres normales. Ignoro cuál es la causa de esto; quizás se deba a que las mujeres normales son las lindas, o acaso tenga que ver con que muchos chicos malos sueñan, muy secretamente en su fuero interno, con ser domesticados. Detrás de sus aterradores penachos y de su armadura de guerrero, detrás del fuego que brota de sus fauces terribles, el cazador aspira a formar una familia y a proveerle alimento. ¡Para ello aprendió a cazar, qué diablos!

Entonces llegamos así al segundo fenómeno: el chico malo sale con una mujer normal que no lo comprende, que no lo quiere así como es, y que sólo aspira a domesticarlo. Y aquí comienzan sus penurias, su tragedia de vida. Atrae, pero no cautiva. Enamora, pero a mujeres que no se interesan en conocerlo de verdad, sino que lo consideran una plastilina con la cual podrán moldear su príncipe azul. ¡Pero él no nació para príncipe azul! ¡Ni siquiera nació para sapo: apenas si aprendió, de la vida, a ser villano! Así pues, solo, desolado, mortificado por la situación, el chico malo busca ayuda. Y de ese modo, mientras la mujer normal se recuesta en el chico bueno confidente para manifestarle todas las desgarradoras vicisitudes de sus primeros fracasos como domadora, el chico malo, que se siente incomprendido, termina recurriendo a una compinche también, a una mina piola que lo entienda, una loca que también quedará, a su pesar, confinada al luctuoso rango de amiga confidente: sí, me refiero a la mujer atormentada.

Se trata, por lo general, de una mujer que fue abandonada por su padre de pequeña, o que vivió alguna tragedia similar en su infancia, y que comprende, pues, mejor que ningún otra al chico malo, el cual también esconde un oscuro pasado. Pero el chico malo no sale con ella: la reserva para el papel de amiga varonera piola, o la usa meramente como compañera ocasional de lecho. Nunca algo serio. Y hace bien: la mujer atormentada es, como él, una mochila de piedras, una mina que, aterrada ante la idea de ser abandonada de vuelta, se pasa en revoluciones de mala y manda a la mierda a todo aquel que se enamore sinceramente de ella: tal es el terror que le causa la idea de cerrar los ojos y amar a un flaco de endeveras.

Digno de mención es el hecho de que, muchas veces, el hombre que sale con la mujer normal encuentra, en la manifiesta incomprensión de su pareja, una formidable excusa para entregarse a las disipaciones de una segunda vida. "Vos sí que me entendés, no como mi mujer" es el inmortal adagio de este chanta que, más que como chico malo, puede catalogarse a partir de aquí como gente de merda, toda vez que en el casino de sus funestos planes está contemplada la miseria de todos menos la suya propia, que se la pasa bomba mintiendo por igual a dos veredas: a la una, asegurándole la exclusividad de su amor, y a la otra, encandilándola con falaces señuelos sobre un siempre postergado abandono de esposa e hijos que, en teoría, será ejecutado en aras de consagrarse sólo a ella. He aquí, en resumen, un individuo que piensa con sus testículos... pero que tiene pocos.

Así pues, tenemos una pareja incompatible conformada por un chico malo y una mujer normal, y, a los costados, como muletas, la mujer atormentada y el chico bueno, amigos a la espera. El mundo está mal organizado, lo sé; a veces me pregunto cómo Dios no me consultó a mí antes de armar semejante mamarracho. Si es tan omnipresente como asegura, tendría que haber previsto que yo la iba a tener más clara que él en este asunto tan delicado. Para ser un Dios, la verdad es que muestra una conducta demasiado caprichosa y orgullosa para mi gusto: ¿tanto le cuesta pedir ayuda a un simple mortal? A diferencia de él, que, según dicen, nos pasará algún día sentencia a todos, yo no habría de juzgarlo por tal acto. Mi silencio está asegurado; ¿por qué, pues, sigues sin acudir a mí a fin de desfacer estos entuertos que son obra de tu inexperta mano creadora, oh, excelso Poder de raigambre eterna? Pero basta con esta digresión, que tengo una entrada de blog que terminar.

Veamos las consecuencias de esta cuádruple catástrofe humana cuyas dramáticas dimensiones todos estarán sin duda comenzando a atisbar. Una mujer normal, sufriendo porque el chico malo la trata, no sin razón, para el ortúzar. Un chico malo, cansado de que su novia le hinche las tarlipes con boludeces que aspiran a cambiarlo, y sintiéndose más solo cuando está con ella que cuando está encerrado en su cubil de ermitaño. Una mujer atormentada, padeciendo inenarrables crisis existenciales al ver a su amigo malo, al que ella nunca querría cambiar, perdiendo el tiempo con semejante borrega. Y un chico bueno, abrumado por el dolor de saberse enamorado con pureza de una masoquista que, en pos de una dudosa épica redentora que no tiene ni tendrá, no mira a su amigo bueno porque busca un chico bueno pero tallado en la madera de un chico malo. Esta demencial comedia de enredos, digna del intelecto más mediocre, signa así con sus negros colores las aristas de la fatídica vida de un tetraedro de desgracias.

Por si todo esto no fuera suficiente, es una clásica que la mujer normal ande llorando por todos los rincones asegurando que el chico malo no la quiere, que ella lo ama a él pero que tal amor no es correspondido: ¡insensata vanidad! ¿Cómo puede atreverse a decir que lo ama, si ni siquiera lo comprende o lo intenta comprender; si, crimen más doloso aún, aspira a cambiarlo? ¿Qué clase de insólito amor es ese? Es como decir: "Amo a Boca y deseo que su camiseta sea roja y blanca, mis colores favoritos, por los que daría la vida". Esta triste realidad sólo añade mayor peso al grotesco de esta verídica historia que, desde distintos ángulos, todos hemos conocido alguna vez; y tengo por seguro que siempre el chico malo ama más a la mujer normal de lo que ella lo ama a él, pese a que el chico malo se asegure una y otra vez a sí mismo que no la quiere y que se muere de ganas de mandarla al diablo de una vez por todas, deseo que, sin embargo, es más que sincero.

Observemos una escena típica extraída de la vida cotidiana de una de estas singulares parejas; bueno, quizás no sea típica en lo absoluto, pero era la clase de diálogo que yo mantenía unas cuatro veces al día con mi ex-novia:
Mujer normal: –No puede ser que yo... (planteo pelotudo).
Chico malo: –¡Bueno, si tanto te molesta como soy, dejame!
Mujer normal: –¡No, eso es lo que vos querés, que yo te deje!
Chico malo: –... (confusión).

Como corolario a toda la locura recién expuesta, descubrimos, tardíamente, que la vida real carece de un Molière que ponga las parejas en orden (chico malo-mujer atormentada; chico bueno-mujer normal) y que, solucionando el embrollo, haga terminar a todos los personajes en una dichosa celebración de múltiples esponsales. No: la rueda de la sinrazón sigue girando sin cesar, para infortunio de todos nosotros, contristados herederos de Ixión.



Como sea, he aquí mis consejos finales para contribuir al bienestar de la humanidad (ya les dije que soy un chico bueno, aunque reviste en las tropas del bando contrario):

Mujeres normales y chicos malos: déjense de joder, boludos, que ya están grandes.

Mujeres atormentadas: dejen de darle a la merca y de cortarse los brazos tontamente, y háganse pasar por minas normales un rato. Los niños salvajes necesitamos con urgencia una mujer normal que tenga cerebro para entendernos, y sólo ustedes pueden generar ese milagro. Quizás hasta logren lo que la mujer normal no podrá lograr jamás: redimirnos y salvarnos.

Chicos buenos (ningún chico bueno lee este blog, pero ok, el consejo sale igual): aunque lo escribí en otro contexto, relean mi post sobre el msn y memoricen mi frase sobre los amigos confidentes. Transcribo el pasaje a continuación para ahorrarles la fatiga de la búsqueda: "(Que no se acerquen nunca a mí) las mujeres que, sin que medie solicitud alguna por nuestra parte, se ponen a narrarnos el diverso abanico de vejaciones a los que las sometió el chongo de turno. [...] En estos casos, si la mujer te interesa, ridiculizala, decile que el turro estuvo flojo, inventá y adjudicate hazañas y crímenes contra el sexo opuesto muy superiores a los del tipo así la mina se enamora, ineluctablemente, de vos; si la mujer no te interesa, ¡qué hacés ahí!, ¡eyectate cuanto antes de esa conversación!".

Ahora sí, he dicho (era imposible condensar toda esta sabiduría en un solo comentario).