El leer este blog es perjudicial para la salud. Ley No. 43.744.

Haga patria: mate a un pobre

Antes de que enjambres enteros de progres comiencen a abatirse sobre mí, erizados por el título políticamente incorrecto de este post, que tanto indigna a sus morales superiores, ah, ellos, los inapelables santos rectores del siglo XXI, debo solicitarles que lleven a cabo una meticulosa relectura de ese mismo título pero teniendo presente la noción de que me apresto a realizar, por fin, inspirado por ciertos comentarios de la anterior entrada, un concienzudo y pormenorizado estudio de ese misterioso y sacralizado brebaje que recibe, de sus devotos acólitos, la ya mítica denominación de "mate".

Dando por superfluos todo tipo de divagues preliminares, me adentraré sin más en este furioso ensayo que se promete tan esclarecedor cuan provocador de conciencias adormecidas que no dudarán un instante en abandonar su eterna siesta y abulia matera para, poniéndose de pie, insultar y maldecir sin pausa mi desconocido nombre hasta el lejano fin de todas las centurias venideras.

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Hacia una genealogía del mate

Sacando fuerzas hasta de las últimas fibras de mi temple, me veo obligado, muy a mi pesar, a acometer el doloroso desafío de narrar, desde un comienzo, toda la negra tragedia de mi vida. Arrostremos, pues, la tarea de manera expeditiva. Fui concebido por accidente; desde mi confortable butaca en el útero materno, asistí, como mudo espectador, al apresurado casamiento de mis padres; finalmente, cumplí, siguiendo a pies juntillas el universal libreto de la vida, con todo el estúpido trámite y la burocracia del nacimiento, llenando de incomprensible gozo el pecho de mis familiares. Pero entonces comenzaron mis desventuras e infortunios. Se me confinó a un nombre que yo no había elegido; al poco tiempo, se me bautizó en una religión que no era la mía; y, por último, para coronar la espantosa comedia, se sacó provecho de la debilidad de mi aún incipiente intelecto infantil y, contrariando mi voluntad y vulnerando todos mis derechos a una elección madura al respecto, se me inoculó mate. Tras semejante infancia, como para que no terminase odiando a mi familia.

Pero demorémonos en las fatales circunstancias de ese último hecho. Cierto día pude observar, aunque sin comprender todavía las razones del fenómeno, que mis familiares se hallaban en una ronda de alegres y apacibles visos, entregados al diálogo y al consumo de churros y vigilantes; repentinamente, se me llamó por mi nombre y se me dijo: "Vení, nene, probá esto". Me acerqué en silencio y obedecí. Sí: era mate. Mi destino estaba sellado: con engaños, se me había hecho entrar al sistema.

Sin oponer mayores resistencias, trataba yo de adaptarme a lo que se me decía que era el mundo. Todos soñamos, alguna vez, con tener un nombre en la vida, con llegar lejos, y el único camino para tan portentosos logros es la sumisión. Pero mi entendimiento se afanaba, en vano, por comprender el misterio del mate. Se evidenciaba a mis ojos que la sagrada infusión proporcionaba cierto gozo y placer a mis congéneres, pero todas las auscultaciones personales a dicho respecto arrojaban la invariable conclusión de que era imposible verificar en mi organismo los mismos resultados. Se traducía así, el mate, en un símbolo más de las inagotables insatisfacciones personales que me ocasionaba la idiotez de transitar por los mismos senderos que el ser humano fatigaba en multitud.

Y entonces llegó mi pubertad, gloriosa y liberadora, con todo su inconcebible séquito de noes. Si aún no la de mi cuerpo, al menos la musculatura de mi maldad se había desarrollado lo suficiente como para patear, al fin, todos los tableros, incluso aquellos en los que no estaba jugando ni pensaba jugar. Y fue así que, en un histórico acto de sana y provechosa locura, elevé un día mis rencorosos ojos al cielo y, con un contenido grito de cólera, renuncié para siempre a Dios. Y con él, al mate.

Niños, antes de precipitarse a imitar mis épicas acciones tengan en cuenta que, desde entonces, mi vida no ha sido nada fácil. La libertad tiene su precio, tan alto como el del arte: no cualquiera puede estar dispuesto a pagar su cuota inapelablemente vitalicia. Es una renuncia que trae aparejadas otras mil renuncias, muchas de ellas indeseables. Como aquel que renuncia al celular y descubre que las dificultades del levante se multiplican por mil en estos tiempos hechos a imagen y semejanza del mercader y del cobarde, el que renuncia al mate descubre que, sin querer, ha renunciado a toda camaradería y complicidad con el género humano. Tanto mejor. No es algo que nos pese demasiado a los que nacimos con pasta de exiliados, mas la circunstancia es digna del reparo de los individuos triviales. Porque una cosa es renunciar al mate viviendo en Finlandia, pero otra cosa es hacerlo cuando se trabaja en fábricas, remiserías y todos los antros que me han visto pasar como a un oscuro peregrino invernal por siempre desterrado de las cálidas rondas humanas.

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Hacia una ética del mate

Vamos a decirlo sin palos en la lengua: el mate queda refutado por el simple hecho de que su consumo se basa en un principio de succión. Punto. Esto es razón suficiente para abolirlo. El mate cocido se entiende; el mate, no. Es como revivir la succión del pecho materno, y acaso de allí derive el nombre de esta infernal pócima telúrica.

Este inefable principio de succión determina que el mate se posicione cómodo en el top five de los alimentos que más hacen poner cara de boludos a sus eventuales consumidores. Hay que hacer piquito para tomarlo. Asumir cara de mosquito, de pájaro. Y si acontece el reconocido fenómeno de la bombilla tapada, las consecuencias pueden alcanzar cotas delirantes. El mateador succiona, desesperado, transido de una indecible avidez por exprimir unas gotas más de esa agua que se le niega como a un grotesco Tántalo, mientras su rostro adquiere tonalidades emparentadas ligeramente con el escarlata, pero en vano. La OMS ha advertido sobre las secuelas de esta temeraria práctica: ojos que se hunden dentro del cráneo, dentaduras postizas que se atraviesan en el esófago, bombillas que como proyectiles se alojan en la masa encefálica, mandíbulas que se dislocan, rostros cuya musculatura se petrifica en una mueca sardónica. Según recientes e irrefutables datos estadísticos, el 74% de las muertes producidas por el mate tiene su origen en una bombilla tapada.

Otro punto que refuta al mate, como bien señalé en el comentario que aquí amplío, es la absoluta inconsecuencia de su mezquina capacidad de porte. Estudios científicos demuestran que, en promedio, cada cebada de mate proporciona al consumidor, en total, unos 4 cc de agua. Así, se necesitan aproximadamente 312 mates para beber el equivalente a una taza de café. Lo cual nos lleva a la conclusión de que el mate es una bebida propia de países de gente muy ociosa, que dedica casi todo su tiempo existencial a esperar a que la pampa fértil dé sus frutos y cosechas. El mate, con la meticulosa observación de sus ritos eleusinos primero y con la larga concatenación de cebadas sin término necesarias para satisfacer al consumidor luego, se nos revela como impensable en pueblos emprendedores y vertiginosos que se afanan por alcanzar la cima del éxito. Para decirlo sin ambages: el misterio del fracaso argentino radica en el mate. Nunca una nación de pasivos y remolones cultores del mate podrá derrotar a una vigorosa y acelerada nación de adustos bebedores de feca.

Y ésa es la ética del mate: la ética del ocio, de la espera, de la sumisión, de lo inevitable. El mate nos dice: "¿Para qué levantarse y luchar, si la muerte nos llega lo mismo?". Expresa así el mate toda la convicción de un destino implacable, ante el cual nos sentimos indefensos, desarmados. ¿Suponen que estoy delirando? Deténganse un minuto a observar cualquier grupo de sanos mateadores: ya me dirán si estoy en lo cierto o no. Escuchen sus conversaciones, tan achatadas, pasivas, resignadas. Se dice que el mate les quita el hambre; lo que no se dice muy a menudo es que lo hace también en el sentido más lato de la palabra. Quien bebe mate no aspira a la gloria.

Pero hay algunos que son peores: los que acompañan el mate con bizcochos 9 de Oro. Que no se atreva jamás a solicitar mi amistad el infame que no opte por la desprejuiciada vitalidad nietzscheana de los Don Satur. La ética de los Don Satur es la ética de la vida, brutal y sincera: casi contrarresta, por un segundo, al mate; en cambio, en los 9 de Oro, de despreciable pulcritud y sequedad, se encierra una moral estancada y falaz, auto-negacionista, fétida, corrompida, la artificialidad de una imagen remilgada que insulta la esencia misma del bizcocho de grasa, la pedantería de encumbradas pretensiones de aparentar lo que no se es. Un bizcocho que no quiere reconocerse a sí mismo como bizcocho, con toda la humilde dignidad que ello comporta, y se traviste de galleta. Si el mate es a la acción lo que la religión a la vida, el 9 de Oro es al mate lo que Tartufo a la Iglesia cristiana.

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Jaque mate

Para no alargar este ensayo hasta instancias impredecibles, considero prudente concluir aquí con sus acendradas implicaciones, si bien es aún mucho lo que guardo para decir sobre el fascinante tema de este verdadero opio de los pueblos, que debería ser objeto de profundo análisis para todo historiador y sociólogo argentino que quisiera hallar las sólidas razones de un fracaso inexplicable. Bombilla mata libro y alpargata.

En fin, mientras el humano sigue sorbiendo con gusto su mate sempiterno, profundo, inagotable, yo seguiré forcejeando un rato más con la bombilla de la vida, que sin lugar a dudas se me ha tapado: por más que tiro y tiro, hace rato que no saco nada de ella. ¿Y? Acaso sea hora de, cambiando súbitamente la dirección del aire, soplar con furia y salpicar con alevosía a todos los que se hallen cerca de mis fatídicos pasos de exilio y de sombra.

La vuelta a los chinos en 80 pesos I

Mucho se ha dicho y escrito ya sobre esa indiscutible institución barrial, que a menudo asume visos de verdadera plaga, conocida como "los chinos"; tanto, que todo lo que se agregue sobre ella estará irremisiblemente condenado a ocupar un apretado sitio, usualmente de pie, en el melancólico colectivo gris de los intrascendentes y olvidables lugares comunes. Tal es la sublime razón por la cual, preso de una vesánica furia contra las restricciones limitáneas de la mente humana, me apresto, con alma aventurera y, menester es decirlo, algo embriagada por la hybris, a abordar una vez más la trilladísima cuestión, sin desconocer que mis chances de fracaso en tan alocada empresa son muy superiores a las que un simple mortal puede arrostrar sin abismarse, al hacerlo, en la inevitable perdición de su alma. Nada que no haya perdido antes, vale aclararlo.

Pero adentrémonos en esta delirante aventura acompasando un poco nuestro vuelo, para lo cual será mejor novelar la expedición, digna de una galopante trilogía épica cinematográfica, en acotados y certeros capítulos cuyas divisiones puedan dar algo de respiro a nuestras trémulas alas de cera, que ya sucumben bajo los ardientes rayos de los tubos fluorescentes del techo del supermercado.


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Capítulo 1 - Del horario de los chinos

Vamos a decirlo de manera simple y contundente: los chinos se argentinizan. Ya está hecho. Ahora vamos a desarrollarlo. Si algo ha caracterizado mi vida en estos últimos años, consagrados a vivir del crimen desorganizado, es la caprichosa e inescrutable irregularidad horaria para, haciendo inhumano acopio de fuerzas, abandonar por fin el lecho y abrir mis ojos a los rayos oblicuos de la tarde. Despertando con harta frecuencia en esas horas que siguen al mediodía, mis primeras comprobaciones edilicias del organismo que sirve de base a mi cerebro solían anunciarme que un incipiente hambre, de variable voracidad, comenzaba a gestarse velozmente en mis entrañas. Pero, tras auscultar con detenimiento las impasibles agujas de algún reloj, mi entendimiento comprendía que esa repentina voracidad que me acababa de asaltar coincidía indefectiblemente con el preciso momento en el cual todos los negocios barriales se hallaban con las persianas hoscamente bajas. Naturalmente, mis pasos se dirigían hacia alacenas y heladera, en cuyos desiertos interiores de despojados rincones se evidenciaban las estridentes consecuencias de la consuetudinaria imprevisión de mi vida, de suerte que, hambriento y sin alimento alguno en el horizonte, indecibles penurias me atormentaban hasta las 17 de la tarde, glorioso instante en el que, coronando con éxito mi prolongada vigía callejera, los almacenes tanos y gallegos entrabrían lóbregas puertas a través de las cuales, famélico, me arrojaba de palomita. Al día siguiente, empero, lejos de satisfacer mi hambre mediante acertadas medidas tomadas de antemano por una previsión madura, hija de un avisado aprendizaje basado en la experiencia, la misma atolondrada falta de planificación alimentaria me sumía, al levantarme, en esos lacerantes pozos de desesperación que eran mi pasto diario.

Pero entonces tuvo lugar el extraño portento que lo cambiaría todo: llegaron, desde nadie sabe dónde, los chinos al barrio. Venían cargando, sobre sus entusiastas hombros, la incomprensible cultura del trabajo, tan ajena a nuestras pampas como sus ojos rasgados. Inconcebiblemente, estos chinos ponían supermercados cuyas puertas ostentábanse abiertas todo el día de corrido, sin cerrar a la hora de la siesta, o sea, durante los censurables horarios de mi cotidiano despertar. Tras vencer ciertas repugnancias inherentes a mi xenofobia militante, comprendí que el eje gravitacional de mi vida acababa de modificarse por completo: los mercaderes chinos habían llegado para salvarme de los tormentos y horrores del hambre. Desde desconocidas horas de la mañana, cuando abrían entre brumosas penumbras nunca vistas por el porteño nato, hasta las 22 de la noche, sin parar ni sábados, ni domingos, ni feriados (¡ah, cuántos feriados los nativos hemos podido comer únicamente gracias a los chinos y sus inestimables mercancías!), estas loables máquinas amarillas parecían constituidas y programadas al solo efecto de proveer de sustento a millones de argentinos, pero sobre todo a aquellos que, como yo, eran bastante improvisados y poco sistemáticos a la hora de efectuar sus compras.

Mas tal estado de dicha no iba a durar para siempre. Si bien en los elevados cenáculos del universo científico aún se discuten las causas, no fue difícil para mí notar que, al mes de vivir en Argentina, los chinos, empezando a contaminarse con el aire porteño, comenzaban a cerrar a las 21 de la noche; a los dos meses, se los veía abrir menos horas durante los fines de semana; y al semestre de recibir el influjo pampeano sobre sus sentidos, ya totalmente inficionados de nuestro talante nacional, daban en cerrar, ¡ay, horror de horrores!, durante las apacibles horas de la siesta. Acudía yo, como todos los días, a hacer acopio de dudosos sustentos en los cuales saciar las desordenadas apetencias de mi irregular conducta, y hete aquí que las persianas de ese verdadero paraíso de víveres salvadores se hallaban herméticamente cerradas. ¡Mi vida se desmoronaba en un infame instante de supremo espanto! En frenética locura, comenzaba a correr al azar y sin rumbo por las calles, ciego, delirante. Pero, alabado sea Mao, tres cuadras más allá mis ojos percibían, repentinamente, unas mágicas brumas religiosas de color celeste, que se resolvían no en una imagen de la Virgen sino en unas rejas que resultaban a mis sentidos tan inconfundibles cuan amadas: unos nuevos chinos, recién llegados de las tierras asiáticas, acababan de poner un nuevo supermercado, aún respetuoso de las maratónicas jornadas laborales propias de su país de origen.

De ese modo, estos chinos-chinos pasaban a ocupar en mi agenda barrial el lugar de los antiguos chinos-argentos, y todo seguía su curso natural. Hasta que, a los seis meses, el ciclo se repetía, ocasionando una nueva migración de mis compras en busca de chinos recién llegados que permaneciesen aún ignorantes de los grandes vicios que nos engrandecen a los argentinos como raza, mieles ante las cuales sus hermanos de vanguardia ya habían sucumbido inexorablemente, pues alcanzar los recónditos secretos y misterios de la argentinidad práctica es algo que no carece de tentaciones y encanto, incluso para chinos de pura cepa. Puede decirse que el ciclo de la metamorfosis argentinizante queda completo cuando acudimos a los chinos un feriado y hallamos, con pasmo y desazón, petrificados en una confusión paralizante, que sus persianas se encuentran inexplicablemente bajas. Tendría que ser política de Estado: cuando un chino cierra un feriado, merece que se le otorgue instantáneamente la ciudadanía argentina y que se le permita votar en nuestros comicios nacionales; antes no.

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Capítulo 2 - Del interior de los chinos

Habiendo comprendido a fondo el teorema del horario de los chinos, iniciemos pues nuestra aventura partiendo hacia nuestro supermercado de cabecera, pero tomando la previsora medida de hacerlo a la hora adecuada según el eventual grado de argentinización en el que se verifiquen las costumbres laborales de sus encargados. Nos acercamos por fin a los umbrales de lo desconocido, y encontramos entonces una larga enumeración, ya sí, de odiosos lugares comunes que, sin embargo, nunca estará de más epitomar ligeramente: el color de las rejas que nos anuncia si el súper obedece a la órbita del partido comunista chino o a la de la mafia china (si bien tengo para mí que la mafia y el partido dominante son, como en tantos países, una misma cosa); las heladeras que se apagan de noche; el chino de la incomprensible uña larga; la china que está comiendo una especie de árbol; el chino que justo deja de entender el castellano cuando le debe guita a algún proveedor; el bebito chino de dos años que siempre tienen (juro que nunca vi un chino de cinco o de diez); y un larguísimo etcétera con el que alcanzaría hasta para hacer dulce de chinos. Podría desgranar varios de estos consternantes asuntos, asomándome con alma resuelta y temeraria a recónditos misterios dignos de un abordaje científico y sistemático, pero, en aras de la brevedad, me limitaré a privilegiar aquellos fenómenos que lograron captar con más fuerza mi interés especulativo.

La conseja de las heladeras apagadas, transmitida de vieja en vieja con aterrorizados acentos y entrecortados susurros, es un fenomenal mito urbano que nunca ha dejado de sorprenderme. No tanto por el hecho de constituir un mito, pues la historia bien puede ser verídica y digna de crédito, sino, al contrario, por las abominables implicaciones cuya veracidad arrojaría, como una ominosa sombra de maldita duda, sobre las tambaleantes convicciones inculcadas en nuestros inocentes entendimientos por la hipócrita ciencia occidental. Y es que, en caso de ser cierto que los chinos, para ahorrar abusivos gastos en la tarifa eléctrica, apagan las heladeras durante las horas de la noche, la correcta lectura del eventual dolo no sería "los chinos son malvados", sino, antes bien, "todos los demás son boludos".

Comprendí esto cierto atardecer de diciembre en el que, mientras observaba al azar algunas góndolas promisorias, capté con el rabillo del ojo a una madre que, parada frente a la heladera, tomaba de ella un Danonino y un yogur Ser. En un primer y apresurado momento, el hecho me pareció indignante, como es lógico: las cosas que le venden a la gente; pero, tras cavilar sobre el asunto con mayor tranquilidad, midiendo el singular evento con el sereno compás de la filosofía, arribé a la conclusión de que, si una madre y un niño comían productos procedentes de las heladeras chinas y no enfermaban, esto significaba que el verdadero mito era el de la cadena de frío, patraña inventada por el maquiavélico bipolio Edesur/Edenor para enriquecerse a costa de los supermercadistas más ingenuos. Desde entonces, mi política es que, si los chinos apagan las heladeras de noche y nosotros no caemos enfermos al consumir alimentos cuyas propiedades fueron sometidas a las arbitrarias inclemencias de constantes cambios climáticos, hacen bien: que José Carrefour se joda por salame. Además, es un ahorro de energía: los talibanes ecologistas tendrían que agradecer por ello a la sórdida avidez pecuniaria del capitalismo chino.

El otro tema en el que es mi deseo echar las anclas de mis especulaciones es el del bebito chino de dos años que hace las delicias de las vecinas que, mediante la simpatía que les arranca ese niño, logran comunicarse con sus pares chinas en el universal lenguaje de la maternidad. Puede que una china y una argentina no tengan nada en común: ni lenguaje, ni costumbres, ni objetivos, ni intereses, nada de nada, dos mundos distintos, ajenos, incomprensibles, inabordables; pero he aquí el chinito de dos años que hace su aparición, dando unos toscos primeros pasos en dirección al sector de cajas: de inmediato las sonrisas afloran en los semblantes de argentinas y chinas por igual, ciertas inflexiones boludas de la voz con la que se habla a la criatura son prontamente reconocidas con gusto por las madres antípodas, y, de ese modo, todas las circunstantes quedan, a pesar de las infranqueables barreras idiomáticas, mágicamente mancomunadas en el eterno alfabeto del amor materno. Sin pretención alguna de emitir juicios éticos o estéticos sobre las conductas ajenas, no digo que esto esté bien ni que esté mal, sino que, cada vez que el portentoso episodio se produce, tan sólo me limito a observarlo en silencio desde algún ignorado rincón, entre perplejo y azorado, meditando para mis adentros sobre el singular hecho de que los humanos de todas las razas y naciones encuentren tanta facilidad para comunicarse y tenderse lazos entre sí mientras que yo, habiéndome gastado en aprender un par de idiomas, todavía no haya podido entenderme nunca con nadie... salvo quizás con artistas y pensadores que hace siglos están muertos y olvidados, y que acaso haya sido poco menos que muertos y olvidados como vivieron entre los demás humanos y semejantes de su tiempo.


(No teman, lectores, que esta electrizante novela de aventuras continuará. Próximamente, nuevos capítulos en los que nos sumergiremos en cuestiones tan pasmosas como los productos de los chinos y las odiseas de la cola...)

Misterios no resueltos: Cotorritas

(Advertencia: ver al final de los comentarios las exclusivas investigaciones de este blog sobre si las cotorritas pican o no y sobre cómo matar cotorritas.)


Ha llegado, finalmente, el fatídico momento de ofrecer al lector uno de los más enigmáticos misterios no resueltos de la vida, uno de los más consternantes arcanos del cosmos, una de las más inabordables dudas de la existencia humana que todavía ningún hombre de ciencia o de fe ha logrado elucidar. La marcha de la historia seguirá por los siglos de los siglos su curso inexorable, los avances tecnológicos y científicos seguirán asombrando a las generaciones, se terminarán el hambre, las guerras y las ofertas telefónicas, pero este misterio permanecerá por siempre incólume, jamás alcanzado por el esclarecimiento de la perpleja humanidad.

La irresoluble duda existencial de la que hablo me sobrevino durante una calurosa jornada estival en la que, en medio de la noche, se cortó la luz en mi barrio. Más allá de todas las válidas aunque poco originales consideraciones que este tipo de sucesos acarrean, descubrí que me sentí mucho más concernido por el trágico destino de los múltiples insectos que pululan en torno a los faroles que por el de los pegajosos humanos sudando la gota en sus hogares. En efecto: para las comúnmente llamadas "cotorritas" (si fuese un licenciado conocería su nombre científico, pero por fortuna no lo soy), esos indescriptibles chobis que se dan cita donde quiera que una bujía arda en todo su esplendor, no hay nada más triste y peligroso que tener que emprender la fatigosa y a menudo mortal tarea de emigrar hacia otro barrio a fin de encontrar un nuevo farol en torno al cual orbitar.

Pero entonces surgió la gran pregunta, el misterio no resuelto, la duda imposible ya de exorcizar, que desde esa funesta jornada me consume y me lacera con los vanos ecos de su interrogación inmisericorde: ¿dónde corno se juntaban las cotorritas y todos los demás bichos fotófilos cuando no existían ni la electricidad, ni las lámparas de aceite, ni las velas? ¿Dónde diablos esperaron durante cientos de miles de años hasta que apareció el humano y les trajo la luz? ¿A quién le hinchaban las tarlipes cuando no había pantalla de pc alguna sobre la cual ponerse a caminar? ¿Dónde conocían minitas cuando no existía el boliche callejero de no sé cuántos watts o la inmortal bombita del comedor?

Ok, se pueden ensayar algunas respuestas, pero todas me resultan insatisfactorias: la de que pasaron siglos llorando mientras, agonizando de anhelo, miraban de lejos a la inalcanzable luna llena se me antoja inverosímil aunque romántica; la de que viajaban en enjambres buscando el ojo de los volcanes en actividad o los incendios ocasionados por el rayo no se condice mucho con su naturaleza proclive a las luces más bien mansas y estáticas; la de que recorrían melancólicamente a la deriva el mundo aguardando por la llegada de Thomas Alva Edison, el mesías que, vaticinado por célebres profetas del universo de los bichos, estaba destinado a traerles la luz y la salvación es simpática pero suena muy a inventada por mí y mis raras asociaciones de ideas; y la de que vivían corriendo en pos del traste de los bichitos de luz choca contra la barrera de lo absurdo que sería perseguir una luz intermitente que nunca se sabe dónde va a reaparecer, y, peor aún, contra la de lo triste que sería abrazar la idea de que las generaciones contemporáneas de cotorritas serían apenas un aburguesado y decadente estado evolutivo de una raza de insectos que antaño debió de ser todo un ejemplo de atletismo y tenacidad.

En resumen, no acierto a imaginar qué sería de la vida de las cotorritas en los largos siglos de sempiterna oscuridad que precedieron a la aparición del animal humano, lo cual me lleva también a preguntarme qué alacenas infestarían las cucarachas, en qué colegios se alojarían y acuartelarían los piojos, de quiénes vivirían los parásitos estatales progres, y dónde, dónde moraría y se cebaría la estupidez antes de la llegada al mundo del hombre.

Preguntas sin respuesta, misterios que no he podido resolver.

El concuñado mamero

Obedeciendo a mi eterna costumbre de ser una contradicción viviente, desmiento ya mismo gran parte de lo expuesto un par de entradas atrás y sorprendo abruptamente al lector con una inesperada revelación que, a mi juicio, no es tampoco digna de hacerle mantener la boca abierta de par en par a nadie por mucho más de un minuto y medio o dos: sí, admito que, una vez, en la negra vorágine de mi ya obliterado pasado, me abandoné al demencial experimento de tomar a una mujer como novia. Los resultados, lejos de ser tan catastróficos como cabría suponerse en una superficial primer lectura del hecho, arrojaron al menos a las dársenas de mi experiencia un gran acopio de nuevo saber científico y, por sobre todas las cosas, me familiarizaron con el inigualable hallazgo de una singular criatura, poco estudiada aún por sociólogos y botánicos, que asume a menudo la forma de una verdadera patada en los huevos para cualquier hombre sano, y que ahora me apresuro a presentar por fin al universo en toda su esplendorosa magnitud: me refiero al desde hoy célebre "concuñado mamero".

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Tesis del concuñado mamero

Como diría Eli Wallach, en el mundo existen dos clases de hombres: los que fueron criados por una madre, y los que se criaron solos. Claro que hay matices, pero, como podrá ser fácilmente adivinado ya por todos, si hablamos de mi caso en particular siempre estaremos tomando como referencia únicamente los extremos de las pertinentes escalas cromáticas. Así pues, analizaremos ahora las instancias más extremas y paradigmáticas de ambos especímenes, a los cuales denominaremos, a efectos de facilitar la comprensión de este ensayo, Ale, por un lado, y Yo, por el otro.

Sujeto I - Yo: A partir del estremecedor momento en el que la Divinidad comprendió, sabiamente, que sería mejor para la sanidad mental de mi madre morirse que verme crecer, me crié, amamantado desde la aurora de la vida por la más aventurera orfandad, de manera feroz y salvaje, corriendo a mi completo albedrío por entre las pasturas del delito juvenil y los roquedales de la absoluta independencia de criterio, y sin otro freno o límite en el horizonte que los peregrinos y cambiantes caprichos que mi imaginación tenía a bien proporcionarme. Sin una vieja pesada que, con un peine en la mano derecha y la tarea del colegio en la izquierda, me estuviese todo el tiempo encima, exigiendo además de mí una improbable pulcritud y limpieza en las ropas que ella misma había seleccionado para ataviarme, desarrollé velozmente un carácter independiente y sin barreras que ya nunca más iba a abandonarme. Único artífice de mis propios vagabundeos, sin tener que rendir nunca cuentas a nadie, rebelándome precozmente contra Dios y contra todas las esferas de autoridad que se me iban anteponiendo en una vida ya completamente consagrada al bandidaje, me transformé, conforme los años iban escapando como antílopes ante el avance de mi adusta mirada, en un hombre sin otro deber que el de su propia autarquía y sin otra ley que la de su propia libertad. En adelante, ninguna mujer podría esperar de mí sino actitudes hoscas y ariscas propias de un individuo que había crecido en una total carencia de cadenas y sujeciones, como una feral e indómita bestezuela. Así, mi destino estaba echado: era un hombre libre.

Sujeto II - Ale: Abandonado por su padre, Ale creció como un niño sobreprotegido en el pequeño y cálido departamento de su madre, en inquebrantable simbiosis con ella, rodeado de agradables y simpáticos objetos de pañolenci, e incapaz de ver la vida sino a través de la fina tela de las faldas maternas. Patológicamente dependiente de los cuidados y solicitudes de su absorbente progenitora, este adorable infante, peinado y vestido por mamá, creció entre mimos y fieltros que lo separaban primorosamente de la cruda realidad y que le obturaban también un poco el natural cauce de su malograda testosterona. De ese modo, Ale fue adiestrado desde su más tierna infancia para, entre otras cosas, avisar puntillosamente cada vez que salía, dando precisas y exhaustivas coordenadas de dónde estaría y qué actividades desarrollaría, solicitar los auxilios de una mujer en caso de caer enfermo o de necesitar alimentarse o elegir ropa, y no poder ni vivir ni valerse por sí mismo en ninguna circunstancia. Así, su destino estaba echado: era un verdadero mamero.

Sujeto I + Sujeto II: Llegamos ahora al catastrófico punto de convergencia de estos dos singulares infelices. Hete aquí que, por uno de esos caprichosos e inescrutables azares de la vida, un par de hermanas deciden ponerse de novias, simultáneamente, con sendos sujetos; es en ese preciso instante que comienzan los grandes martirios para uno de los dos protagonistas de nuestra tesis, devenidos súbitamente en concuñados. Toda la lógica natural indicaría que el perdidoso en este cóctel molotov debería ser sin duda el concuñado mamero: error. En el mundo moderno, la gran tragedia le toca en desgracia, ineluctablemente, al concuñado libre. Investigaremos a continuación el por qué de ello y sondearemos resueltamente sus funestas consecuencias.

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Génesis de una derrota anunciada

Mediante la prolija presentación de una serie de episodios basados en hechos reales, vamos a permitir al lector formarse una idea aproximadamente documental de los extensos ribetes que asumirá el lento desarrollo de este drama. Una manera didáctica de acercarse por vez primera al problema es empezar estableciendo que, lo que en un hombre normal es motivo de furia para su pareja, en un hombre libre se duplica, y, asimismo, lo que en un hombre libre es motivo de doble furia para su pareja, ante la contrastante instancia comparativa de un cuñado mamero se cuadruplica. Veamos un primer ejemplo:

Llamado telefónico 1.
Yo: –Hola, ¿qué querés?
Ex: –(con tono enojado) Sabés qué día es hoy, ¿no?
Yo: –Sí... ¿jueves?
Ex: –¡No! ¡Es miércoles, y es el Día de la Primavera!
Yo: –Ah, con razón había tantos Alzamendis por la calle.
Ex: –... (silencio ofendido).
Yo: –Bueno, ¿y?
Ex: –¡Cómo "y"! ¡Que Ale invitó a mi hermana a salir y vos ni siquiera fuiste capaz de llamarme!

No será arduo para el lector deducir que ninguna mujer que salga conmigo puede ser capaz de concebir que yo, antisocial y amante del invierno como soy, festeje o crea en el Día de la Primavera. Este planteo jamás habría podido cruzarse por la cabeza de mi ex en un estado de relación normal... pero ahí estaba Ale, el concuñado mamero, cumpliendo sumisamente con los ritos de la sociedad que lo educó maternalmente en su seno y derrumbando así, con su obediente conducta, mi apacible mundo de encierro y de silencio. Ante la supuesta felicidad de la hermana que sale junto con todo el resto de la manada humana, mi ex, solitaria en su hogar, se siente postergada, menospreciada, abandonada, y, consecuentemente, explota, directo en mi nariz. La borrosa silueta de un horror desconocido comienza a perfilarse ante nuestros atónitos ojos. Pero observemos de inmediato un nuevo ejemplo, que ya va mostrando una mayor complejidad de interacción y que empieza a contextualizarnos de manera más precisa y positiva en el trágico nudo gordiano de nuestro tremendo análisis:

Llamado telefónico 2.
Yo: –¿Sí?
Ex: –¿Se puede saber dónde anduviste? Te estuve llamando toda la tarde.
Yo: –Salí, tenía un par de cosas que hacer.
Ex: –Claro, y no me avisaste nada.
Yo: –Y no, mirá si te voy a avisar cada vez que salgo. Ningún hombre avisa.
Ex: –¡Y cómo Ale la llamó recién a mi hermana para avisarle que iba un rato a lo de su vecino del piso de arriba!

Como vemos, ninguna de nuestras atendibles razones puede sobreponerse a esa novedosa institución que ya comienza a arrojar una omnipresente sombra sobre nosotros, a ese inapelable paradigma de perfección connubial denominado "Ale". En adelante, todo lo que hagamos será funestamente contrapesado con lo que haga por su parte nuestro fatídico concuñado, y, naturalmente, tratándose de alguien que va a vivir aferrado a las piernas de su hembra como lo hizo otrora con las de su madre, nosotros llevaremos, en lo sucesivo, todas las de perder. Para volver a la aproximación didáctica de antes, un hombre normal llega a su casa a las 7 de la mañana, borracho: problemas en su horizonte; yo llego a mi casa a las 7 de la mañana, borracho y con la ropa llena de sangre: alerta meteorológico en el mío; pero, justo esa misma noche, Ale llegó a su casa a las 21, con un esguince de tobillo tras jugar un partido de fútbol con sus amigos, y llamó de inmediato a su novia para que lo fuese a cuidar: ¡apocalipsis now para mí! El siguiente caso, ante el cual cabe consignar que Ale había perdido hacía poco a su madre y estaba viviendo circunstancialmente solo (aunque ya tenía en trámite la pronta convivencia con su novia), es verídico; por favor, repito y remarco, verídico, no simplemente basado en hechos reales, VERÍDICO, esto sucedió de verdad:

Llamado telefónico 3.
Ale: –Hola, amor, me siento mal.
Novia: –Pero ¿qué te pasa, qué tenés?
Ale: –No sé, me duele la cabeza.
Novia: –¿Y tomaste algo?
Ale: –No, no sé qué tomar. Vení.
Novia: –Pero son las 21 de la noche, tengo media hora de viaje hasta tu casa. Tomate una aspirina a ver si se te pasa.
Ale: –Pero no sé qué tomar, todavía no comí, mejor vení y llamá al médico.
Novia: –Bueno, esperame, ahí voy.

Ok, cincuenta años atrás hubiese sido quizás un buen recurso para fifar esa noche, pero hoy día no hace falta semejante puesta en escena: al pibe le dolía la cabeza de verdad. Intentemos equiparar ahora la situación precedente con la que sigue:

Llamado telefónico 4.
Ex: –Hola, ¿cómo estás? ¿Comiste?
Yo: –¡No sé, qué sé yo, no molestes, mirá la boludez que me preguntás!

Cualquiera podrá reconstruir por sí mismo el juego de contrastes entre Ale y yo que a continuación cobra forma en la cabeza de mi ex, de modo que no será menester insistir en ulteriores consideraciones sobre el particular. Así pues, en toda discusión, en toda pelea, en toda lucha de poder y de espacios, el mágico vocablo "Ale", asumiendo la forma de un insistente e infaltable estribillo que resuena cada tres o cuatro frases, es una carta decisiva y triunfal que se esgrime con firme pulso y con desafiante mirada, cual sacralizado elíxir retórico que zanja todas las disputas y altercados. Ale esto, Ale aquello, pero cómo Ale, pero si los amigos de Ale, oh, eterno, eterno Ale. Nada somos nosotros, las basuras inhumanas, los sulfurosos parias luciferinos, al lado de Ale, el novio perfecto de sonrisa siempre rutilante, el sueño dorado de toda mujer más o menos pepona. Todas nuestras sólidas razones se desmoronan como castillos de arena bajo la poderosa e inclemente ola de esa presencia faraónica, de esa inmaculada moral totémica, de ese espantoso manitú de cuyas fauces brota un inapelable torbellino de normas, de esa estampida de valores humanos que pasan aullando sobre nuestras flageladas espaldas y nos arrojan a los perennes fuegos de castigo del infierno creado por esa inmortal deidad ética llamada Ale, deidad que, erigiéndose como un nuevo paradigma legislativo, es desde entonces para siempre adorada, por las unificadas naciones del mundo, en un excelso altar ornado por la maternal presencia de faldas consagradas ante el cual todas las madres del universo se apresuran a depositar, de rodillas, la humilde ofrenda de sus mejores milanesas caseras.

Concluyendo: nunca el hombre libre debe ponerse de novio con una mujer que tenga un cuñado, hermano, amigo, o lo que fuere, mamero, sacro e indiscutible punto de comparación ante el cual el desdichado perderá siempre para quedar así marcado por el peor de los estigmas, un indeleble 666 que lo acompañará por el resto de sus días. Son los mameros los culpables de todas nuestras infaustas desgracias, y es imperioso iniciar un boicot universal a efectos de impedir que los diversos integrantes de esta poderosísima secta que detectemos pululando por nuestros barrios logren ponerse de novios, pues, allí donde hay un mamero en pareja, allí hay un hombre que, como concuñado suyo, debe soportar estoicamente, de parte de su insufrible novia, los planteos más descabellados y pelotudos.

Y séame lícito, para cerrar entre trompetas y clarines de guerra este aleccionador ensayo, despedirme con una última reflexión que ruego sea inmortalizada en los corazones de todos los hombres: para que una mujer te hinche mucho las pelotas, es condición sine qua non que las tengas. Hasta en eso el concuñado mamero, mi triunfante archinémesis, se la lleva de arriba...

Dime cómo te calzas...

Así es como te quería ver, ojota: enfrentando al fin el severo tribunal de mis inapelables juicios estéticos. Todos los magistrados de oriente y occidente te dejarán sin duda en libertad, para que fatigues a gusto tus suelas sobre el negro asfalto de las ciudades y sobre las blancas arenas de las playas, pero ahora compareces ante mí, y no es misericordia lo que puedes esperar de mi insobornable mirada.

En efecto, advierto que los calores descienden una vez más, como suelen hacerlo con sorprendente regularidad todos los años, a la funesta metrópolis que me tiene por involuntario habitante, preanunciando así los infaustos climas estivales que, a todo su larguísimo séquito de nocivas calamidades y desagradables aspectos, suman el atroz hecho de traer ya tradicionalmente aparejada la súbita aparición y subsiguiente multiplicación en las calles, cual si de cucarachas en las alacenas se tratase, de ese inconcebible calzado que se suele denominar "ojota" y que obra sobre mí un efecto muy similar al que un crucifijo o una ristra de ajos produciría sobre un vampiro. A raíz de la incipiente eclosión de este singular fenómeno de la naturaleza que, según constato, empieza ya a registrarse a mi alrededor con vigor anualmente renovado, considero que va siendo hora de que alguien junte coraje y diga, de una buena vez, todo lo que hay que decir sobre las delicadas cuestiones que atañen a la problemática del calzado femenino.

Pero, antes de acometer mi osada empresa, debo apresurarme a efectuar una advertencia de rigor: todas mis consideraciones deben repercutir sobre las eventuales lectoras como anti-consejos, partiendo de la base de que mis gustos suelen ir invariablemente a contramano de los de todo el resto de la especie humana. Así, si el deseo de la mujer que se sumergirá en las líneas que estoy tramando escribir a continuación es el de seducir y conquistar a algún espécimen del animal humano en su versión masculina, hará bien calzándose con todo aquello que yo denigre y evitando puntillosamente todo aquello que yo avale. Mejor y más directo camino al éxito que ése no hay.

Principiemos nuestro presente ensayo por aquello que, a juzgar por su brevedad, será sin duda lo más fácilmente abordable: los calzados permitidos. Cuentan con mi seguro agrado y beneplácito todos los borcegos, todas las botas (salvo unas que estuvieron de moda hace un par de años, de taco efímero y con forma de tetera), todas las zapatillas de lona (salvo las Topper blancas, prohibidas entre las prohibidas), todos los tacos altos, todos los calzados romanos o griegos con cuerdas alrededor de la gamba, y también los zapatos de nena buena. Ignoro cómo se llaman estos últimos, pero se entiende cuáles son: los que usan las mujeres que, cuando van a estudiar a lo de un compañero, estudian. Una cosa así.

Sin alcanzar nunca el valor agregado que la lista precedente supone en cualquier mujer, existe una serie de calzados intrascendentes cuyo uso está avalado por mis normas y que suelen tener un largo alcance entre las distintas gamas disponibles de zapatillas y zapatos. Pero ojo: no toda zapatilla puede considerarse exenta de sobrados motivos para despertar mi ira, y, antes de adentrarme en los escabrosos terrenos de sandalias y ojotas, puedo contar tres ejemplos en los que bien vale la pena detenerse.

Por empezar, tenemos a las ya mentadas Topper blancas, eterno símbolo del rolinga y el rock chabón. Puedo afirmar, sin temor alguno a equivocarme, que, entre toda mujer que adornó alguna vez su pie con semejante dechado de mugre y yo, siempre se verificó la existencia de un mutuo e inmarcesible odio a primera vista. Se ignora el por qué, pero una Topper blanca es garantía absoluta de que entre su portadora y yo no habrá de existir jamás pensamiento en común alguno. En mi adolescencia efectué un solemne juramento, de carácter vinculante, según el cual jamás hablaría a mujeres que estuviesen en ojotas o en Topper blancas: hoy, unos tres quinquenios más tarde, me es posible decir, con orgullo, que nunca falté a mi palabra.

Mi lista negra, lejos de terminar ahí, se vio ampliada hace no mucho con las singulares zapatillas de boxeadora, que hicieron furor hace unos pocos años y que aún pueden verse como raros hallazgos en aquellas mujeres que, vaya uno a saber a raíz de qué vicisitudes económicas o laborales, no tuvieron ocasión de renovar obedientemente sus armarios según las subsiguientes modas semestrales que pasaron de aquel tiempo a esta parte. Ok, admito que las zapatillas de boxeadora no son tan feas, pero el hecho de que todas las mujeres se las hayan salido a comprar al unísono me da la pauta inconfundible de que ninguna de esas hembras cuenta con una cuota estimable de actitud y personalidad. Y una mujer sin actitud ni personalidad, una mujer sumisa ante los imperiosos mandatos de la dictadura estética de esta sociedad, es una pérdida de tiempo para mí. Como yo para ella.

Para cerrar de una vez el rubro zapatillesco (iba a poner "zapatilleril", pero... ¡basta de inventar neologismos terminados en "eril"!), dejo, como frutilla de la torta, a la monstruosidad de monstruosidades por excelencia, la aberración andante, el eslabón perdido entre la zapatilla y la ojota: me refiero a las ya insoslayables zapatillas ninja, las cuales se ven regidas por los mismos odiosos principios que la ojota de dejar el dedo gordo separado del resto de sus compañeros en un compartimento o cabina especial hecho para su exclusivo uso. Yo no sé quién pudo ser el enfermo que, tras observar durante horas el pie de un chimpancé, tuvo la brillante idea de confeccionar un calzado que nos hiciese retroceder unos cuantos millones de años de evolución física, pero lo que se me hace asombroso y escalofriante es que su imperdonable invento haya tenido inmejorable y ubicua prédica entre las moradoras de las ciudades. ¿Qué hay que tener en la cabeza para entrar a una zapatería y acceder, no ya a comprar, pero siquiera a probarse, ya sea por voluntad propia o por voluntad impuesta, una zapatilla que trae el dedo gordo escindido mediante una ranura que se adentra decididamente en el frente del calzado? ¿Acaso estiman la conveniencia de que les resulte posible satisfacer, en algún momento futuro, la necesidad de agarrar un lápiz o un cigarrillo con el pie? No lo sé, pero la Crítica del juicio de Kant debería ser escrita de vuelta desde cero. Y lo peor de todo es que, para realzar al máximo toda la gloria de la inigualable belleza del paisaje urbano, este deleznable calzado suele verse acompañado por ese aborrecible pantalón que nace ajustado en los tobillos y que, a medida que uno levanta la vista, se va transformando en una gigantesca bolsa de clavos. ¿Qué más les falta ponerse a estas mujeres? ¿Hay tipos capaces de salir con ellas? No quiero que me tilden de frívolo, pero es que... uno habla mucho de sí mismo con su vestimenta. La mujer capaz de pasearse despreocupadamente por el mundo llevando no sólo zapatillas ninja, sino además pantalón de clavos, manifiesta a las claras que su cerebro detenta unos juicios estéticos, morales y filosóficos diametralmente opuestos a los míos. Vade retro.

Y cabe consignar que, así como la moda es un virus contagioso que se propaga inexplicablemente de mujer en mujer, exceptuando sólo a aquellas que tienen un sistema inmunológico intelectual bastante fuerte, también este dedo gordo en el exilio se fue propagando, como una letal cepa virósica, de calzado en calzado, pervirtiendo en poco tiempo, con su hórrida morfología, toda clase de modelos de zapatillas y zapatos otrora saludables y sanos. Hoy día, nadie es capaz de decir con certeza en qué modelo se inició todo.

Como anexo, haré mención sucinta, ya adentrándome en el rubro zapatos, de la inconveniencia de esos estiletos tipo bruja con la punta excesivamente aguzada y punzante. No es que sean del todo feos; es simplemente que son un tanto agresivos. Discutir con una mujer calzada con semejantes puñales es, por lo menos, peligroso; te llegan a clavar eso de una patada en un testículo, no te lo sacás nunca más. Hubo muertos ya; o, como diría un imaginativo periodista de manual, "se registraron víctimas fatales".

Llegamos, ahora sí, a la indiscutible reina del mal gusto: la ojota sempiterna. Aunque nunca fue ni será mi costumbre, no reniego de que la gente use, por comodidad o lo que fuere, ojotas dentro de los confines de sus moradas o, ya bien, en las playas, las piletas y todos esos centros turísticos que no planeo pisar jamás en mi vida. El problema comienza cuando, movido por cuestiones impostergables, salgo a recorrer el dédalo urbano durante las agobiantes jornadas del estío y asisto con estupor, en las calles, el colectivo, el tren y donde quiera, al lacerante espectáculo de marejadas enteras de féminas adoptando, en plena metrópolis, un atuendo más propio de la costa que de otra parte. Creo que cualquier persona estará innatamente capacitada para deducir la diferencia que existe entre la arena y la mugre; y, si alguien aún no lo advirtió, le sugiero que observe, con atónitos ojos, deteniéndose por un instante en la estela de una rauda muchacha que se aleja, los talones de la joven a medida que éstos se levantan del suelo y asoman sus visibles superficies, por turnos regulares, para dar el siguiente paso: ya me dirá lo que le parece la sorprendente negritud de lo que ve. Tener el pie en constante contacto con puchos, materia fecal canina, agua de alcantarilla, e infinidad de agentes patógenos, es digno de la proscripción inmediata de cualquier lecho. ¿A qué inopia intelectual obedecerá la masividad de este funesto hábito de transitar algo tan serio, trágico e importante como la vida en ojotas? ¿Y por qué será que las mujeres que optan por llevar semejante adminículo en los pies, a fin de recolectar en sus plantas toda la mugre de la existencia, desdeñan ponerse también, ya que están, una pluma en la cabeza? Lo ignoro, pero más furia me generan aquellos individuos inflamados de facundia comprada que, arrastrando con sus pasos unas horrendas ojotas de rutilante bandera brasileña, levantan el dedo de la mano y se ponen a clamar contra los supuestos daños que Videla o Menem y sus respectivos ministros de economía le hicieron, allá lejos y hace tiempo, a la siempre minusválida industria nacional. La ojota no sólo es espantosa por su simiesco mecanismo o sistema de agarre, que genera la ilusión de que el pie es en realidad una especie de mano (las zapatillas se llevan puestas, pero las ojotas se llevan agarradas), sino, además, por el horrísono ruido a chancleteo que producen sus suelas al repercutir contra los talones. No tengo dudas de que, si hubiesen sabido que se trataba de un bien no renovable, los chinos habrían diseñado su célebre tortura no con una gota de agua, sino con una mujer en havaianas caminando interminablemente junto al oído de la víctima. Como sea, sólo existe en el mundo una cosa peor que una mujer en ojotas: un hombre en ojotas.

Y ya que he mencionado este tema, y dado que últimamente este blog está algo abandonado y deseo, por consiguiente, que cada estrofa sea un verdadero lujo de riquezas inagotables, expondré brevemente unos prolegómenos a la dramática cuestión del calzado masculino. Las ojotas y las sandalias deberían estar hace rato prohibidas por ley, y su uso penado con cárcel efectiva. Las estrafalarias zapatillas con resorteras, siempre presentes en las pobres víctimas del sistema, deberían ser asimismo abolidas en todas las fábricas de calzado de la nación. Y no puedo dejar de mencionar también, como algo impropio de un hombre racionalmente sano, a todo el rico surtido de zapatillas que tienen muy prolongada hacia atrás la suela de goma, lo cual genera una especie de ángulo agudo, en vez de recto, a espaldas del portador. Cuanto más agudo el ángulo, peor. De gurí solía cargar, de manera inclemente, a mis compañeros que las usaban asegurándoles que se trataba de zapatillas para mogólicos. Y algo de razón tenía: usar un calzado con tanto sostén hacia atrás, como si corrieras peligro de caerte de espaldas, es equivalente a andar en bicicleta con rueditas. No da, nene, no da...

En fin, estoy satisfecho: con este post sí que haré, al fin, muchos amigos.

La tragedia de los chicos malos

No sé si el afiche de Gamorsa tendrá algo que ver con lo que planeo redactar a continuación, pero sé que se trata de un incunable en cuya infructuosa búsqueda todos los verdaderos coleccionistas de arte se afanan desde hace años, de modo que es mi deber compartirlo con la humanidad.

Gamorsa aparte, instauro esta nueva saga del blog, que Cristina denominaría "Comments reloaded", porque muchas veces, al comentar blogs ajenos, encuentro que las ideas que acuden a mis lóbulos cerebrales a raíz de esas entradas se tornan demasiadas como para poder exponerlas cabalmente en esos blogs sin correr el riesgo de usurpar el espacio a sus propios dueños, que verían con azoro cómo uno de sus comentaristas escribe más que ellos mismos.

Así pues, es menester que me expida aquí a gusto sobre la extendida problemática expuesta por el señor Polzúnkov en una de sus recientes entradas, en la cual desgrana los diversos avatares de las penurias a las que los "chicos buenos" están condenados al interesarse por mujeres que, atraídas por algún "chico malo", los relegan irrevocablemente al triste rol de amigos confidentes, condenados a mitigar sus ardores amorosos mientras escuchan de boca o msn de su amada, con paciencia, las insufribles relaciones de los diversos vejámenes a los que el chico malo de turno las somete con diestra mano.

Aclararé, ante todo, que soy un chico bueno, pero con la particularidad de que hago casi siempre el mal. Esta singular característica, sumada a mi facilidad para sondear extremos opuestos nada más que para jugar un rato, me permite ampliar mi visión al panorama completo de la situación descripta y poder conocer, así, en carne propia, la versión de sendas campanas. De modo que es la ineludible tarea de mi siempre proba honestidad intelectual dar a conocer ya mismo al mundo, que lo ignora, las amargas penurias de los chicos malos, las crudas tragedias de estos anti-héroes que, a un tiempo detestados y admirados por los chicos buenos, cargan con una cruz propia cuya verdadera magnitud nadie atina a percibir y mensurar.


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La tragedia de los chicos malos

Ha de saberse, ante todo, que hay dos clases de chicos malos: los que piensan con los testículos en lugar de con la cabeza, y los que han descubierto que a las mujeres, aunque se rompan la garganta gritando lo contrario, les gustan más los chicos que piensan con los testículos en lugar de con la cabeza, de modo que ponen a menudo su cerebro en modo off y alcanzan así, adrede, la codiciada condición de malos a fin de potenciar su coeficiente de levante. Entiéndase que, a efectos de tratar este tema, estoy usando el término "chicos malos" no sólo en el sentido más bien relacionado al modo que tienen éstos de vincularse con el sexo opuesto, sino que también estoy haciendo hincapié en los chicos malos de mi especie, es decir, los que se llevan mal con la ley y las normas sociales de conducta, lo cual nos introduce en la existencia de un tercer grupo de chicos malos, conformado por aquellos raros individuos que logran poner no sólo su cerebro en off sino también, al menos momentáneamente, sus hormonas. No lo hacen para levantar, sino por cuestiones artísticas y estéticas o de mero temperamento vocacional (se dirá que algunos hacen el mal para enriquecerse, pero quien quiere enriquecerse quiere poder, y quien quiere poder sólo quiere, en el fondo, usarlo como un medio para procurarse buen sexo, de modo que esta clase de sujetos sigue estando dentro de la categoría de los que piensan con sus testículos). Todo esto es de capital importancia para la acabada comprensión de la presente materia.

Ahora bien, tenemos ante nuestra lupa científica al chico malo que atraerá a la mujer normal que relegará al chico bueno al papel de amigo confidente. Y acá entra el punto de discordia: la mujer normal no quiere salir con un chico malo, sino que quiere usar al chico malo como un juguete de su poder. Para que se entienda con más claridad, la mujer normal simplemente intentará medir sus propias fuerzas poniendo a prueba su capacidad o no para transformar al chico malo en chico bueno. Ése es su juego y eso es todo lo que hay detrás de su interés por el chico malo. Dicha conducta, sin duda atávica, encuentra sentido ya en la prehistoria: la mujer cavernícola normal ansía levantarse al más intrépido y temido cazador de jabalíes, pero, una vez que el cazador cae en sus lazos, quiere transformarlo en un dócil padre de familia que garantice, por medio de un paternal cariño, la subsistencia de los cachorros cavernícolas que esta mujer habrá de darle.

¡Y esto ha llegado hasta nuestros días! Pero con una variante que es producto o resultante de los tiempos modernos: ya no hay que transformar al temible cazador sin ley ni ataduras en un dócil padre-cazador, sino al chico malo que está más allá del bien y del mal en un tierno escuchador de boludeces femeninas cotidianas pasible de ser presentado en casa y de dar envidia a las amigas. Desafío yo solo al mundo entero a que me discutan este aserto, pero les advierto que caerán en el intento: hay verdades que son más grandes que ustedes, y que no tardarían en aplastarlos.

De lo antedicho se desprende una primera conclusión matriz, cuya importancia determinará todo el resto de mi ensayo: la mujer normal no quiere al chico malo, nunca lo quiso y nunca lo querrá; simplemente toma el atractivo envase del chico malo, y aspira a demostrarse a sí misma sus tremendos poderes de hembra cazadora y redentora domesticándolo y sometiéndolo a una nueva mansedumbre en la que el chico malo finalmente morirá dejando sólo su cáscara, usurpada entonces por un sumiso chico bueno hecho a medida de la despiadada domadora. Un boludo más "para la cartera de la dama".

Nada de esto lo digo en vano: sí, me han querido domesticar, he sido acosado por los alocados devaneos de mujeres con vocación de domesticadoras, pero tal hazaña se ha manifestado totalmente imposible conmigo; no ha nacido aún la mujer capaz de tal proeza. Antes bien, yo he transformado en malas a muchas mujeres buenas. Sin embargo, pasamos aquí a otra etapa crucial del presente trabajo ensayístico: el chico malo promedio se siente atraído por mujeres normales. Ignoro cuál es la causa de esto; quizás se deba a que las mujeres normales son las lindas, o acaso tenga que ver con que muchos chicos malos sueñan, muy secretamente en su fuero interno, con ser domesticados. Detrás de sus aterradores penachos y de su armadura de guerrero, detrás del fuego que brota de sus fauces terribles, el cazador aspira a formar una familia y a proveerle alimento. ¡Para ello aprendió a cazar, qué diablos!

Entonces llegamos así al segundo fenómeno: el chico malo sale con una mujer normal que no lo comprende, que no lo quiere así como es, y que sólo aspira a domesticarlo. Y aquí comienzan sus penurias, su tragedia de vida. Atrae, pero no cautiva. Enamora, pero a mujeres que no se interesan en conocerlo de verdad, sino que lo consideran una plastilina con la cual podrán moldear su príncipe azul. ¡Pero él no nació para príncipe azul! ¡Ni siquiera nació para sapo: apenas si aprendió, de la vida, a ser villano! Así pues, solo, desolado, mortificado por la situación, el chico malo busca ayuda. Y de ese modo, mientras la mujer normal se recuesta en el chico bueno confidente para manifestarle todas las desgarradoras vicisitudes de sus primeros fracasos como domadora, el chico malo, que se siente incomprendido, termina recurriendo a una compinche también, a una mina piola que lo entienda, una loca que también quedará, a su pesar, confinada al luctuoso rango de amiga confidente: sí, me refiero a la mujer atormentada.

Se trata, por lo general, de una mujer que fue abandonada por su padre de pequeña, o que vivió alguna tragedia similar en su infancia, y que comprende, pues, mejor que ningún otra al chico malo, el cual también esconde un oscuro pasado. Pero el chico malo no sale con ella: la reserva para el papel de amiga varonera piola, o la usa meramente como compañera ocasional de lecho. Nunca algo serio. Y hace bien: la mujer atormentada es, como él, una mochila de piedras, una mina que, aterrada ante la idea de ser abandonada de vuelta, se pasa en revoluciones de mala y manda a la mierda a todo aquel que se enamore sinceramente de ella: tal es el terror que le causa la idea de cerrar los ojos y amar a un flaco de endeveras.

Digno de mención es el hecho de que, muchas veces, el hombre que sale con la mujer normal encuentra, en la manifiesta incomprensión de su pareja, una formidable excusa para entregarse a las disipaciones de una segunda vida. "Vos sí que me entendés, no como mi mujer" es el inmortal adagio de este chanta que, más que como chico malo, puede catalogarse a partir de aquí como gente de merda, toda vez que en el casino de sus funestos planes está contemplada la miseria de todos menos la suya propia, que se la pasa bomba mintiendo por igual a dos veredas: a la una, asegurándole la exclusividad de su amor, y a la otra, encandilándola con falaces señuelos sobre un siempre postergado abandono de esposa e hijos que, en teoría, será ejecutado en aras de consagrarse sólo a ella. He aquí, en resumen, un individuo que piensa con sus testículos... pero que tiene pocos.

Así pues, tenemos una pareja incompatible conformada por un chico malo y una mujer normal, y, a los costados, como muletas, la mujer atormentada y el chico bueno, amigos a la espera. El mundo está mal organizado, lo sé; a veces me pregunto cómo Dios no me consultó a mí antes de armar semejante mamarracho. Si es tan omnipresente como asegura, tendría que haber previsto que yo la iba a tener más clara que él en este asunto tan delicado. Para ser un Dios, la verdad es que muestra una conducta demasiado caprichosa y orgullosa para mi gusto: ¿tanto le cuesta pedir ayuda a un simple mortal? A diferencia de él, que, según dicen, nos pasará algún día sentencia a todos, yo no habría de juzgarlo por tal acto. Mi silencio está asegurado; ¿por qué, pues, sigues sin acudir a mí a fin de desfacer estos entuertos que son obra de tu inexperta mano creadora, oh, excelso Poder de raigambre eterna? Pero basta con esta digresión, que tengo una entrada de blog que terminar.

Veamos las consecuencias de esta cuádruple catástrofe humana cuyas dramáticas dimensiones todos estarán sin duda comenzando a atisbar. Una mujer normal, sufriendo porque el chico malo la trata, no sin razón, para el ortúzar. Un chico malo, cansado de que su novia le hinche las tarlipes con boludeces que aspiran a cambiarlo, y sintiéndose más solo cuando está con ella que cuando está encerrado en su cubil de ermitaño. Una mujer atormentada, padeciendo inenarrables crisis existenciales al ver a su amigo malo, al que ella nunca querría cambiar, perdiendo el tiempo con semejante borrega. Y un chico bueno, abrumado por el dolor de saberse enamorado con pureza de una masoquista que, en pos de una dudosa épica redentora que no tiene ni tendrá, no mira a su amigo bueno porque busca un chico bueno pero tallado en la madera de un chico malo. Esta demencial comedia de enredos, digna del intelecto más mediocre, signa así con sus negros colores las aristas de la fatídica vida de un tetraedro de desgracias.

Por si todo esto no fuera suficiente, es una clásica que la mujer normal ande llorando por todos los rincones asegurando que el chico malo no la quiere, que ella lo ama a él pero que tal amor no es correspondido: ¡insensata vanidad! ¿Cómo puede atreverse a decir que lo ama, si ni siquiera lo comprende o lo intenta comprender; si, crimen más doloso aún, aspira a cambiarlo? ¿Qué clase de insólito amor es ese? Es como decir: "Amo a Boca y deseo que su camiseta sea roja y blanca, mis colores favoritos, por los que daría la vida". Esta triste realidad sólo añade mayor peso al grotesco de esta verídica historia que, desde distintos ángulos, todos hemos conocido alguna vez; y tengo por seguro que siempre el chico malo ama más a la mujer normal de lo que ella lo ama a él, pese a que el chico malo se asegure una y otra vez a sí mismo que no la quiere y que se muere de ganas de mandarla al diablo de una vez por todas, deseo que, sin embargo, es más que sincero.

Observemos una escena típica extraída de la vida cotidiana de una de estas singulares parejas; bueno, quizás no sea típica en lo absoluto, pero era la clase de diálogo que yo mantenía unas cuatro veces al día con mi ex-novia:
Mujer normal: –No puede ser que yo... (planteo pelotudo).
Chico malo: –¡Bueno, si tanto te molesta como soy, dejame!
Mujer normal: –¡No, eso es lo que vos querés, que yo te deje!
Chico malo: –... (confusión).

Como corolario a toda la locura recién expuesta, descubrimos, tardíamente, que la vida real carece de un Molière que ponga las parejas en orden (chico malo-mujer atormentada; chico bueno-mujer normal) y que, solucionando el embrollo, haga terminar a todos los personajes en una dichosa celebración de múltiples esponsales. No: la rueda de la sinrazón sigue girando sin cesar, para infortunio de todos nosotros, contristados herederos de Ixión.



Como sea, he aquí mis consejos finales para contribuir al bienestar de la humanidad (ya les dije que soy un chico bueno, aunque reviste en las tropas del bando contrario):

Mujeres normales y chicos malos: déjense de joder, boludos, que ya están grandes.

Mujeres atormentadas: dejen de darle a la merca y de cortarse los brazos tontamente, y háganse pasar por minas normales un rato. Los niños salvajes necesitamos con urgencia una mujer normal que tenga cerebro para entendernos, y sólo ustedes pueden generar ese milagro. Quizás hasta logren lo que la mujer normal no podrá lograr jamás: redimirnos y salvarnos.

Chicos buenos (ningún chico bueno lee este blog, pero ok, el consejo sale igual): aunque lo escribí en otro contexto, relean mi post sobre el msn y memoricen mi frase sobre los amigos confidentes. Transcribo el pasaje a continuación para ahorrarles la fatiga de la búsqueda: "(Que no se acerquen nunca a mí) las mujeres que, sin que medie solicitud alguna por nuestra parte, se ponen a narrarnos el diverso abanico de vejaciones a los que las sometió el chongo de turno. [...] En estos casos, si la mujer te interesa, ridiculizala, decile que el turro estuvo flojo, inventá y adjudicate hazañas y crímenes contra el sexo opuesto muy superiores a los del tipo así la mina se enamora, ineluctablemente, de vos; si la mujer no te interesa, ¡qué hacés ahí!, ¡eyectate cuanto antes de esa conversación!".

Ahora sí, he dicho (era imposible condensar toda esta sabiduría en un solo comentario).