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La vuelta a los chinos en 80 pesos I

Mucho se ha dicho y escrito ya sobre esa indiscutible institución barrial, que a menudo asume visos de verdadera plaga, conocida como "los chinos"; tanto, que todo lo que se agregue sobre ella estará irremisiblemente condenado a ocupar un apretado sitio, usualmente de pie, en el melancólico colectivo gris de los intrascendentes y olvidables lugares comunes. Tal es la sublime razón por la cual, preso de una vesánica furia contra las restricciones limitáneas de la mente humana, me apresto, con alma aventurera y, menester es decirlo, algo embriagada por la hybris, a abordar una vez más la trilladísima cuestión, sin desconocer que mis chances de fracaso en tan alocada empresa son muy superiores a las que un simple mortal puede arrostrar sin abismarse, al hacerlo, en la inevitable perdición de su alma. Nada que no haya perdido antes, vale aclararlo.

Pero adentrémonos en esta delirante aventura acompasando un poco nuestro vuelo, para lo cual será mejor novelar la expedición, digna de una galopante trilogía épica cinematográfica, en acotados y certeros capítulos cuyas divisiones puedan dar algo de respiro a nuestras trémulas alas de cera, que ya sucumben bajo los ardientes rayos de los tubos fluorescentes del techo del supermercado.


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Capítulo 1 - Del horario de los chinos

Vamos a decirlo de manera simple y contundente: los chinos se argentinizan. Ya está hecho. Ahora vamos a desarrollarlo. Si algo ha caracterizado mi vida en estos últimos años, consagrados a vivir del crimen desorganizado, es la caprichosa e inescrutable irregularidad horaria para, haciendo inhumano acopio de fuerzas, abandonar por fin el lecho y abrir mis ojos a los rayos oblicuos de la tarde. Despertando con harta frecuencia en esas horas que siguen al mediodía, mis primeras comprobaciones edilicias del organismo que sirve de base a mi cerebro solían anunciarme que un incipiente hambre, de variable voracidad, comenzaba a gestarse velozmente en mis entrañas. Pero, tras auscultar con detenimiento las impasibles agujas de algún reloj, mi entendimiento comprendía que esa repentina voracidad que me acababa de asaltar coincidía indefectiblemente con el preciso momento en el cual todos los negocios barriales se hallaban con las persianas hoscamente bajas. Naturalmente, mis pasos se dirigían hacia alacenas y heladera, en cuyos desiertos interiores de despojados rincones se evidenciaban las estridentes consecuencias de la consuetudinaria imprevisión de mi vida, de suerte que, hambriento y sin alimento alguno en el horizonte, indecibles penurias me atormentaban hasta las 17 de la tarde, glorioso instante en el que, coronando con éxito mi prolongada vigía callejera, los almacenes tanos y gallegos entrabrían lóbregas puertas a través de las cuales, famélico, me arrojaba de palomita. Al día siguiente, empero, lejos de satisfacer mi hambre mediante acertadas medidas tomadas de antemano por una previsión madura, hija de un avisado aprendizaje basado en la experiencia, la misma atolondrada falta de planificación alimentaria me sumía, al levantarme, en esos lacerantes pozos de desesperación que eran mi pasto diario.

Pero entonces tuvo lugar el extraño portento que lo cambiaría todo: llegaron, desde nadie sabe dónde, los chinos al barrio. Venían cargando, sobre sus entusiastas hombros, la incomprensible cultura del trabajo, tan ajena a nuestras pampas como sus ojos rasgados. Inconcebiblemente, estos chinos ponían supermercados cuyas puertas ostentábanse abiertas todo el día de corrido, sin cerrar a la hora de la siesta, o sea, durante los censurables horarios de mi cotidiano despertar. Tras vencer ciertas repugnancias inherentes a mi xenofobia militante, comprendí que el eje gravitacional de mi vida acababa de modificarse por completo: los mercaderes chinos habían llegado para salvarme de los tormentos y horrores del hambre. Desde desconocidas horas de la mañana, cuando abrían entre brumosas penumbras nunca vistas por el porteño nato, hasta las 22 de la noche, sin parar ni sábados, ni domingos, ni feriados (¡ah, cuántos feriados los nativos hemos podido comer únicamente gracias a los chinos y sus inestimables mercancías!), estas loables máquinas amarillas parecían constituidas y programadas al solo efecto de proveer de sustento a millones de argentinos, pero sobre todo a aquellos que, como yo, eran bastante improvisados y poco sistemáticos a la hora de efectuar sus compras.

Mas tal estado de dicha no iba a durar para siempre. Si bien en los elevados cenáculos del universo científico aún se discuten las causas, no fue difícil para mí notar que, al mes de vivir en Argentina, los chinos, empezando a contaminarse con el aire porteño, comenzaban a cerrar a las 21 de la noche; a los dos meses, se los veía abrir menos horas durante los fines de semana; y al semestre de recibir el influjo pampeano sobre sus sentidos, ya totalmente inficionados de nuestro talante nacional, daban en cerrar, ¡ay, horror de horrores!, durante las apacibles horas de la siesta. Acudía yo, como todos los días, a hacer acopio de dudosos sustentos en los cuales saciar las desordenadas apetencias de mi irregular conducta, y hete aquí que las persianas de ese verdadero paraíso de víveres salvadores se hallaban herméticamente cerradas. ¡Mi vida se desmoronaba en un infame instante de supremo espanto! En frenética locura, comenzaba a correr al azar y sin rumbo por las calles, ciego, delirante. Pero, alabado sea Mao, tres cuadras más allá mis ojos percibían, repentinamente, unas mágicas brumas religiosas de color celeste, que se resolvían no en una imagen de la Virgen sino en unas rejas que resultaban a mis sentidos tan inconfundibles cuan amadas: unos nuevos chinos, recién llegados de las tierras asiáticas, acababan de poner un nuevo supermercado, aún respetuoso de las maratónicas jornadas laborales propias de su país de origen.

De ese modo, estos chinos-chinos pasaban a ocupar en mi agenda barrial el lugar de los antiguos chinos-argentos, y todo seguía su curso natural. Hasta que, a los seis meses, el ciclo se repetía, ocasionando una nueva migración de mis compras en busca de chinos recién llegados que permaneciesen aún ignorantes de los grandes vicios que nos engrandecen a los argentinos como raza, mieles ante las cuales sus hermanos de vanguardia ya habían sucumbido inexorablemente, pues alcanzar los recónditos secretos y misterios de la argentinidad práctica es algo que no carece de tentaciones y encanto, incluso para chinos de pura cepa. Puede decirse que el ciclo de la metamorfosis argentinizante queda completo cuando acudimos a los chinos un feriado y hallamos, con pasmo y desazón, petrificados en una confusión paralizante, que sus persianas se encuentran inexplicablemente bajas. Tendría que ser política de Estado: cuando un chino cierra un feriado, merece que se le otorgue instantáneamente la ciudadanía argentina y que se le permita votar en nuestros comicios nacionales; antes no.

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Capítulo 2 - Del interior de los chinos

Habiendo comprendido a fondo el teorema del horario de los chinos, iniciemos pues nuestra aventura partiendo hacia nuestro supermercado de cabecera, pero tomando la previsora medida de hacerlo a la hora adecuada según el eventual grado de argentinización en el que se verifiquen las costumbres laborales de sus encargados. Nos acercamos por fin a los umbrales de lo desconocido, y encontramos entonces una larga enumeración, ya sí, de odiosos lugares comunes que, sin embargo, nunca estará de más epitomar ligeramente: el color de las rejas que nos anuncia si el súper obedece a la órbita del partido comunista chino o a la de la mafia china (si bien tengo para mí que la mafia y el partido dominante son, como en tantos países, una misma cosa); las heladeras que se apagan de noche; el chino de la incomprensible uña larga; la china que está comiendo una especie de árbol; el chino que justo deja de entender el castellano cuando le debe guita a algún proveedor; el bebito chino de dos años que siempre tienen (juro que nunca vi un chino de cinco o de diez); y un larguísimo etcétera con el que alcanzaría hasta para hacer dulce de chinos. Podría desgranar varios de estos consternantes asuntos, asomándome con alma resuelta y temeraria a recónditos misterios dignos de un abordaje científico y sistemático, pero, en aras de la brevedad, me limitaré a privilegiar aquellos fenómenos que lograron captar con más fuerza mi interés especulativo.

La conseja de las heladeras apagadas, transmitida de vieja en vieja con aterrorizados acentos y entrecortados susurros, es un fenomenal mito urbano que nunca ha dejado de sorprenderme. No tanto por el hecho de constituir un mito, pues la historia bien puede ser verídica y digna de crédito, sino, al contrario, por las abominables implicaciones cuya veracidad arrojaría, como una ominosa sombra de maldita duda, sobre las tambaleantes convicciones inculcadas en nuestros inocentes entendimientos por la hipócrita ciencia occidental. Y es que, en caso de ser cierto que los chinos, para ahorrar abusivos gastos en la tarifa eléctrica, apagan las heladeras durante las horas de la noche, la correcta lectura del eventual dolo no sería "los chinos son malvados", sino, antes bien, "todos los demás son boludos".

Comprendí esto cierto atardecer de diciembre en el que, mientras observaba al azar algunas góndolas promisorias, capté con el rabillo del ojo a una madre que, parada frente a la heladera, tomaba de ella un Danonino y un yogur Ser. En un primer y apresurado momento, el hecho me pareció indignante, como es lógico: las cosas que le venden a la gente; pero, tras cavilar sobre el asunto con mayor tranquilidad, midiendo el singular evento con el sereno compás de la filosofía, arribé a la conclusión de que, si una madre y un niño comían productos procedentes de las heladeras chinas y no enfermaban, esto significaba que el verdadero mito era el de la cadena de frío, patraña inventada por el maquiavélico bipolio Edesur/Edenor para enriquecerse a costa de los supermercadistas más ingenuos. Desde entonces, mi política es que, si los chinos apagan las heladeras de noche y nosotros no caemos enfermos al consumir alimentos cuyas propiedades fueron sometidas a las arbitrarias inclemencias de constantes cambios climáticos, hacen bien: que José Carrefour se joda por salame. Además, es un ahorro de energía: los talibanes ecologistas tendrían que agradecer por ello a la sórdida avidez pecuniaria del capitalismo chino.

El otro tema en el que es mi deseo echar las anclas de mis especulaciones es el del bebito chino de dos años que hace las delicias de las vecinas que, mediante la simpatía que les arranca ese niño, logran comunicarse con sus pares chinas en el universal lenguaje de la maternidad. Puede que una china y una argentina no tengan nada en común: ni lenguaje, ni costumbres, ni objetivos, ni intereses, nada de nada, dos mundos distintos, ajenos, incomprensibles, inabordables; pero he aquí el chinito de dos años que hace su aparición, dando unos toscos primeros pasos en dirección al sector de cajas: de inmediato las sonrisas afloran en los semblantes de argentinas y chinas por igual, ciertas inflexiones boludas de la voz con la que se habla a la criatura son prontamente reconocidas con gusto por las madres antípodas, y, de ese modo, todas las circunstantes quedan, a pesar de las infranqueables barreras idiomáticas, mágicamente mancomunadas en el eterno alfabeto del amor materno. Sin pretención alguna de emitir juicios éticos o estéticos sobre las conductas ajenas, no digo que esto esté bien ni que esté mal, sino que, cada vez que el portentoso episodio se produce, tan sólo me limito a observarlo en silencio desde algún ignorado rincón, entre perplejo y azorado, meditando para mis adentros sobre el singular hecho de que los humanos de todas las razas y naciones encuentren tanta facilidad para comunicarse y tenderse lazos entre sí mientras que yo, habiéndome gastado en aprender un par de idiomas, todavía no haya podido entenderme nunca con nadie... salvo quizás con artistas y pensadores que hace siglos están muertos y olvidados, y que acaso haya sido poco menos que muertos y olvidados como vivieron entre los demás humanos y semejantes de su tiempo.


(No teman, lectores, que esta electrizante novela de aventuras continuará. Próximamente, nuevos capítulos en los que nos sumergiremos en cuestiones tan pasmosas como los productos de los chinos y las odiseas de la cola...)

Celebraciones del dolor

Es posible que gran parte de mi inmadurez encuentre su razón y secreto en mi acendrada costumbre de no celebrar jamás mi cumpleaños. Debo admitir que no es algo que me resulte demasiado difícil: no sólo nadie en el mundo me llama ni se acuerda de mí en esa fecha, sino que incluso yo mismo olvido cuándo es que cae y doy lugar a situaciones como la de ayer, en la que, habiendo sacado inadvertidamente turno para el dentista en mi propio cumpleaños, debí festejar mi natalicio con un torno en la boca.

Inciertas leyendas del pasado hablan de un niño que, abriéndose paso en este mundo con todos los visajes de la normalidad, celebraba su cumpleaños en medio de un nutrido grupo de camaradas, recibía obsequios, y hasta era beneficiado con el dudoso don de poder pedir un deseo al tiempo en que soplaba unas escasísimas velas sobre una torta de obligatorio chocolate. Pero ese dichoso niño no tardó en crecer y en volverse una suerte de monstruo que pasaba sus natalicios cada vez más solo, a medida que la muerte se iba llevando a su familia y la locura iba haciendo presa en él, hasta que no quedó ya nadie a su lado.

Poco importa: un cumpleaños no es más que la consumación de una vuelta más de la esfera terrestre en torno a la órbita solar con nosotros sobre ella, lo cual no nos añade mágicamente más conocimiento ni sabiduría ni nada que debamos celebrar, y que incluso carece de significado en aquellos que, como yo, nunca tuvieron mucho que ver con el astro luminoso. ¿Por qué debería festejar una nueva orbitación solar aquel que vive sumido en perpetuas tinieblas? Incluso, teniendo en cuenta que hay gente que opina que el feto es un ser vivo y que, por lo tanto, abortar es un crimen, tal vez nuestros cumpleaños se estén celebrando con nueve meses de atraso, en cuyo caso el zodíaco debería ser completamente abolido y repensado por jóvenes astrólogos decididos y valientes, dispuestos a destruirlo todo para volver a edificar sobre las humeantes ruinas de lo inocuo.

En resumen, a nadie, y a mí menos que a nadie, le importa si me pegué o no una vuelta más en calesita terrestre alrededor del sol. Prefiero festejar cada vez que aprendo algo nuevo, pues, dado que a veces sucede que en un año adquiero innúmeras experiencias desconocidas, y, en contraste, otro año lo paso de manera brumosa y estéril sin crecer ni mejorar en nada, está para mí probado que no todos los años miden lo mismo... y es mejor celebrar cada ocasional enriquecimiento del saber que la gris sumatoria anual de jornadas anodinas e infecundas.

Describiré, para cerrar, mi maravilloso cumpleaños de ayer. Soy alguien lento para asimilar las cosas, quizás a causa de que, como decía Nietzsche, los pozos más profundos tardan más en saber qué fue lo que cayó en ellos. Todo me lleva un proceso, un trabajo, e incluso desconfío de las naturalezas espontáneas y emotivas que ante cualquier estímulo reaccionan de inmediato: imagino que carecen de constancia. Si una mujer me tira onda, caigo en la cuenta de ello dos o tres meses después, cuando ya no la veo más. Cada duelo, cada alegría, cada cambio, cada cosa conlleva para mí un problemático e inacabable tiempo de lenta asimilación... y la anestesia del odontólogo no se cuenta entre las excepciones: siempre me hace efecto recién cuando estoy en la calle secándome las lágrimas de dolor que, con un enorme esfuerzo, logré contener dentro de mis glándulas lacrimales mientras estuve dentro de los luminosos límites del consultorio.

Aunque, si lo pienso bien, creo que no hay nada más apropiado para celebrar un cumpleaños, nada mejor para recordar el dolor de nuestro ya lejano parto, que aplicar un diabólico y zumbante torno sobre nuestros nervios indiferentes a toda anestesia: supongo que nacer debió de sentirse bastante parecido...

Impresiones matinales

Arrastro una vida sin sentido, a menudo caótica. El hecho de trabajar de manera independiente ha minado en mis hábitos todo atisbo de regularidad y disciplina, y, si bien hubo épocas en las que, conjugando obligaciones universitarias y laborales, supe levantarme todos los días religiosamente a las cinco de la mañana pese a acostarme pasada la medianoche, llevo ya un buen tiempo haciendo de mis noches un rosario de fatigas y rehuyendo luego, instintivamente, los trinos con los que las aves saludan a la aurora. Sin embargo, acontece de cuando en cuando que algún requerimiento laboral me obliga a obrar como el resto de los mortales y a, haciendo forzoso caso de las molestas reconvenciones de un ceñudo despertador que, cruzado de brazos, me insta a depedirme para siempre de cualquier horror o maravilla que mis sueños me estuviesen mostrando, abandonar, no sin renuente pesar, los envolventes señuelos de mi solitario lecho para abrir mi persiana a los salutíferos rayos del alba. Tal lo que, hace apenas unas horas, condujo a las potencias de mi mente a transitar, mientras se sacudían entre bostezos las pegajosas telarañas de la somnolencia, por derroteros que habré de exponer a continuación.


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La fragancia ignorada

Muchas han sido ya las ocasiones en las que he discutido, con mis conocidos y con cualquier individuo que a ello se prestara, sobre la existencia tangible de un fenómeno que sólo yo parezco percibir: me refiero al olor de la mañana. Las muchedumbres no dan muestras de ser capaces de advertirlo, pero la mañana tiene un aroma, un olor que le es particular y que a lo largo de toda mi vida he sido incapaz de adscribir a una procedencia determinada. No sé a qué obedece ni de dónde proviene, pero la madrugada tiene una fragancia que se hace patente en las calles, en los campos y en cualquier lugar por sobre el cual Helios conduzca su carro.

Quizás sea el olor de la vida que despierta; quizás sea el olor del sol sobre un suelo helado y entumecido por el frío de la noche; quizás sea el olor de los sueños que parten, monstruos, doncellas, príncipes azules, caídas, vuelos y números de quiniela que escapan como un vapor por las ventanas, mientras una a una se van abriendo, y que, una vez en la calle, se volatilizan como una niebla vagarosa hacia lo alto, disipándose con un grito desgarrado. O quizás sea el olor de las fábricas que comienzan a producir sus manufacturas y artículos pensados para el bienestar del hombre, pero esta hipótesis realista me entristece un poco.

Nadie sabe a ciencia cierta qué es ese olor, pero, peor aún que eso, nadie sabe ni siquiera que tal olor existe, y los más cínicos y aviesos semblantes me han asegurado una y otra vez que la fragancia matinal sobre la que a menudo diserto no es más que una quimera nacida del infatigable aleteo de mi siempre soñadora e inmadura imaginación. Y quizás tengan razón, quizás se trate de un olor subjetivo que proviene de mis legañas y de mi rostro mojado y de mi vigor menguado que va cobrando fuerzas de a poco, pero, dado que si me levanto al mediodía ni el más mínimo rastro de ese olor puede ser percibido por el intrincado método científico experimental de mis fosas nasales, siempre me será lícito preferir creer que en realidad se trata de un aroma que no cualquier olfato puede percibir, sino sólo aquellos dotados de cierta sensibilidad poética y de cierta delicadeza sensorial.

Vosotros, poetas nocturnos que os ahogáis en vuestra soledosa isla de incomprensión, vosotros que estáis tan solos en el mundo que antes de suicidaros tenéis la previsión de comprar flores para adornar vuestros propios sepulcros, decidme que esta fragancia que las brumas de la aurora derraman por las calles y los campos es real, decidme que existe, decidme que no estoy loco... o al menos, no tanto como se dice que estoy.


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Los colectivos, ataúdes de la solidaridad

El transporte público es, por antonomasia, el terreno ideal para el estudio de la condición moral del hombre. No me refiero a las peleas entre conductores apurados y pasajeros molestos, o a las ancianas, embarazadas y mujeres que en vano esperan una espectral aparición del repudiado fantasma de la caballerosidad, que no abandona mucho su sepulcro tras ser lapidado y asesinado con saña por el feminismo y la igualdad de géneros, sino al pasmoso hecho de los individuos que cambian precipitadamente de asiento (a menudo hasta dejando entrever, en sus conductas, consternantes señales de desesperado alivio) en cuanto se desocupa algún trono del egoísmo encarnado en las butacas individuales del lado izquierdo.

En aras de la brevedad, digámoslo con crudeza y sin más preámbulos: quien así obra, no está cambiando de asiento, sino manifestando rechazo hacia un alma. Muchas veces me ha tocado viajar al lado de sujetos poco afectos al aseo personal, o de niños inquietos que intentaban vanamente llamar la atención de madres ausentes y permisivas que iban enfrascadas en sus impostergables desarrollos existenciales a través del celular, o de fatigados obreros que, ocho segundos después de cada salto que los despertaba, dejaban caer nuevamente su cabeza hacia el compañero de viaje mientras el paulatino adormecimiento ganaba sus sentidos: nunca me permití cambiar de asiento y herir así, por medio del abandono físico, sus dignas almas.

Mas no es raro que hombres y mujeres de todo tipo, sobre todo si van sentados al lado mío, que no soy ni sucio, ni inquieto, ni de dormirme en medios de transporte, repentinamente se levanten de mi lado, como si yo llevara la peste, para correr presurosos hacia cualquier butaca aún caliente que se ofrezca de manera súbita ante sus ojos, dejándome lleno de dudas metafísicas sobre si será o no posible que exista una identidad espiritual entre los individuos que conforman como fenómenos espacio-temporales la representación de una misma vida que a todos nos unifica. Tras ver a alguna mujer que deja a un anciano para ir a sentarse sola en el cubículo de egoísmo aislacionista de un ascéptico asiento individual en el que, sin embargo, antes que ella estuvo sentado otro anciano, arduo me resulta concebir que aún haya hombres capaces de dar crédito a los devaneos de Rousseau sobre el buen salvaje, fabuloso ser de la mitología moderna, o de creer que los ideales comunistas son doctrinas factibles de ser aplicadas alguna vez con éxito y sin muerte y opresión en el mundo de los hombres.

Como sea, una sola cosa quiero agregar para terminar esta crónica de mediodía, tras una mañana en la que literalicé casi todo lo que vi para olvidarlo ahora que deseo escribirlo: almas urbanas que conocéis demasiado bien el acerbo sabor de las amargas raíces del rechazo, vosotras que habéis sido abandonadas más de una vez por vuestros circunstanciales compañeros de asiento, ya sea en la sección doble, en el cubículo de sendos pares de asientos bifrontes, o en la entre triple y quíntuple platea del fondo, desde la que amo observar el melancólico espectáculo de la indiferencia y el desamor humanos que en el resto del colectivo se ofrece a mi contristada visión: tened por seguro que jamáis seréis abandonadas por mí, que os dejaré descansar la fatiga de vuestras testas dobladas sobre mi hombro, que entretendré la soledad de vuestros hijos faltos de contención materna y de atención... y que ni la más tímida protesta dejaré escapar de mis apretados labios en cuanto, tras todos mis servicios, os levantéis con aire superado de mi lado para ir a sentaros solos, adelante de todo, con el burlón símbolo del rechazo grabado en caracteres ígneos sobre vuestras nucas silenciosas.

Objeto de fobia ajena

Durante años padecí fobia social, hasta que comprendí que en realidad era la sociedad la que tenía fobia de mí. La fobia social se diagnostica en individuos que, entre otras cosas, se sienten observados en toda acción, que tienen vergüenza al pagar preservativos y/o golosinas delante de una larguísima cola de personas serias y respetables en el autoservicio chino, que no soportan la dura prueba de tener que reunirse con la familia durante las fiestas, que tardan mucho en concentrarse para orinar en concurridos baños públicos, árboles o persianas de negocios cerrados, que manifiestan serias dificultades para llevarse bien con las personas aunque les resulte muy sencillo pelearse con todo el mundo, y que sienten pavor a tener uso de la palabra frente a un enorme auditorio, a hacer enojosos reclamos por teléfono o a encontrarse imprevistamente con algún conocido por la calle; la fobia de mí, en cambio, se diagnostica en empleadores que muestran una increíble renuencia a echarme del trabajo o a retarme cuando llego sistemáticamente tarde, en individuos que dejan siempre vacío el asiento del colectivo contiguo al mío aunque deban resignarse a viajar parados para ello, en conocidos que me eliminan del chat porque ante mí se sienten obligados a escribir bien y porque saben terminantemente prohibido el empleo de caritas, en vecinos que se entregan a las mil y un piruetas dilatorias y a las más arriesgadas y vertiginosas acciones para evitar compartir el ascensor conmigo, en interminables cadenas de psicólogos que me van derivando de unos a otros sin jamás querer hacerse cargo de semejante monstruo, en cajeras que justo se abocan a otros menesteres y dejan de atender cuando advierten que me toca a mí, y en otros millares de situaciones que se haría excesivamente largo y anodino enumerar con tan innecesaria prolijidad.

Comprendiendo que la egofobia, o fobia de mí, causaba estragos en la sociedad y, por ende, en mi propia vida, quise volverme más light y de fácil consumo a fin de que los vástagos de la fóbica estirpe humana fuesen venciendo de a poco el irracional miedo que me tenían; decidí, por consiguiente, adoptar alguna fobia también yo, para que me pudiesen considerar, finalmente, un semejante. Por supuesto, eterno enemigo de los best-sellers, no quería una fobia demasiado popular, por lo cual la claustrofobia, la agorafobia, la aracnofobia, la homofobia, la heterofobia, la fobia a elaborar pensamientos y juicios propios, y la jactanciosa fobia a tener fobias, entre muchas otras, quedaban descartadas de plano.

Empecé a monitorear mi vida con detenimiento, tratando de detectar la raíz última de mis grandes temores a efectos de poder ostentar ante la humanidad una fobia propia que me hiciese, aunque no tanto, igual a todos, pero ninguno de los miedos existenciales que me corroían desde pequeño lograba entrar en la categoría de trastorno netamente fóbico: miedo a desarrollar un tic nervioso, miedo a ser feliz, miedo a tener un hijo. Carcomido por tan desalentador panorama, salí cierto día de mi casa a fin de caminar por las calles de la ciudad y meditar un rato sobre el complicado asunto, y fue entonces cuando comprendí cuál había sido siempre mi fobia número uno, desconocida entre los hombres y entre los más eximios psicólogos, pero lacerante como pocas: la irracional pero irrefrenable fobia a dar la vuelta en la calle y regresar sobre los propios pasos... la anastrofobia.


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La anastrofobia, o fobia a pegar la vuelta

Descripción de la fobia: Un individuo abandona su hogar a fin de dirigirse quién sabe a dónde; tras caminar media cuadra, advierte súbitamente que se ha dejado, sobre la repisa, las monedas para el colectivo. El retorno a su casa, a fin de buscar el objeto olvidado, se le hace forzoso, y ahí, en ese momento, terrible y desoladora como la muerte, hace infernal acto de presencia la negra sombra de la anastrofobia: el individuo no puede dar la vuelta. Teme que los transeúntes se den cuenta de que es un idiota que olvidó las monedas en su repisa, y, por consiguiente, en vez de girar y volver sobre sus pasos sigue adelante, da una intrincadísima vuelta manzana, y regresa así a su hogar, de manera incógnita, por el lado opuesto. Esto le parece lógico. Aun cuando la calle se encuentre desierta, el individuo no puede, simplemente no puede dejar tan en evidencia que es un sujeto poco despierto, no puede dejar la impresión de que es alguien que no sabe hacia dónde va, de modo que comete una estupidez aún mayor para escapar con elegancia de la embarazosa situación.

Los psicólogos, a los cuales no me acerco porque sé que podrían ganar un renombre increíble dentro de su comunidad si escribiesen un libro sobre mi caso, cuentan a partir de ahora, gracias a esta fobia descubierta por mí y que merece llevar mi nombre, con un enorme caudal de material novedoso para el análisis y el estudio que de seguro dará que hablar dentro de los cenáculos de su acotado mundillo científico.

Cada vez que tuve una fobia, la vi como un desafío que debía superar: así fue como vencí mi fobia social, mi fobia a ser objeto de fobias y mi fobia a ponerme de novio, entre tantas otras. La fobia a volver sobre mis pasos no podía ser la excepción, de modo que, cierta tarde de agosto en la que salí de mi guarida y descubrí que había olvidado una pertenencia crucial en ella, junté todas mis fuerzas, hice acopio de toda mi presencia de ánimo, y di media vuelta. Efectué unos pasos hacia mi hogar, pero las manos me comenzaron a sudar, se me hizo un nudo en la garganta, se me resecó la boca, y el vértigo hizo presa en mí; vencido, sin poder dar un paso más en dirección al punto de partida, decidí dar otra media vuelta y seguir en la dirección original, pero, odiosa paradoja, tal acción había quedado inhabilitada para mí tras los pasos que había dado hacia mi casa, de suerte tal que me averié, ahí, en medio de la acera, comprendiendo que las dos direcciones eran ya un regreso y me estaban idénticamente vedadas. Y allí permanezco desde entonces, anclado en esa calle, con mis miembros entumecidos y atenazados, recorridos por una sudoración febril, sin poder caminar para lado alguno, una triste víctima más de la inclemente fobia a dar un súbito y brusco cambio de destino a nuestros confundidos y contradictorios pasos. ¡Ay: si tan sólo esta extraña fobia estuviese circunscripta a la calle, y no se verificara también en la delicada trascendencia de nuestras decisiones existenciales...!

De pulpos y cornetas

Gracias a Diego, acaba de finalizar para el humano una nueva edición del siempre fatigoso mundial de fútbol, dejando esta vez, como anécdota ineludible, la no tan impredecible coronación de España. Fácilmente se desprenderá en la mente del lector, a partir de la línea precedente, mi escaso interés en las lides deportivas, particularmente en lo tocante a esa pasión de multitudes, multitudes que podrían consagrar sus pasiones a mejores empresas, conocida como balompié. No siempre fue así: de niño, yo también vibraba de emoción ante cada encuentro mundialístico o frente a cada difícil parada que el caprichoso fixture deparase a los heroicos planteles de Independiente y Deportivo Riestra (me hice de Riestra durante cierta tarde de otoño en la que descubrí que se trataba del último equipo de la D, lo cual viene a probar que yo ya era un romántico desde muy pequeño, siempre pronto a simpatizar con los más débiles y con los caídos, así como con los más odiados y despreciados por la moral dominante). Pero tal cuadro de situación no iba a durar para siempre: llega un momento, tras diez años de seguir con atención las apasionantes vicisitudes de los sucesivos campeonatos, en el que uno comienza a advertir, con un asombro que no tarda demasiado en devenir preocupación, que, por más que los resultados de los partidos cambien, por más que los campeones sean distintos, por más que los jugadores muten de camiseta y las camisetas muten de jugadores, los comentarios de los partidos, las declaraciones de los protagonistas, las cargadas de los hinchas y los titulares de los diarios son siempre los mismos, año tras año, interminablemente, por los siglos de los siglos, ad maiorem Diegum gloriam.

¿Qué pasión puede sobrevivir a semejante monotonía? No la mía, al menos. De modo que, durante mi adolescencia, a la enésima vez en la que un jugador manifestó que los clásicos son un partido aparte, a la enésima vez en la que un equipo que perdió contra Platense "se atragantó con calamares", a la enésima vez en la que las monocromáticas ilusiones de los hinchas de diecinueve equipos se renovaron para sucumbir a los pocos meses ante la crudeza de los hechos consumados, comprendí que el fútbol ya no tenía mucho más para ofrecerme, y, perdidos ya todo el encanto y la magia de lesiones y córners, me aboqué por completo al arte, donde todo creador es distinto a los demás, donde a veces vale más un fracaso que un éxito, donde muchos grandes son galardonados sólo con la pobreza para morir sin conocer el triunfo, y donde, por lo general, se ven convocadas individualidades bastante más interesantes y complejas que aquellas que asumen como profesión la del periodismo deportivo.

Habiendo, pues, aclarado que los mundiales pasan ante mí como sucesos peregrinos y ajenos antes que como instancias movilizadoras, quiero dejar establecido una vez más, por si aún hiciera falta, que esta edición sudafricana de la copa del mundo ha dejado, como únicos hechos destacados y memorables ante los ojos del universo, por un lado, la definitiva consagración oracular del pulpo dotado del don de la profecía, y, por el otro, el encumbramiento final de ese sonoro instrumento de melancólico aliento al que una nueva moda periodística, estúpida como todas las anteriores, ha dado en inmortalizar con el ya imprescindible nombre de "vuvuzela". A estos dos sensacionales sucesos, dignos de la atención del artista, dedico a continuación sendos ensayos, más insidiosos que positivamente edificantes.

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El pulpo a quien Aschira y Horangel envidiaron

Mucho se ha hablado y poco se ha dicho sobre este infalible Anfiarao de los mares. Molusco cefalópodo provisto de un envidiable palacio de ventosas, este hijo de las profundidades oceánicas saltó a la fama mundial tras dar acabadas muestras de su asombrosa capacidad para vaticinar, con suficientemente documentada precisión, los resultados de todos los encuentros sometidos a su laudo, generando de ese modo el estupor en una azorada humanidad que, abrumada por el peso de la evidencia, aún tiembla ante la certeza de que en esta criatura invertebrada, que no necesita consultar los astros para hacer sus predicciones, opera una inteligencia divina. Tal vez el pulpo, como yo, vio fútbol por diez años y adquirió de ese modo el desinterés propio de quien ya conoce de antemano los desteñidos eventos que no dejarán de sorprender, pese a su predecible opacidad, hasta a los más aventurados cálculos de la poco avispada comunidad futbolera, pero prefiero inclinarme, y ruego que el lector lo haga conmigo, ante la suposición de que Apolo concedió las virtudes adivinatorias al monstruo marino como pago por algún servicio prestado en un obliterado pasado que ya nadie recuerda, si bien tampoco me parece inverosímil la idea de que se trate del mismo Proteo, que, acaso como consecuencia indeseada de algún funesto suceso, quedó atrapado en la forma de un pulpo habiendo perdido para siempre la capacidad de metamorfosearse a voluntad.

Sea como fuere, la premisa de la existencia de tan notable animal, nuevo santo patrono y musa inspiradora de los jugadores compulsivos de prode, conduce a una conclusión insoslayable: este pulpo está matando al fútbol. ¿Qué equipo puede ahora salir al campo de juego con mentalidad ganadora si el pulpo le vaticina en contra? Es posible que a Holanda y Uruguay, las naciones que perdieron los partidos decisivos, les hayan pesado más los pronósticos del primo de los calamares que el dramatismo de las difíciles instancias que los tuvieron como protagonistas. De ese modo, asumiendo el carácter de profecías auto-cumplidas, los vaticinios de este Tiresias con tentáculos obran como condicionantes en las mentes y el estado anímico de los planteles, que no pueden ya revertir, como tampoco lo pudieron los padres de Edipo, los irrevocables decretos del destino, de quien el pulpo es meramente, al parecer, un involuntario heraldo.

Quizás ahorraríamos tiempo e innecesarias emociones si el próximo mundial se disputase, en el transcurso de un sólo día, dentro de los confines de un acuario, pues ¿qué sentido tiene sacar a los equipos a la cancha una vez que el pulpo determinó quién resultará vencedor? Mas, en vistas de este futuro huero de pasiones y nervios, donde todo quedará librado a la pensativa mirada de una misteriosa figura octópoda que jugará a ser Dios en su pecera de vanidades, puede decirse que la muerte del fútbol se avecina, a no ser que medie antes la muerte o lapidación de esta temible Casandra oceánica. Poco me importa a mí este deporte, pero no puedo evitar adelantar una idea para salvar de su ocaso final a tan popular disciplina. Debe convencerse a las autoridades del acuario de que se desea conocer el futuro de la Argentina; de ese modo, se dispondrá ante el pulpo un vasto abanico de fotos de cada actor del arco político nacional: tras meditarlo unos instantes, el pulpo procederá a estrangularse a sí mismo con uno de sus tentáculos.

Sin querer extenderme en mayores apreciaciones sobre el futuro del fútbol profesional, parto hacia el oráculo del protegido de Poseidón a fin de consultarle por unos ominosos sueños que he tenido y que intuyo que sólo él, provisto de sus facultades clarividentes, podrá descifrar con acierto.

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El vuvuzelista de Hamelin

Hasta donde mi memoria es capaz de llegar, siempre manifestó la intrínseca sensibilidad de mi espíritu, mientras padecía en mi hogar los mundiales y otros eventos afines, una particular fobia hacia esas sonoras cornetas que, de tanto en tanto, se dejaban oír en la distancia elevando hacia un cielo indiferente, solitarias, todo su melancólico fervor. Jamás pude comprender qué podía llevar a alguien a adquirir ese extraño megáfono de equívocos alientos (por quién hinchan las cornetas fue, durante años, la pregunta del millón, digna de una novela de Hemingway), así como tampoco me fue dado concebir jamás cuál podía ser el estado mental o pensamiento concreto que precedía, de manera inmediata, a la aplicación del resoplido sobre la boquilla a fin de producir ese taciturno sonido aparentemente capaz de devolver el ánimo y los deseos de gloria a planteles que jugaban en la otra parte del mundo y de modificar así, con un sostenido soplido, resultados adversos.

Esquivo como siempre, el destino no me daba respuestas, y mi vida parecía ya condenada a la más estéril ignorancia sobre tan determinante asunto cuando llegaron en mi auxilio, enviados sin duda por algún dios bienhechor, enjambres enteros de periodistas deportivos que, habiendo descubierto el nombre de la corneta en su lugar de origen, temían se les quitasen sus licencias y renombres periodísticos si no incluían unas quince o veinte veces por crónica el vocablo "vuvuzela". De esta suerte, mientras me retorcía de envidia ante aquellos individuos dotados de la pasmosa capacidad de alcanzar la felicidad soplando una simple corneta, un nuevo horizonte se abría ante mí, ahora, ahora que sabía.

Intoxicado por negros textos y ocultos grimorios del más rancio capitalismo, me apresté, aprovechando la fiebre mundialista de las provincias, a desbaratar las peligrosas políticas humanitarias de los buenos gobiernos para, cambiando las necesarias alpargatas del pueblo por vuvuzelas celestes y blancas perniciosamente chauvinistas (aunque manufacturadas en China), seducir como el flautista de Hamelin a las enceguecidas masas y así conducirlas, a prístinos toques de corneta, hacia los perversos abismos de los tartáreos inframundos neoliberales. ¿Qué niño que contase con su rutilante cornetón mundialista podría jamás advertir que se encontraba descalzo o que su humilde plato carecía de pan, para algarabía de buitres capitalistas y de otras alimañas semejantes? Al poner el deporte y el negocio del fútbol al servicio de los más oscuros e inconfesables intereses, estaría haciendo algo nuevo que las naciones, azotadas por el flagelo de mi malicia, ya nunca podrían olvidar: un pueblo distraído por los sonajeros mundialistas y seducido por el canto de sirena de mi cautivante vuvuzela sería fácilmente despojado de sus bienes y derechos. El mundo conocería, de ese modo, el ejemplo de mi ira, y nadie podría jamás atinar a destruir el poderoso hechizo de los engañosos e infernales sones de mi caramillo albiceleste, despertando a las mareas humanas a tiempo mientras marchaban hacia su inminente colapso, o interrumpiendo el letal sonido de mi satánica corneta, ya que no el del agonizante clarín de Magnetto. El plan estaba listo para ser puesto en arrolladora marcha, y ya las primeras víctimas empezaban a danzar al compás de mi espantosa vuvuzela confeccionada con un siniestro hueso agujereado, cuando de pronto, abruptamente, la Argentina quedó eliminada del mundial. Archivadas las patrióticas cornetas nuevamente en sus fríos armarios, toda mi macabra estrategia de dominio y de conquista se vio barrida para siempre como por un viento de vuvuzela polar, de modo que mi vida debió volver, una vez más, a sus monótonos cauces habituales, a su viejo rosario de amarguras, a su cotidiano derrotero de derrotas sin orden y sin cuento, mientras mi caramillo entonaba un postrero y desgarrado canto de cisne bajo encapotados cielos de burla y de infinito desprecio.

Aunque el mundo lo ignore, la desconocida historia de este majestuoso instrumento de viento presenta un sinnúmero de modificaciones que condujeron, paulatinamente, a su actual y esplendoroso perfeccionamiento. Al advertirse que, como dije antes, la vuvuzela era un artefacto excesivamente aséptico, de aliento más bien imparcial, que no podía saberse nunca por cuál de los dos conjuntos hacía fuerza, confundiendo así al jugador que no atinaba a descifrar si esos inexpresivos clamores sonoros que bajaban desde las plateas se proponían arengarlo en su juego o favorecer al rival, se convocó a los más reconocidos luthieres de Sajonia para que desarrollasen dos tipos de vuvuzela, una afinada en re y otra afinada en la, estableciendo de antemano que la primera serviría a los fines de alentar al local mientras que la segunda haría lo propio con los cuadros visitantes. De ese modo, además, los mercaderes verían duplicadas sus ganancias, pues cada hincha necesitaría dos vuvuzelas a efectos de utilizar una u otra según la ocasión lo demandase. Hubo incluso quienes sugirieron la creación de una tercera vuvuzela, en fa sostenido, para que la tradicional fiesta del fútbol fuese saludada en los estadios por la alegre armonía de un acorde mayor. Pero ninguna de estas iniciativas prosperó, y los conjuntos antagónicos que miden sus fuerzas en el campo de juego siguen, por ahora, tan desorientados como siempre.

Séame lícito recordar, para poner fin a este misterio filosófico, que hace años causé un enorme revuelo y encendidas polémicas y disputas en el seno de los más renombrados conservatorios con mi célebre Concierto en si menor para vuvuzela, orquesta de cuerdas y bajo continuo, obra de carácter barroco, bastante influenciada por Tomaso Albinoni y Alessandro Scarlatti, que, pese a su poca ortodoxia y su nulo academicismo formal, más la cerrada defensa de los más aclamados y eximios vuvuzelistas del orbe, se ganó un nutrido grupo de detractores en virtud de las indisimulables limitaciones que, confiriendo a la obra una exasperante monotonía, presentaba la asaz pobre tesitura del instrumento concertista, por lo general restringida a un solo semitono.

Náufragos urbanos

Se habrá notado que, contrariando mi costumbre, esta vez he dejado, a un costado del blog, la dichosa sección de "Seguidores". ¿Por qué haría eso alguien que, en todos sus anteriores blogs, apenas si logró acceder al caprichoso milagro de contar con un solo seguidor extraviado? Porque, justamente, este blog pretende ser un canto de loa, una glorificación al consuetudinario fracaso de aquellos que no son aceptados o comprendidos por la sociedad, de modo que es menester que esa sección vacía, que denunciará a los ojos del mundo mi pertinaz carencia de lectores, permanezca allí, luciendo ante el estupor de una humanidad apiadada toda la grotesca miseria de su despojada realidad.

Pero sépase, ante todo, que no son los míos los únicos blogs del universo que carecen de lectores: sólo soy el primero que se atreve a revelarlo, con un orgullo que se asemeja más de lo debido a una histérica demencia. Y lo hago porque es hora de que alguien se glorie de ser esto que somos: náufragos urbanos, seres que, aun en medio de las urbes más populosas, permanecen como si estuviesen aislados más allá del mundo conocido en una isla desierta por cuyos brumosos bosques, bajo la noche tachonada de estrellas, el fantasma de la soledad deambula aullando.

¿Es que acaso no son nuestros blogs como mensajes arrojados al mar en botellas cibernéticas? Sí, y los lanzamos llenos de esperanza hacia las indiferentes aguas que nos circundan aún sabiendo que ese océano que nos envuelve descansa sobre una superficie plana que, a lomos de cuatro elefantes que se yerguen sobre el caparazón de una tortuga, sólo comunica, siguiendo cualquiera de los puntos cardinales conocidos por la razón humana, con unas abismales cataratas que se derraman demencial e interminablemente en el negro vacío de la nada.

Pero a no inquietarse por nuestra condición de náufragos, aun a pesar de lo muy doloroso que nos resulte advertir que no es una isla física la culpable de nuestra soledad, sino una isla intelectual de la que jamás podremos escapar, a no ser que el barco de la lobotomía rumbée algún día hacia las coordenadas de nuestras costas ignoradas: celebremos ser esto que nos ha tocado en desgracia, pues sólo las naturalezas más fuertes pueden resistir algo así. Construyamos, como Robinson Crusoes urbanos, un refugio en nuestras islas epirituales, y, ya sin miedo alguno al destino impiadoso, sigamos escribiendo como si nada blogs que nadie leerá salvo los pequeños dioses nocturnos de la desolación y la desesperanza; saquemos con orgullo perfiles de facebook que permanecerán por siempre sin amigos y cuyos cambios de estado ni la CIA se molestará en revisar; abramos cuentas de msn desprovistas de contactos e iniciemos religiosamente el programa todos los días como esperando que los muertos se comuniquen con nosotros a través de él. Sí: ¿qué puede importarnos la popularidad de los mediocres? Seamos lo que somos, y mantengámonos firmes para morir con honor.

Y ojo: no alimentemos a la psicología y a la terapia, que han descubierto en las nuevas tecnologías, mientras sus fauces dejan caer ingentes lianas salivales, la posibilidad de una nueva era de esplendor. Hace diez años hubiese resultado inaudita la idea de jóvenes que, en lugar de deprimirse por la muerte de una madre o la separación de sus progenitores, lo hiciesen al advertir su escaso nivel de aceptación en las redes sociales del universo virtual. Niños a los que nadie habla por msn mientras, a su lado, su compañero de cyber se castiga con ocho ventanas de chat abiertas a la vez; púberes que jamás resultaron etiquetados en una foto de facebook y cuyas ideas jamás fueron megusteadas ni por sus parientes más cercanos; filósofos y artistas de primer orden cuyas obras aguardan eternamente en silencio bajo las torrenciales lluvias del desdén y la indiferencia mientras los más vulgares portales sobre política y chatura creados por toscas pero combativas nulidades se saturan de visitas multitudinarias; vidas destrozadas que, pululando sin rumbo como almas en pena por el gélido cyber-espacio, no encuentran, en lugar alguno, una sepultura abierta dentro de la cual echarse a descansar por un rato: todos vosotros sois de mi gremio, y, aunque aún no contemos con personería jurídica ni reconocimiento sindical alguno, siempre podréis acudir a mí en casos extremos.

Pero no creáis que por decir esto me considero mejor o más fuerte que vosotros: por el contrario, deberíais meditar a fondo la extraña fábula que os lego a continuación.


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La zorra, las uvas y el esqueleto

Hubo una vez cierta zorra que, tras ver que los humanos que la rodeaban vivían embriagándose con dulces vinos elogiados por todos, se dejó tentar por un racimo de uvas que colgaba en lo alto de una parra. Por muchos esfuerzos que puso en ello, imposible le resultó alcanzarlo, de modo que se alejó de él manifestando no ya que ese racimo estaba verde, sino incluso que la uva era una fruta que, cosa tal vez cierta, no le gustaba en absoluto. Siguió caminando un largo trecho, aún viendo los colegios, las familias, la sociedad entera disfrutando de ese vino siempre alabado, hasta que se topó con un extraño esqueleto que, provisto de un gancho, estaba destrozando con inconcebible furia centenares de damajuanas. Admirada por ese nuevo ídolo que despreciaba tanto el vino y que odiaba a la uva como si de su peor enemigo se tratase, no tardó la zorra en ansiar volverse su discípula y en seguir a todas partes sus pasos. Mas, al advertirlo, el esqueleto la enfrentó y en un lenguaje espantoso le dijo: «No realizo estas heroicas y extremas acciones que quieres emular porque sea más poderoso que tú, sino sólo porque las uvas sociales están más lejos de mí de lo que jamás estuvieron de nadie. Algún día tú encontrarás algún racimo a tu altura, pero yo, con mis esqueléticas garras, cada vez que he querido tomar una uva la he reventado, mientras que todo vino que he bebido se ha derramado por entre mis horripilantes costillas desnudas. Sólo soy el mejor en tu mundo de valores invertidos porque la muerte me ha hecho el peor entre los hombres».