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Radiografía de un outsider IV

Contra todos los pronósticos, ha llegado por fin el extraño día, profetizado por inverosímiles ancianos druidas que conversan con cuervos y lobos, en el que los astros en lo alto, alineados tras el paso de milenios, reproducen finalmente las coordenadas de la misteriosa llave espiritual que abre los plúmbeos portales de mi memoria a efectos de dejar salir, de las fúnebres sombras de un pasado olvidado, el final de mi antiguo e inconcluso decálogo de datos radiográficos que aspiraban a crear un intervalo entre mi persona y la conciencia de cercanía que podía llegar a elucubrar, erróneamente, el desprevenido lector de estos pergaminos de hostilidad y locura. Así pues, habiendo dado a conocer, en aquellas crónicas desperdigadas a través de las anchurosas planicies de la indiferencia humana, que no uso celular, que no tengo ni miro televisión, que hace más de quince años que no me voy de vacaciones ni a la esquina, y otras significativas irrelevancias de parecida índole, es hora de retomar mi tarea y, embebiendo mi pluma en las tintas de la introspección, culminar con los dos puntos restantes de esta enérgica y ejemplar denuncia contra mí mismo, que se circunscribe, no obstante, a los límites de lo políticamente correcto (tampoco necesito que se libren órdenes de captura en mi contra).

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9. Entre las redes sociales y yo hay algo personal

Sí: admitamos que es un lugar común mostrar manifiesta animadversión hacia facebook, twitter y lo que venga después. Admitamos, también, que blogger no deja de ser algo parecido y que sin embargo lo uso. Hasta acá, lo mío no escapa de lo aceptado, intrascendente y esperable. Pero la cosa cambia cuando examinamos mis razones. No tengo ni facebook ni twitter, no sólo por las poderosas diatribas que podría tranquilamente esgrimir contra su habitual caudal de usuarios, sino sobre todo porque son dos medios cuyas prestaciones se caracterizan por una cualidad de inmediatez que va a contrapelo de la universalidad de mis ideas. Para decirlo con claridad: el filósofo callejero o pensador de las sombras tiene como misión hablar de lo inmutable, mientras que twitter y facebook son espacios para volcar lo inmediato y, por ende, perecedero.

Que alguien con ideas valiosas dé cauce a sus refinados pensamientos a través de twitter en lugar de acudir a un blog equivaldría a que Schopenhauer, en vez de libros, hubiese escrito columnas en un diario. Todo lo escrito en twitter tiene fecha de vencimiento: una semana, en el mejor de los casos. Acaso se trate de un espacio idóneo para aquellos individuos que gustan articular veloces y superficiales palabras respecto de lo cotidiano, de lo particular, de lo momentáneo, de lo candente aunque olvidable, mas no para aquellos que sólo extraen de los hechos y de los fenómenos sus aspectos universales y elaboran ideas profundas a partir de las conclusiones permanentes que el mundo temporal y fluctuante les provee. En twitter uno redacta torpemente su momentánea alegría porque un equipo grande descendió de categoría; en un blog uno inmortaliza, para los lectores del porvenir, su análisis de cómo algo tan intrascendente como un resultado deportivo puede influir en el estado anímico y emocional de rebaños enteros de sujetos que, en su infancia, cometieron la insensatez de, guiados por el azar, delegar a un club y a sus eventuales representantes la potestad sobre sus futuras desazones y alegrías personales.

El caso de facebook es mucho más monstruoso, ya que a todo esto añade un gravitante ingrediente de amistad y de intimidad que seres ariscos y antisociales como yo no pueden siquiera concebir. ¡Ay, mis concepciones estéticas sufren de sólo pensarlo! Todo mi universo se conmueve de horror desde la aparición de esa orgía de rostros y conductas gregarias llamada facebook. Es una especie de ronda de mate virtual que abarca y mancomuna a la humanidad toda. Encima hay tanta gente en el mundo. O sea, lo peor de todo es eso: uno se da cuenta de que hay mucha gente. Más y más y más y más humanos, todos con un nombre y con un apellido y con una cohorte de amigos y con un rostro; más y más y más y más, hasta que parece que nunca se van a acabar. Y pensar que ya con los pocos que había antes de facebook me alcanzaba para querer matarme...

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10. Me es taxativamente imposible usar tela de jean

Y ha sido así desde mis quince años, edad en la que arrojé sin mayores miramientos a la basura mi última prenda confeccionada con esa tela nefasta. Tal rasgo de mi personalidad no encuentra su origen en alguna irracional clase de fobia o en una inusual alergia orgánica, sino que se funda en tres variables perfectamente meditadas que pasaré a detallar de inmediato, razones de peso que me movieron a modificar mis hábitos.

En primer lugar, la variable térmica. Afecto como soy a los climas invernales, comprendí tempranamente que no podíamos coexistir un solo año más, conjugados, el verano, el pantalón de jean y yo: uno de los tres tenía que desaparecer para que mi zona sur pudiese respirar con desahogo. Estando, al menos de momento, fuera de mis facultades la capacidad de ahuyentar el estío, o de correr a piedrazos a Febo y ponerlo en fuga con dirección al hemisferio norte, mis metódicos cálculos arrojaron el inflexible resultado de que, así las cosas, quien debía partir al destierro era el insufrible pantalón vaquero. De modo que, remplazando su pesada y asfixiante tela por la más amigable ligereza de los lompas militares, pude saborear desde entonces el impagable bienestar de no volver a sentir mi región locomotriz comprimida dentro de esa extraña máquina de sudoración infernal que parece haber sido concebida en alguna mazmorra inquisitorial de la Edad Media.

En segundo lugar, encontramos la variable higiénica. Solicito al lector que, deslizando una adusta mano sobre el jean que, con escaso margen de error, adivino que tiene puesto, haga experiencia táctil de la cualidad de su tela. Así es: el jean, por más recién lavado que esté, parece sucio, como si estuviese mágicamente recubierto por una fina pero indeleble capa de perenne polvo. La tela de jean declama mugre: es parte de sus inextricables propiedades. Mi teoría es que el hilo con el cual se confecciona la tela de jean está hecho, él mismo, a partir de la pelusa que forma el polvo en nuestros hogares. Esa pelusa de polvo, cosechada de todos los pisos y rincones del orbe por escobillones industriales, y almacenada luego en depósitos gigantescos, es la materia prima con la que se hacen los jeans que enfundan a diez novenas partes de la humanidad. ¡Efímeros mortales, soy yo el que se los está diciendo! ¿Por qué nunca nadie quiere creerme? Como sea, está probado que cuatro de cada cuatro mujeres con las que salgo usan jeans, así que acaso no sea improbable que hasta yo me haya acostumbrado, a la larga, a imponer mis manos sobre esa roñosa porquería.

Y llegamos finalmente a la tercer variable, la filosófica. Se podrá aducir que la popularización del jean nació como un símbolo de rebeldía: concedido. Pero la rebeldía termina de serlo cuando se universaliza por completo. Estadísticamente, por cada persona que usa traje y corbata, hay, al día de hoy, 264 que usan jean. Puede así decirse que, a esta altura, el jean se ha consagrado indiscutiblemente como el uniforme mismo de la humanidad, detentando casi un abierto monopolio sobre el mercado de las gambas. Cuando los extraterrestres filman películas de ciencia-ficción en las que su planeta se ve invadido por belicosos y voraces terrícolas, tienen por convención cinematográfica ataviar a nuestros ejércitos hostiles no con trajes de astronauta, sino con jeans. Como contrapartida, todas las películas humanas que pintan distópicos mundos futuristas en los que una sociedad alienada y monocroma vive un ocaso de opresión, de vicio o de estupidez, coinciden en excluir por completo, de sus estrambóticas vestimentas, la tela de jean, dando a entender de ese modo, para inmenso regocijo de mi desbordante corazón, que al hombre le aguarda un espantoso y aterrador mañana en el que, al menos, no quedará vestigio alguno del antiguo reinado de esta asquerosa prenda de vestir. Así pues, te lo digo en tu propio rostro, maldito e insaciable jean, tú cuyos botones se asemejan, por su brillo, a los ojos de los tiranos, tú cuya cremallera se asemeja, por sus afilados dientes, a la diabólica sonrisa de los opresores: algún día el hombre, siguiendo mi glorioso ejemplo, se librará de ti. Así está escrito... al menos desde hoy.

Radiografía de un outsider III

Dejando ya de lado los inconvenientes sorpresivos y las urgentes novedades judiciales, es hora de volver a templar las cuerdas de nuestra lira en el viejo modo para retornar a la materia que nos venía ocupando, a saber, la confección de un decálogo que rinda testimonio siquiera de algunas entre las muchas cosas que me diferencian del hombre común o, si se prefiere, de la versión más difundida del electrodoméstico humano en su hartamente publicitado modelo masculino. Regresemos sin más, pues, a esos cenagosos terrenos de asombro que nunca debimos haber abandonado.

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7. Soy enemigo de casi todos los juegos

Debo de estar entre los únicos jóvenes del mundo que jamás instalaron un juego en sus pcs ni conocieron en persona consola de juegos alguna. Algo hay que me aparta de los señuelos lúdicos, como si existiera en mí cierto prejuicio desconocido, la vaga idea de que seguramente han de existir en alguna parte maneras más interesantes y productivas de perder el nunca renovable tiempo de nuestras vidas, tiempo que, mientras la arena siga siendo incapaz de vencer a la ley de la gravedad, pasa para siempre, para ya no regresar. Es mi deber, no obstante, admitir que de niño fui un habitué de las salas de video-juegos, pero con la particularidad de que nunca supe jugar a ninguno, salvo quizás al Street Fighter, en el que causaba murmullos de estupor entre todos los demás niños que con asombro veían que, sin saber hacer la bola ni nada, y empleando frenéticamente el botón de la patada como si no hubiese otros cinco botones más, alcanzaba yo la final, pese a mi total carencia de técnica, con insólita categoría y sencillez. A decir verdad, tampoco yo sabía, de manera positiva, cómo era que lo lograba.

Llegó luego la época en la que las rateadas del colegio se volvieron un tanto más sofisticadas, transformándose en fervorosas y dramáticas tardes consagradas a los más encarnizados duelos de pool o de ping-pong. Por supuesto que yo participaba de ambos juegos sin chistar, pero mi misión nunca era ganar, cosa imposible dada mi absoluta impericia en tan complejas materias de naturaleza práctica, sino más bien divertir un poco al resto con mis singulares payasadas de perdedor nato. Porque lo importante no es vencer, ni competir para dar lástima, sino perder haciendo reír para disimular. Memorable fue el día en el que estuve a punto de ganar una partida de pool: me faltaba embocar la bola negra en uno de los rincones, de modo que apunté serenamente con mi taco, embriagado por la ya palpable perspectiva de una consagración histórica, y, disparando, acerté a clavar la bola, con furia y sin atenuantes, en la buchaca correcta... sólo que de la siguiente mesa, en la que jugaban unos paisanos que no atinaban a dar crédito al cometa que acababa de surcar el espacio lleno de humo para desaparecer luego hundiéndose en la más distante de sus troneras. Mi adversario se negó a reconocer la validez reglamentaria de tan exitoso tiro volador.

Viajando un poco más lejos en el tiempo, hacia los mágicos e inocentes días de nuestra temprana infancia, en la que uno se desempeñaba con mayor o menor pericia en las más variadas disciplinas, como ser la mancha, la bolita o las escondidas, recuerdo que, si alguna vez existió un juego que odié con todas mis fuerzas, fue sin duda el veo-veo, horroroso invento que, exponiendo a ojos vista, ante todos los demás participantes, mi infranqueable cualidad de daltónico, daba lugar a las más enojosas confusiones cromáticas y a los más humillantes y escandalosos episodios, todos los cuales me tenían por ineludible protagonista. Me retiré del veo-veo a edad temprana, jurando que nunca más se me vería participando en las lides de tan infausto pasatiempo, y es el día de hoy, veinte años más tarde, que puedo afirmar, no sin orgullo, que he cumplido fielmente con aquel solemne juramento prestado en los bellos umbrales de mis años mozos.

Pero, como con todas las cosas, siempre hay una excepción. Si bien muy raramente la fortuna y la destreza, mancomunando sus solicitados dones, me han permitido alzarme con el laurel de la victoria ya en el ajedrez, el chin-chón, la escoba, la generala o el ludo, he mostrado una facilidad prematura, casi genial, mozartiana, para reunir en mi mente y pulimentar, con mano maestra, todas las más refinadas sutilezas y secretos del truco. Nunca fui bueno para mentir: soy de esas personas que cada vez que intentan decir una mentira inocente comienzan a reírse, dejando traslucir en sus semblantes todos los manifiestos estigmas de la más divertida falsedad, pero, a cambio, siempre tuve talento para ocultar mis pesares tras la fachada de la seguridad y la máscara del buen humor, facilidad que, traducida a un mazo de naipes, me servía para hacer creer a mis atemorizados rivales que mis cartas entrañaban todo tipo de serios riesgos para sus vidas, cuando en realidad mi puño sólo escondía un cuatro de copas, un cinco de espadas y un cuatro de bastos. Así, durante las épocas en las que concurría a diario al Palacio del Truco, es decir, al colegio secundario turno tarde, los electrizantes torneos que se desarrollaban en los fondos de las aulas, mientras en el frente ignoradas y espectrales profesoras se iban sucediendo una a otra para impartir lecciones que nadie escuchaba, solían tenerme a mí y a mi eventual compañero de fórmula como imbatibles triunfadores, coronados siempre por la gloria y para quienes las más exquisitas odas pindáricas habrían resultado insuficientes y pálidas. Mas aquellos tiempos de fuertes emociones y de néctares de victoria se han ido, y llevo ya incontables años recorriendo el mundo con mi mazo de naipes marcados sin poder encontrar, entre las masas de zombies encadenadas a sus monitores, un solo amante de la adrenalina dispuesto a convertirse por unas horas en mi desdichado adversario siquiera por una simple partida con opción a revancha.

Como sea, mi lema siempre fue y seguirá siendo: desafortunado en el juego, desafortunado en el amor, desafortunado en todo... pero entero.

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8. No sirvo para casi ninguna disciplina deportiva

Siguiendo un poco con la temática abordada en el anterior inciso, cabe señalarse que mi fortuna y mi destreza jamás fueron mejores en los terrenos del deporte que en los salones del vicio ludópata. Baste como ilustración acabada de ello un solo dato: yo he sido la prueba viviente del desacierto en que incurren todos aquellos que señalan que hay cosas que nunca se olvidan, y entre las cuales el ejemplo por antonomasia es el de andar en bicicleta. Yo (sí, yo) he olvidado cómo era que se andaba en bicicleta, perdiendo para siempre, en los clausurados recovecos de una memoria consternada, aquellos pedaleos de mi infancia que no fui capaz de reproducir en el plano físico cuando intenté revivirlos en mi edad provecta.

Por supuesto, el mundo está lleno de intelectuales, de artistas, de obesos vocacionales y de toda índole de sujetos que harán de este apartado sobre mi impericia para los deportes un dato intrascendente. Más aún, y recordando lo que opiné sobre el fútbol en una vieja entrada, sin duda habrá también hombres fanáticos de esa disciplina y que, sin embargo, se desempeñarán en ella peor que yo. Pero a lo que apunto más que nada acá es a señalar mi carencia total de ductilidad para el correcto desarrollo de todo tipo de actividad cinética: no sé jugar a ningún deporte, no sé andar en bicicleta, no sé manejar, no sé tocar bien ningún instrumento, no sé cocinarme más de cuatro o cinco invariables platos, no sé pintar, no sé cambiar el cuerito de una canilla que gotea... y apenas sé cómo puedo, en medio de tanta ignorancia, seguir vivo y obtener sustento. Digámoslo: el mundo es mucho más generoso conmigo de lo que yo jamás le voy a reconocer. O quizás sea que algunas cosas sé hacer, sólo que lo ignoro, pero, de cualquier manera, la finalidad de este blog es hacerme mala prensa, de modo que prefiero no adentrarme con paso resuelto y alma exploradora en los sórdidos laberintos de tan halagadora hipótesis.

Veamos... todas estas razones que acabo de redactar hace instantes fueron suscitadas en mi mente a raíz de que planeaba hablar sobre el deporte; volvamos, pues, al deporte, y dejemos las ramas a los pájaros. Pero ¿qué diré de mi relación con las pasiones y sudores del mundo deportivo? Salvo que esté en mis intenciones subestimar al lector, puedo concluir que ya se habrá éste formado una idea más que clara y precisa sobre lo que vendrá a continuación: ahorrémosle, entonces, la lectura, que también es tiempo, el cual a su vez es dinero, el cual no compra la felicidad pero puede alquilarla un rato... ¿y qué derecho tengo yo para privar al lector de una felicidad rentada? Demostremos, pues, nuestra buena voluntad para con los demás, y para con su felicidad y su tiempo, poniendo inmediato punto final a este innecesario inciso cuyas implicaciones ya todos habrán podido imaginar y reconstruir, sin mi ayuda, en sus propias cabezas: es éste el mayor elogio que un escritor de blogs haya tributado jamás a sus pacientes lectores.

De nada.

(Aunque cueste creerlo, estas denuncias radiográficas aún no han agotado todo su caudal de asombro y horror. Continuará...)

Radiografía de un outsider II

Continuando con la exitosísima (no será taquillera, pero sí de culto) saga de mi propia radiografía, me dispongo a seguir abrumando al eventual lector con la multiplicidad de razones por las cuales debe rever su insólita postura de considerarme un ser de su misma especie. Pero que quede claro: mis peculiaridades no deben ser tomadas como irrefutables pruebas de que soy un marginal afectivo, un inadaptado social o algo por el estilo, sino que es necesario sumar a esa válida hipótesis la posibilidad de que, así como me hacen sentir a mí en esta sociedad hecha a imagen y semejanza del mercader, el hombre promedio se sentiría tal vez en la Ciudad de los Monos del Libro de la selva de Rudyard Kipling. Sí, soy consciente de que, si la sociedad estuviese conformada exclusivamente por individuos como yo, hace rato que el hombre se habría extinguido, pero, tras tantos años sin que mi conducta encontrase en lado alguno el beneplácito de la comprensión, creo que me es más que lícita, cuanto menos, una inofensiva venganza retórica. Después de todo, ¿qué son la mayoría de nuestros blogs, y de nuestra literatura, sino una válvula de escape para resarcirnos de tantas heridas y decepciones?

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4. No miro (y ni siquiera tengo) televisión

No es esto nada del otro mundo, pero no deja de ser particular y de traslucir cierta vocación no ya de indiferencia hacia los candentes temas que ocuparán las conversaciones humanas durante todo el día, sino incluso de apego al camino propio que no hace otra cosa que aislarme más del mundo. Sin embargo, está probado que, si en vez de malgastar mi tiempo leyendo autores decimonónicos o componiendo extravagantes obras de piano, me abocase a mirar la audición de Beto Casella, mi capacidad para integrarme con facilidad a la vida social no se incrementaría un ápice.

Sí, comprendo la importancia que tiene para el normal desarrollo de la vida humana mirar el programa de Tinelli, al día siguiente mirar todos los programas que hablan sobre el programa de Tinelli, y el fin de semana mirar todos los programas que hablan sobre los programas que hablaron sobre el programa de Tinelli, pero tengo que admitir que no está en mis atributos lograr que mi vida gire en torno al conocimiento de qué figura célebre se acostó con cuál o qué famoso le entabló juicio a qué otro famoso.

No negaré que de niño y adolescente fui un gran televidente, pero en aquellos entonces la televisión versaba sobre los más dispares tópicos; hoy, en cambio, la televisión sólo se trata sobre la televisión: ha dejado de sentirse un medio para verse erróneamente como un fin en sí mismo, y eso no concita mi interés. Por supuesto que arrastro un gran bagaje cultural televisivo: todos mis actuales conocimientos espirituales y silogismos mundanos provienen en cierto modo de la pléyade de filósofos que va de Benny Hill, Aníbal el Number One y Sledge Hammer a Pipo Cipolatti, Aníbal Hugo y Seinfeld, pero el oscurantismo de una nueva Edad Media patrística ha borroneado aquellos saberes helenísticos y renacentistas de las pantallas hasta el punto de que, como un Giordano Bruno moderno, no queda ya para mí sino la herejía y el oprobio de la hoguera de aquel que ignora las creativas publicidades que están en boca de todos, y que queda en falsa escuadra si menciona como contrapunto los olvidados éxitos del pasado.

Como sea, mis únicos contactos actuales con el mundo del espectáculo se limitan a las películas y óperas que me bajo de internet, nothing else. Y en cuanto al lector, que en vez de estar mirando Rial o el discurso de Cristina se encuentra ahora meditando estas inconducentes palabras que manan de mi insana pluma: ¿qué hace?... que por favor procure no terminar como yo.

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5. Hace quince años que no salgo de vacaciones

Un eufemismo para decir que pasé toda mi vida adulta sin salir de la tenebrosa ciudad de Buenos Aires para nada. Las excepciones fueron un viaje de un día a La Plata, un viaje de una tarde a Escobar, y hace unos pocos meses sí, al fin, mi salida triunfal: dos días a la ciudad de Neuquén para finiquitar unos turbios negocios. Pero fuera de esas tres ocasiones, jamás, en quince años enteros o más, traspuse los acotados límites del conurbano bonaerense.

Por supuesto que existen razones para ello. Desde que alcancé la edad en la que, por incompatibilidad de intereses, uno deja de salir de vacaciones con su familia, jamás se me ocurrió irme solo. Cabe añadir, además, que, en vistas de que ya desde el colegio secundario era un outsider entre mis compañeros, desdeñé olímpicamente la posibilidad del viaje de egresados. Los subsiguientes avatares de mis complejas situaciones laborales, forzoso es decirlo, tampoco ayudaron mucho, y a esto hay que sumar que ciertos lugares de veraneo, como ser la costa, me están irrevocablemente vedados por la interdicción dermatológica que, bajo pena de muerte, me prohíbe de manera terminante exponer mi piel, heredera directa de los lunares que se llevaron a mi madre al otro mundo, al nocivo contacto de los rayos salores. Esto último genera en mí el raro efecto de que, dado que amo el frío, suele vérseme en los más gélidos días de invierno paseando despreocupado con una camisa arremangada, mientras que en las más abrasivas jornadas estivales se me avista enfundado en inconcebibles remeras de manga larga, lo cual ya sería tema para elaborar un nuevo punto de este decálogo radiográfico pero no será el caso.

De cualquiera manera, puedo afirmar que la costa ya me desagrada por una mera cuestión genética: ¿quién puede llamar "vacaciones" a trasladar la población completa de Buenos Aires, con todo su equipaje de envoltorios, botellas, bolsas, ruido, groserías y basura, a otro punto del país? Tal cuadro concita en mí ideas más próximas a éxodos masivos impuestos por algún Stalin entronizado en el inconsciente colectivo que a una búsqueda de descanso y sosiego vacacional. ¡Si hasta los insufribles programas televisivos se trasladan al gulag atlántico para transmitirse desde allí! Por eso, cuando en enero y febrero advierto que soy el único que se quedó acá y que tengo, como el personaje de La nube púrpura de Shiel, toda la ciudad para mí solo, comprendo que no necesito viajar para tener vacaciones, sino que me basta con esperar a que se vayan todos los demás.

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6. ¿Lo diré?... me atraen las mujeres con anteojos

Sí, así de estrambótico como suena. Algunos de mis conocidos ya están al tanto de esta asombrosa preferencia mía, y no pueden encontrarle razón alguna. A decir verdad, yo tampoco: simplemente sucede. No significa esto que me desvelen todas las mujeres que usan lentes, ni que desdeñe a todas las que no, pero digamos que las gafas suelen ayudar y volverse un punto a favor. Soy consciente de que los anteojos no son sinónimo de cultura e inteligencia, sino únicamente de miopía, pero no puedo evitar, cada tanto, sentirme extrañamente atraído visualmente por una mujer sin lograr elucidar con claridad en qué factor o cualidad de su persona reside su capacidad de seducción sobre mis sentidos... hasta que reparo en que luce anteojos: ahí está el secreto. Claro que jamás me acerco a hablarle, no sea que resulte idéntica a las mujeres que cuentan con buena visión y quede menoscabada de ese modo la magia de mis irracionales fantasías.

En mi adolescencia, estando con mis condiscípulos del secundario, a menudo acontecía que la manada comenzaba a elogiar efusivamente a alguna muchacha de prominentes curvas. Tarde como siempre, buscaba con mi vista cuál era el objeto de deseo que producía tal evacuación salival en mis algo básicos cofrades, y, tras una veloz mirada, mi comentario resultaba siempre el mismo: "No, tiene cara de mogólica". A esta cruda pero realista observación, mis compañeros me amonestaban con el consabido: "A vos no te gusta ninguna, debés ser (sic) medio rarito". Tras esto, algún osado juntaba valor y, en un acto de arrojo, partía a la conquista de la plaza fuerte; unos minutos más tarde retornaba, con el sangrante estigma del rechazo sobre su frente, y me decía: "Tenías razón: era una mogólica". Nada le contestaba, mientras mis embobados ojos permanecían clavados en alguna portadora de gafas que no era mirada por nadie en el mundo más que yo.

Nunca tuve mucha suerte con las damas de anteojos. Mi ex-novia, en rigor única novia que tuve, usaba anteojos sólo para leer, y para colmo solía inclinarse más por los lentes de contacto, tercer invento que más detesto después del teléfono y el celular. Mi teoría sobre esta cuestión es la siguiente: dado que me atraen más las mujeres inteligentes que las simpáticas o bellas, adjudico inconscientemente a las gafas unas propiedades que no garantizan intelecto, pero sí al menos la posibilidad de él, existiendo acaso la chance de que las anteojudas, poco demandadas en el universal mercado del amor, se hayan volcado en su soledad a la lectura y al acabado aceitamiento de sus aptitudes racionales e intelectivas, en paciente espera del valeroso explorador capaz de hallar algún día tales tesoros ocultos y de valorar su intrínseca belleza. Sea así o no, que las jaurías se devoren entre sí luchando por afamadas modelos y vedettes mientras yo sigo soñando, en secreto, con alguna ignota cuatrochi de aspecto inocente pero de cerebro potencialmente poderoso.

Y, valga la aclaración, no: por más que paso horas y horas frente a la pc o fatigando mi vista en viejos códices de amarillentas y carcomidas páginas, los linces siguen acudiendo a mí cada vez que extravían algún objeto de reducidas dimensiones.


(Como se podrá advertir, esto va in crescendo... y aún falta lo peor. No creo que un decálogo resulte suficiente, pero por lo pronto sigamos avanzando en mis denuncias y testimonios contra mí mismo. Continuará...)

Radiografía de un outsider I

Tras haber dejado trascender que no festejo mis cumpleaños (siquiera para no darme cuenta de que, si quisiera festejarlo, no tendría a quién corno invitar), creo conveniente interrumpir de cuajo este blog a efectos de que en lo sucesivo no se presenten confusiones de ningún tipo. Es hora de establecer de una vez para siempre, antes de seguir escribiendo, que quien está leyendo este espacio asiste a ideas emanadas de la mente de alguien a quien muy difícilmente pueda considerar un semejante.

Sin más preámbulos, pues, pasaré a detallar un simple decálogo de las cosas que el lector debe saber sobre mí antes de elucidar la conveniencia de seguir adelante o no con sus profanas lecturas de mi alienada prosa.

Será preciso dejar antes en claro, no obstante, que, pese a todo lo que me propongo detallar a continuación, no debe tomárseme como un extraterrestre o como alguien venido de otro planeta: ojalá existiese, en los oscuros confines de alguna galaxia remota, un cuerpo celeste habitado por sujetos como yo... pero algo me inclina a suponer que tal hipótesis no cuenta con grandes chances de alcanzar una satisfactoria comprobación empírica que le otorgue el deseable rango de realidad. Y si tal mundo existiese, ni loco lo habría abandonado para venir acá, a no ser que me persiguiese la policía... pero no creo que en un mundo de yos hubiese muchos policías, ni tampoco considero que este planeta pueda resultar un buen escondite para un individuo de mi catadura: la humanidad mucho no me camufla.

Pero basta ya de devaneo retórico y demos lugar, de una buena vez, a esta primer entrega de los contundentes datos que cumplirán la solemne tarea de denunciar mi inobjetable demencia o calidad de outsider a los incrédulos ojos del lector estupefacto.

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1. No festejo ni mis cumpleaños, ni las felices fiestas, ni los días de

Ya mencioné el tema de los años en la entrada anterior, y seguiré en alguna próxima, pues aún hay más que es imperioso que alguien se atreva a decir sobre tan apasionante cuestión que a todos nos toca de cerca, pero quiero ahora darme el gusto de desengañar al lector que espera ávidamente que trate a los "días de" como patrañas establecidas por astutos mercaderes que los esclarecidos desprecian y cuyas formas (saludar, regalar algo, salir, etc.) sólo el rebaño observa con sumisión: nada de lugares comunes para mí. Detesto más bien a los "días de" porque el día del amigo descubro que no tengo amigos, el día del enamorado descubro que no tengo de quién enamorarme, el día del animal descubro que no tengo mascota, y porque en la escuela primaria nos obligaban a hacer manualidades para obsequiar a nuestras madres en su día y, de más está decirlo, yo descubría que era el único niño outsider en todo el colegio que no tenía madre... y por eso era también siempre el único que se llevaba Actividades Prácticas a marzo: todas las vacaciones practicando el portarretratos con hilo sisal.

Como sea, considero más una ventaja de mi vida que una desventaja el poder vivir ajeno a los almanaques, si bien reconozco que tal forma de proceder no se halla exenta de enojosos inconvenientes. Tan es así, que, muy a menudo, recién advierto que es feriado por navidad o alguna fecha semejante cuando, al abandonar mi guarida con el objeto de comprarme algún sustento alimenticio, compruebo que, en todos los negocios no chinos de mi barrio, uno se topa con persianas irremediablemente cerradas.

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2. No tengo, ni jamás tuve, ni jamás tendré, celular

Cuando la actual generación post-80 años desaparezca de la faz del país, barrida por la inexorable escoba del tiempo que a todos nos acecha, podré darme el gusto de ser el último argentino sin celular. Siempre había considerado que el teléfono era el invento más nefasto de la historia humana, pero, cuando vi por primera vez un celular, no cabía en mi terror y en mi asombro. No es un furibundo hippismo o una declarada enemistad contra la sociedad de consumo lo que me lleva a renegar de tan innecesarias necesidades como la del celular; es más bien un secreto orgullo de hombre que desea valerse por sí mismo y hacer las cosas a la antigua: si estoy llegando tarde a algún lugar, en vez de avisar me apuro, o pido perdón al arribar demorado. La vida fácil, cómoda, no ennoblece. Un hombre que corre, un hombre que siente culpa, vale más que un hombre que se limita a ejercitar alegremente su pulgar.

Entre las innúmeras ventajas de no contar con tan sofisticado e imprescindible sonajero tecnológico se pueden mencionar: que nadie puede hallarnos ni monitorearnos jamás; que, si nadie jamás nos desea hallar o tener monitoreados, no nos enteramos (adquirir un celular y advertir que en los primeros tres meses no se recibió un solo llamado puede sumir en melancólicas reflexiones a cualquiera: más vale que la gente triste y solitaria evite en lo posible tales trampas mortales); que no nos convertiremos en un desubicado más que confunde el colectivo con un locutorio; que podemos ver nuestros alrededores y apreciar los tonos del cielo y de los árboles en vez de ir enfrascados en la impostergable imperiosidad de una estúpida pantalla; que estaremos preservando la tradicional estética evolutiva de la raza humana, que en pocas generaciones más puede empezar a venir con pulgares hiper-desarrollados; que sólo tenemos que pelearnos con la compañía y los empleados de call-center de nuestra telefonía fija; que jamás nos lo olvidamos y jamás nos lo roban; que no tenemos que perder tiempo eligiendo cuidadosamente el ringtone que deseamos que nos avergüence en público por los próximos dos o tres meses; y podría seguir enumerando ventajas durante horas pero, sepan disculparme, tengo una entrada de blog que terminar.

¿Desventajas de no tener celular? Sólo se me ocurre una: que, si los apresurados transeúntes nos ven hablando solos por la calle, concluyen que estamos locos; en cambio, si ven que vamos con un celular pegado a la oreja, aun cuando esté apagado, podemos ir a los gritos y a las risotadas, incluso cantando o puteando, que se lo toman con total naturalidad. Si algún filósofo del siglo XVIII viajase en el tiempo y asistiese con sus propios ojos al singular maremágnum de monologuistas ambulantes que nuestras actuales calles ofrecen a la mirada del consternado espectador, retrocedería con premura, lleno de espanto, a su propio tiempo, tratando de quitarse de encima a ese oscuro escritor de blogs que, tirándole insistentemente de una manga, le solicita que le permita partir con él.

Una vez encontré un celular en plena vía pública. Estaba sonando, señal de que su dueño intentaba hallarlo desesperadamente. Quise atenderlo para tener la bonhomía de facilitar a su legítimo propietario las precisas coordenadas en las que el artefacto había sido extraviado, y, repentinamente... descubrí que no sabía qué botón había que apretar para atender. Probé todos, el siete, el punto, el asterisco; nada. Me alejé de allí corriendo, pero el teléfono aún suena, imperioso, enervante, acosador, en mis más negras y espantosas pesadillas.

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3. Soy varón, tengo 32 años, y no sé ni hacer asado ni manejar

Chicos, esta ignorancia no viene sola, hay que saber cultivarla, hay que saber ganársela a base de un gran esfuerzo, un enorme tesón y una inquebrantable tenacidad. Es como si el animal humano, en su versión masculina, viniese ya programado para aprender estas tareas, de manera ineluctable, en algún momento preferentemente temprano de su vida. La mujer aprende a maquillarse para seducir al hombre, y el hombre aprende a manejar para pasarla a buscar: está en la genética de la especie; sin esos dos conocimientos básicos, la raza humana se extinguiría, es así de sencillo. El espécimen que no cumple con tales mandatos de la especie simplemente queda marginado, relegado del libre mercado de la reproducción. La naturaleza, bastante darwinista a veces, no desea que la humanidad degenere, y por eso aparta de la cadena reproductiva a los hombres que no sabrán enseñar a sus hijos a conducir: el mundo no necesita hombres de a pie, o que anden a caballo, no. Mujeres cuya belleza no requiera de afeites puede llegar a tolerar, pero ojo, tampoco el abuso: aunque sea un poco emperifolladas tienen que mostrarse ante la mirada del macho promedio, según es ley. De cualquier manera, en las regiones en las que las mujeres no son de maquillarse con esmero, el Estado legaliza el alcohol y procura emborrachar todos los fines de semana a los hombres a fin de que tan fútil detalle no revista mayor importancia. Todo sea por el sagrado fin de la supervivencia de la raza humana: al diablo con aquellos que no sepan venderse por medio de una belleza espuria o de una motorización prestada.

Pero yo prefiero rebelarme contra la naturaleza, contra los Estados y contra todo, como siempre. Bendita la mujer que no se maquilla, pues su rostro es honesto. Y bendito el hombre que no maneja, pues recorrerá grandes distancias y se conocerá a sí mismo bajo la inclemencia de los elementos.

(Este inconcebible decálogo continuará...)